Tulcán tiene un cementerio de leyenda

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En Tulcán, al otro lado de la frontera con Colombia, el cementerio José María Azael Franco es un museo al aire libre con cerca de 300 árboles de ciprés que se han convertido en esculturas.

En el cementerio de Tulcán, en el norte de Ecuador, se aprecian cerca de 300 esculturas elaboradas en árboles de ciprés. Foto: Juan Uribe

En el cementerio de Tulcán, en el norte de Ecuador, se aprecian cerca de 300 esculturas elaboradas en árboles de ciprés. Foto: Juan Uribe

Son cerca de las 5 de la tarde y el cielo encapotado parece amenazar a Tulcán con una tormenta. Aquí, en el norte de Ecuador, en la provincia del Carchi, las nubes grises le han quitado protagonismo al sol, que hasta hace una hora iluminaba el parque Ayora.

Este lugar, en el que se levanta una estatua en homenaje a Simón Bolívar, es punto de partida y de llegada de vehículos de transporte público que conectan a Ecuador con Colombia. Hasta el parque, donde es fácil encontrar personas que cambian dólares por pesos, se llega luego de cruzar la frontera entre ambos países por el puente internacional Rumichaca.

Esta es la misma ruta que se toma hacia el norte para visitar sitios como la Laguna Verde, en el volcán Azufral (aquí está mi post), cerca de Ipiales, y el santuario de Las Lajas, en ese mismo municipio colombiano.

El parque Ayora, en Tulcán (Ecuador), está ubicado a un par de cuadras del cementerio municipal José María Azael Franco. Foto: Juan Uribe

El parque Ayora, en Tulcán (Ecuador), está ubicado a un par de cuadras del cementerio municipal José María Azael Franco. Foto: Juan Uribe

El parque Ayora, con sus jardines, senderos y fuentes de agua, es uno de los principales sitios de descanso de los habitantes de la ciudad. A un par de cuadras de allí se puede visitar el lugar donde, tarde o temprano, dejarán atrás la fatiga y el afán casi todas las personas nacidas en el cantón de Tulcán: el cementerio municipal José María Azael Franco, en el que cerca de 300 árboles de ciprés se han convertido en esculturas.

Las primeras de ellas las comenzó a tallar en 1936 el maestro Franco con unas tijeras de podar. Desde entonces los árboles de ciprés del camposanto empezaron a transformarse en figuras de estilos tan diversos como el griego, el egipcio, el incaico y el árabe; pero también en otras que evocan animales e ídolos de culturas indígenas.

El cementerio municipal de Tulcán, en el norte de Ecuador, está adornado con cerca de 300 esculturas elaboradas en árboles de ciprés. Foto: Juan Uribe

El cementerio municipal de Tulcán, en el norte de Ecuador, está adornado con cerca de 300 esculturas elaboradas en árboles de ciprés. Foto: Juan Uribe

El cementerio, que ocupa ocho hectáreas, se recorre a través de caminos peatonales flanqueados por decenas de esculturas. Se tiene la sensación de estar caminando en un laberinto de paredes verdes detrás de las cuales se revelan hileras apretadas de tumbas.

Algunas están adornadas con flores frescas. Los ramos que ya están marchitos los levanta Fausto Yar, cuidador del lugar desde 2007. “Si uno recoge las flores, los familiares piensan que uno se las quita adrede o que las quita frescas para venderlas”, se queja Fausto, que ha hecho del cementerio su lugar de trabajo y su casa.

Fausto Yar, cuidador del cementerio de Tulcán (Ecuador), se encarga de mantener limpio el lugar. Allí vive con sus tres hijos. Foto: Juan Uribe

Fausto Yar, cuidador del cementerio de Tulcán (Ecuador), se encarga de mantener limpio el lugar. Allí vive con sus tres hijos. Foto: Juan Uribe

Este hombre de 53 años pasa su vida entre muertos y, a diferencia de muchas personas que se espantan con la sola idea de andar de noche cerca de un cementerio, no siente miedo de dormir rodeado de tumbas. Para él, los muertos son sus compañeros. “La almita la tiene nuestro señor arriba con él, acá está solo el cuerpo”, explica mientras empuja una carretilla cargada de hojas y flores secas, así como de botellas de plástico abandonadas.

“Cuando me voy a dormir yo les oro a los muertos. Venir aquí es bueno para meditar cuando uno está estresado. Aquí nadie molesta”, agrega el cuidador. Él y sus tres hijos (de 9, 11 y 13 años), que estudian en una escuela local, viven en un edificio dentro del camposanto. Ellos – asegura – tampoco les temen a los difuntos. “Les tienen más miedo a los vivos que a los muertos. Los muerticos están descansando en paz”, dice.

Las antiguas casas de aduana de Ecuador (izquierda) y Colombia se observan antes de cruzar la frontera desde Ipiales hasta Tulcán. Foto: Juan Uribe

Las antiguas casas de aduana de Ecuador (izquierda) y Colombia se observan antes de cruzar la frontera desde Ipiales hasta Tulcán. Foto: Juan Uribe

Fausto se siente orgulloso de hablar sobre el cementerio de Tulcán. No le molesta desviarse un poco de su ruta de limpieza para enseñar una tumba en particular. Se trata de una en forma de pirámide, en la que reposan los cuerpos de dos miembros de la segunda misión geodésica francesa que vino a Ecuador en los primeros años de la década de 1900 (aquí está mi post sobre Guayaquil, otra ciudad ecuatoriana).

Ellos, Polidori Espinosi y Charles Roussel, hicieron parte del grupo que buscaba ampliar y mejorar las mediciones que sus antecesores habían hecho en el siglo XVIII con el fin de comprobar la forma de la Tierra y definir por dónde pasaba la franja equinoccial que divide al planeta en Norte y Sur.

Las investigaciones de los europeos sentaron las bases para que a 14 kilómetros de Quito se construyera el Monumento Mitad del Mundo, un complejo turístico en el que una de las principales diversiones de los visitantes es tomarse una foto con un pie en cada hemisferio.

Fausto señala la lápida que honra la memoria de los científicos. Mientras tanto, no lejos de allí, dos mujeres se agachan bajo un arco de ciprés de unos seis metros de altura y cambian las flores viejas de la tumba de un familiar por unas frescas. Si ellas no se llevan de allí los ramos secos, Fausto tendrá que recogerlos. Él siempre está atento para que el cementerio se vea lo mejor posible. Al fin y al cabo, es su casa y a él le complace cuidarla.

Fausto Yar enseña en el cementerio de Tulcán (Ecuador) las tumbas donde reposan dos científicos franceses que participaron en la segunda misión geodésica. Foto: Juan Uribe

Fausto Yar enseña en el cementerio de Tulcán (Ecuador) las tumbas donde reposan dos científicos franceses que participaron en la segunda misión geodésica. Foto: Juan Uribe

Tulcán e Ipiales, muy cerca

Desde Ipiales es posible cruzar la frontera hasta Tulcán por el puente Rumichaca. Basta presentar el documento de identidad colombiano para pasar sin problemas al otro lado. El viaje puede incluir en un mismo día las visitas al santuario de Las Lajas y, luego, al cementerio de Tulcán.

El recorrido por tierra entre Ipiales y Tulcán dura cerca de media hora. En la Terminal de Transporte de Ipiales se puede tomar un colectivo hasta Rumichaca y allí se toma otro que atraviesa la frontera. Ambos pasajes de ida cuestan unos $5.000 ($2.500 cada uno). Hay que pagar otros $ 5.000 para volver a Ipiales.

Las primeras esculturas del cementerio de Tulcán, en el norte de Ecuador, las hizo en 1936 el maestro José María Azael Franco. Foto: Juan Uribe

Las primeras esculturas del cementerio de Tulcán, en el norte de Ecuador, las hizo en 1936 el maestro José María Azael Franco. Foto: Juan Uribe

 

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