Zipaquirá, ‘cuna’ de García Márquez

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El Centro Cultural Casa del Nobel Gabriel García Márquez, en Zipaquirá, está abierto para mostrar cómo el Nobel vivió cuatro años que marcaron su vida y su carrera literaria.

El Liceo Nacional de Varones, en Zipaquirá, fue el hogar de Gabriel García Márquez entre 1943 y 1946. Foto: Juan Uribe

El Liceo Nacional de Varones, en Zipaquirá, fue el hogar de Gabriel García Márquez entre 1943 y 1946. Foto: Juan Uribe

 

En el centro histórico de Zipaquirá, en el patio principal de una casa de dos pisos que abarca media manzana, la luz de la tarde juega a proyectar las sombras del techo de teja de barro sobre el piso embaldosado. Las nubes se hacen a un lado y permiten que el sol ilumine los balcones, las barandas y las vigas de madera, pintados de terracota y azul.

El edificio, que se terminó de construir en 1802 y que sirvió de cuartel del ejército durante la guerra civil en 1895, es el atractivo más reciente de esta ciudad del departamento de Cundinamarca, mundialmente famosa por albergar la Catedral de Sal de Zipaquirá.

Quienes traspasan la puerta de entrada de la casa ya no son solamente estudiantes de las escuelas de formación artística que vienen a aprender talla en madera, danza moderna o artes escénicas en el Centro Cultural Casa del Nobel Gabriel García Márquez.

Este lugar, abierto al público a finales de mayo pasado, también cuenta ahora entre sus visitantes a turistas que se pasean por los dos patios. Estos patios, junto con el resto de la casa, fueron parte de una de las etapas más importantes y menos conocidas de la vida del creador de joyas de la literatura universal como Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera.

El mismo García Márquez reconoció en su autobiografía, Vivir para contarla, qué tan esencial habían sido sus años de formación en este sitio, que entre 1936 y 1952 fue la sede del Liceo Nacional de Varones. “Todo lo que aprendí se lo debo al bachillerato”, escribió en aquel libro, en el que evoca momentos que fueron determinantes para convertirse en escritor.

Allí, como estudiante interno que había obtenido una beca, conoció a dos personajes que le marcaron la vida: Carlos Julio Calderón Hermida, profesor de español; y el poeta Carlos Martín, quien se desempeñó como rector del plantel durante la época en que García Márquez dirigió la Gaceta Literaria, una publicación cuya existencia fugaz se debió a que su único número fue confiscado.

“El mismo día en que se declaró turbado el orden público, el alcalde de Zipaquirá irrumpió en el liceo al frente de un pelotón armado y decomisó los ejemplares que teníamos listos para la circulación. Fue un asalto de cine, sólo explicable por alguna denuncia matrera de que el periódico contenía material subversivo”, recuerda el Nobel en Vivir para contarla.

A su maestro de español le dedicó La hojarasca: “A mi profesor Carlos Julio Calderón Hermida, a quien se le metió esa vaina de que yo fuera escritor”. Lo recuerda con especial cariño en su autobiografía: “Lo mejor del liceo eran las lecturas en voz alta antes de dormir. Habían empezado por iniciativa del profesor Carlos Julio Calderón con un cuento de Mark Twain que los del quinto año debían estudiar para un examen de emergencia a la primera hora del día siguiente. Leyó las cuatro cuartillas en voz alta en su cubículo de cartón para que tomaran notas los alumnos que no hubieran tenido tiempo de leerlo. Fue tan grande el interés, que desde entonces se impuso la costumbre de leer en voz alta todas las noches antes de dormir”.

Carmen Cecilia Acuña, antropóloga y museóloga, llevó a cabo el proyecto de intervención de la Casa del Nobel Gabriel García Márquez. Ella explica algunos de los espacios a los que los visitantes tienen acceso, entre los que está el salón en el que García Márquez tomaba sus clases.

Este es el salón de clases del Liceo Nacional de Varones, en Zipaquirá, donde estudiaba Gabriel García Márquez. Foto: Juan Uribe

Este es el salón de clases del Liceo Nacional de Varones, en Zipaquirá, donde estudiaba Gabriel García Márquez. Foto: Juan Uribe

“Aquí tenemos el tablero original, que fue restaurado; también, la máquina de escribir que le prestaba el compositor Guillermo Quevedo Zornoza, su profesor de música, y el mosaico en el que aparecen las fotos de los estudiantes que se graduaron en 1946”, dice Acuña al referirse al tema central de la primera parte de la exposición, ‘Narrativas de viaje’, en la que se reseña el recorrido que el entonces joven estudiante hizo entre Barranquilla y Bogotá antes de llegar al liceo. “El viaje duró unas dos semanas. Primero, en barco de vapor por el río Magdalena; luego en tren hasta Bogotá y después de Bogotá a Zipaquirá”, afirma la antropóloga.

La vida diaria en el colegio

El clima frío de Zipaquirá fue severo con García Márquez, un adolescente acostumbrado al calor del Caribe. En sus memorias se refiere a las “seis duchas de agua glacial en el baño del dormitorio”, en las que se bañaba a las seis de la mañana “con el hielo líquido del tubo sin regadera”.

Su pasión por las letras se hacía evidente incluso en esos primeros momentos del día, cuando él y sus compañeros discutían el capítulo leído la noche anterior.

En un muro del segundo patio de la casa se puede ver cómo era el horario de los estudiantes, que provenían de distintas regiones de Colombia. A las 6:30 de la mañana, luego de haber tendido las camas, tenían que hacer fila en el comedor para desayunar. Había changua (caldo de leche y agua con huevo, cebolla, cilantro, pan y queso) y caldo de papa con carne, acompañado de una bandeja con carne asada o huevo, una taza de chocolate y dos panes o mogollas.

La campana sonaba a las 7:30 y se iniciaban las clases, que se extendían hasta las 10:30, cuando había un receso para ir al baño y tomar las ‘medias nueves’ (mandarina, mango o banano; pan, leche, café con leche, chocolate o peto -maíz blanco con panela raspada-).

A las 12:15 era la hora de almuerzo y las clases continuaban a las 2:00 p.m. A las 4:30 p.m., mientras los demás compañeros hacían deporte a seis cuadras del Liceo, Gabo y dos amigos más se quedaban leyendo. A las 6:30 p.m. era la comida y a las 7:00 p.m. se encendía el radio para oír música bailable y los noticieros de la noche.

Esa rutina que García Márquez siguió en Zipaquirá, a la que llamó “una villa soñolienta donde no había más distracciones que estudiar”, fue fundamental para que en él naciera el genio que años después deslumbraría al mundo con sus historias.

“No sé qué aprendí en realidad durante el cautiverio del Liceo Nacional, pero los cuatro años de convivencia bien avenida con todos me infundieron una visión unitaria de la nación, descubrí cuán diversos éramos y para qué servíamos, y aprendí para no olvidarlo nunca que en la suma de cada uno de nosotros estaba todo el país”. Una de las muchas enseñanza que el Nobel se llevó de Zipaquirá.

*Invitación de la Catedral de Sal de Zipaquirá

La cruz del altar de la Catedral de Zipaquirá mide 16 metros de alto por 10 metros de ancho). Foto: Juan Uribe

La cruz del altar de la Catedral de Zipaquirá mide 16 metros de alto por 10 metros de ancho. Foto: Juan Uribe

 

La Catedral del Sal de Zipaquirá, una maravilla de Colombia

Los 50 kilómetros que separan a Bogotá de Zipaquirá pueden cubrirse en cerca de una hora, según el tráfico que haya en la Autopista Norte. Viajeros de todo el mundo llegan a esta ciudad de Cundinamarca para admirar la Catedral de Sal de Zipaquirá, en la que 14 estaciones conmemoran la pasión de Jesucristo. Las estaciones fueron talladas por 127 mineros y 120 escultores entre 1992 y 1995, y todas las cruces que allí se observan fueron esculpidas.

Luego de internarse en el domo salino en el que está alojada la Catedral, los visitantes llegan a la cúpula, desde donde se aprecia la cruz del altar (mide 16 metros de alto por 10 metros de ancho). Parece ser cilíndrica, pero al acercarse se nota que está tallada en bajo relieve, 84 centímetros dentro de la pared de sal. Este punto está 180 metros bajo la cima de la montaña.

Entre las atracciones de la Catedral están un muro de escalada próximo al pabellón de comidas, en la superficie; una película en 3D que enseña sobre la historia de la sal y su explotación en la región; y un espectáculo de luces LED.

La Catedral de Sal de Zipaquirá está abierta todos los días de 9:00 a.m. a 5:30 p.m. Entrada: 25.000 pesos (adultos); 17.000 pesos (niños de 4 a 12 años). Informes: http://www.catedraldesal.gov.co; 594 5959; 852 9890.

La entrada a la Catedral de Sal de Zipaquirá, un lugar que se renueva constantemente. Foto: Juan Uribe

La entrada a la Catedral de Sal de Zipaquirá, un lugar que se renueva constantemente. Foto: Juan Uribe

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