Xochimilco, orgulloso de sus ancestros

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En Xochimilco, en el sur de Ciudad de México, los viajeros se acercan al pasado indígena y hasta entran en contacto con la época de oro del cine mexicano.

Félix Serrano se gana la vida remando en las trajineras por los canales de Xochimilco, 28 kilómetros al sur del centro de Ciudad de México. Foto: Juan Uribe

Félix Serrano se gana la vida remando en las trajineras por los canales de Xochimilco, 28 kilómetros al sur del centro de Ciudad de México. Foto: Juan Uribe

Félix Serrano agarra el remo de unos tres metros de longitud. Lo hunde en el canal, lo clava en el lodo del fondo y así impulsa la trajinera. La embarcación avanza despacio junto a otros botes de madera llenos de turistas que han venido esta mañana a Xochimilco para pasar el día.

Sin pretender ser el Museo Nacional de Antropología (aquí está mi post sobre ese lugar), Xochimilco les habla del pasado de México a sus visitantes.

Los habitantes de Xochimilco se transportan por los mismos canales que sus ancestros indígenas navegaron hace siglos. Foto: Juan Uribe

Los habitantes de Xochimilco se transportan por los mismos canales que sus ancestros indígenas navegaron hace siglos. Foto: Juan Uribe

En este sitio, ubicado 28 kilómetros al sur del centro de Ciudad de México, se vive parte de la esencia del país: Xochimilco condensa el legado indígena de los pobladores de la zona, que aquí ya creaban islas artificiales donde cultivaban maíz y otros vegetales mucho antes de que Hernán Cortés dominara a sangre y fuego a México-Tenochtitlán en 1521.

Xochimilco, un laberinto de 180 kilómetros de canales, es una muestra de lo que fue el valle de México hace siglos, cuando lagos y lagunas eran las vías de comunicación entre los pueblos. Entonces, el imperio de los mexicas – conocidos como aztecas o tenochcas – dominaba a sus vecinos y había impuesto sus ideales religiosos, militares y políticos en gran parte de Mesoamérica.

Los descendientes de los indígenas mantienen viva la costumbre de navegar por los canales de Xochimilco. Muchos de ellos les venden comida a los turistas. Foto: Juan Uribe

Los descendientes de los indígenas mantienen viva la costumbre de navegar por los canales de Xochimilco. Muchos de ellos les venden comida a los turistas. Foto: Juan Uribe

Hoy el agua casi ha desaparecido. Se ha secado para dar paso a carreteras de dos pisos, muchas veces abarrotadas de automóviles, y a interminables bloques de edificios que han hecho de Ciudad de México y su área metropolitana una de las urbes más habitadas de la Tierra: con 21 millones de personas, según un Informe de la ONU sobre población mundial, presentado en 2014.

En Xochimilco se huye del tráfico de las calles del D.F., que durante gran parte del día se ven como estacionamientos repletos de carros pegados unos a otros bómper contra bómper. También se escapa de la polución que envuelve a la capital en una nube gris y maloliente.

En la ruta desde el centro de Ciudad de México hasta Xochimilco se encuentran autopistas de dos pisos. Foto: Juan Uribe

En la ruta desde el centro de Ciudad de México hasta Xochimilco se encuentran autopistas de dos pisos. Foto: Juan Uribe

Al llegar a Xochimilco – que significa “campo de flores” en lengua náhuatl – llama la atención que el aire es limpio. El mal llamado progreso de las últimas décadas no ha conseguido acabar todavía con los canales, que a medida que avanza el día se van adornando con los colores intensos de las trajineras.

Aquí es posible cerrar los ojos y perderse en la calma que produce el sonido del remo al entrar y salir del agua. Se percibe la humedad de la vegetación que crece alrededor de las vías acuáticas que conducen a las chinampas, unas islas artificiales de planta rectangular que los indígenas creaban a partir de la siembra de ahuejotes, unos árboles muy resistentes a la humedad.

Los colores vivos han reemplazado a las flores naturales para adornar las trajineras de Xochimilco. Foto: Juan Uribe

Los colores vivos han reemplazado a las flores naturales para adornar las trajineras de Xochimilco. Foto: Juan Uribe

Los ahuejotes, cuya silueta delgada es semejante a la de los cipreses, crecían en las esquinas de las chinampas; luego se delimitaban cercados dentro del lago con maderas y se rellenaban con capas sucesivas de lirios acuáticos y fango que fertilizaban los cultivos de maíz y otros vegetales.

Parte de ese legado aborigen lo rescató el cine en 1943, cuando en Xochimilco se filmó la película María Candelaria, protagonizada por Dolores del Río y Pedro Armendáriz. La cinta comienza con la frase: “Una tragedia de amor arrancada de un rincón indígena de México… Xochimilco, en el año de 1909”, escrita en letras blancas sobre imágenes en blanco y negro.

En Xochimilco aún se recuerda la película María Candelaria, filmada aquí y que ha atraído a este lugar a miles de turistas. Foto: Juan Uribe

En Xochimilco aún se recuerda la película María Candelaria, filmada aquí y que ha atraído a este lugar a miles de turistas. Foto: Juan Uribe

Según la periodista mexicana Ángeles González Gamio, conductora del programa ‘Crónicas y Relatos de México’, María Candelaria fue la responsable de que Xochimilco se convirtiera en un sitio de visita muy popular. “Los turistas alquilaban una canoa y recorrían los canales. Empezaron a poner restaurantes y fondas para darles servicio a los visitantes. Luego alguien tuvo la idea de hacer estas canoas más anchas, llamadas trajineras, poner una mesa, sillas, techo, y que la gente viniera a tomar un refresco y paseara”, cuenta.

La historia de María Candelaria, que cultivaba flores, y de Lorenzo Rafael, dedicado a sus verduras, perdura en el hecho de que las chinampas de Xochimilco siguen siendo una despensa que provee a Ciudad de México de espinacas, acelgas, lechugas y otras hortalizas.

El elote asado es una de las delicias que se pueden probar en Xochimilco. Es recomendable pedirlo con chile. Foto: Juan Uribe

El elote asado es una de las delicias que se pueden probar en Xochimilco. Es recomendable pedirlo con chile. Foto: Juan Uribe

Por eso a pocos metros de las trajineras turísticas en las que caben 20 personas se deslizan unas más pequeñas, dirigidas por campesinos de la zona que venden antojos elaborados con maíz como tacos, tortillas, quesadillas y enchiladas. Ofrecen elote (mazorca de maíz), que se asa en una parrilla y se sazona con chile – es recomendable pedir chile ‘para turistas’ porque el que los mexicanos están acostumbrados a comer es muy fuerte -.

A los sabores de México se agregan las trompetas, los violines, las guitarras y los guitarrones de los grupos de mariachi que navegan en sus trajineras en busca de grupos de visitantes que los contraten para tocar canciones típicas.

Los grupos de mariachis navegan los canales de Xochimilco en busca de turistas que los contraten para cantarles. Foto: Juan Uribe

Los grupos de mariachis navegan los canales de Xochimilco en busca de turistas que los contraten para cantarles. Foto: Juan Uribe

Después de oír un concierto ‘a domicilio’ es necesario emprender el regreso hacia al puerto Nativitas porque este recorrido ha sido pactado solamente por una hora. Así que Félix Serrano empuña el remo y cambia la dirección de la trajinera.

El pedazo de madera que tiene entre sus manos también cuenta una historia: está hecho de oyamel, un árbol que puebla los bosques del estado de Michoacán a los que cada año vuelan las mariposas monarca (reconocidas por sus alas de colores naranja, negro y blanco), que se alejan del invierno en el norte de Estados Unidos y Canadá.

Los campesinos de Xochimilco cocinan y venden comida para los visitantes desde sus trajineras. Foto: Juan Uribe

Los campesinos de Xochimilco cocinan y venden comida para los visitantes desde sus trajineras. Foto: Juan Uribe

Durante el recorrido de regreso al puerto no se detiene el desfile de embarcaciones. En algunas van familias que han traído su almuerzo, mientras que en otras más pequeñas se ve a campesinos cargados con gaseosas, cervezas y souvenirs para la venta. Y en las orillas de los canales se levantan casas donde se exhiben flores y árboles pequeños para los viajeros.

Así, manteniendo vivas tradiciones como el cultivo del maíz y las flores, los habitantes de Xochimilco conservan la esencia de sus ancestros indígenas y les dan a quienes los visitan la oportunidad de acercarse a las raíces de un pueblo orgulloso de su pasado.

En el puerto de Nativitas, en Xochimilco, se consiguem artesanías elaboradas en madera. Foto: Juan Uribe

En el puerto de Nativitas, en Xochimilco, se consiguem artesanías elaboradas en madera. Foto: Juan Uribe

*Invitación de InterContinental Hotels Group.

Xochimilco, para estar listo antes de ir

El viaje desde Ciudad de México hasta Xochimilco dura cerca de una hora. Hasta allí es posible ir en transporte público.

Paseo en trajinera: 350 pesos mexicanos por hora ($62.000).

Elote: 20 pesos mexicanos ($3500).

Mariachi: 100 pesos mexicanos por canción ($18.000).

A Xochimilco se puede llegar en transporte público desde Ciudad de México.

En Xochimilco, en el puerto Nativitas, se venden artesanías. Se consiguen tortilleras de aluminio y juguetes como baleros (cocas), pirinolas y resorteras de madera.

 

Xochimilco es Patrimonio de la Humanidad

Según la UNESCO, Xochimilco, con sus redes de canales e islas artificiales, “constituye un ejemplo excepcional de los trabajos de los aztecas para construir un hábitat en un entorno hostil al hombre. Las estructuras urbanas y rurales creadas a partir del siglo XVI durante el período colonial se han conservado admirablemente”. Por estas razones fue inscrito en 1987 como Patrimonio de la Humanidad junto con el centro de Ciudad de México.

Dirigir una trajinera con un remo de madera de oyamel es un trabajo arduo en Xochimilco. Foto: Nadia Roldán

Dirigir una trajinera con un remo de madera de oyamel es un trabajo arduo en Xochimilco. Foto: Nadia Roldán

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