‘Siempre busco algo que me sorprenda’

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A propósito de la Vitrina Turística de Anato que se lleva a cabo esta semana, hablé con Eduardo Espinosa. Él, como buen agente de viajes, es ejemplo de conocimiento y experiencia. Con 34 años al frente de Aves Tours, ha vivido los destinos más exóticos, conoce de memoria las calles de Madrid y sueña con volver con más frecuencia a Turquía.

 

Eduardo Espinosa, gerente de Aves Tours, ha conocido cerca de 40 países. Aquí, en Venecia (Italia). Foto: Cortesía de Eduardo Espinosa

Eduardo Espinosa, gerente de Aves Tours, ha conocido cerca de 40 países. Aquí, en Venecia (Italia). Foto: Cortesía de Eduardo Espinosa

 

Hace diez años, cuando Eduardo Espinosa hizo su viaje número 50 a España, dejó de llevar la cuenta de la cantidad de veces que había visitado ese país, al que se asegura de volver cada vez que está en Europa.

El gusto por los viajes lo heredó de sus abuelos, que, entre otros lugares, vivieron en Nueva Orleans (Estados Unidos) y en Papeete (Polinesia francesa). También, de sus padres, gracias a quienes voló por primera vez al exterior a los 3 años.

Cuando tenía 18 años y apenas comenzaba su carrera de Hotelería y Turismo en la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá, empezó a guiar a grupos de turistas. Desde entonces, su trabajo como agente de viajes lo ha llevado a conocer cerca de 40 países y, sobre todo, a hacer algo que le encanta: transmitir esas experiencias a las personas que acuden a él para que les diseñe sus viajes.

“Tengo unos pasajeros que conocen el mundo. Han ido a Turquía dos veces seguidas, y en años consecutivos, pero siempre los sorprendo con algo”, cuenta sobre dos parejas de esposos que antes de sus vacaciones más recientes le preguntaron por algo nuevo para conocer en Estambul.

“Les puse un yate desde el aeropuerto. Fue un viaje de un kilómetro que duró una hora y media, con sushi y champaña Moet Chandon, entrando despacio por el Bósforo y viendo las mezquitas”, recuerda Espinosa para referirse a detalles que hacen que un viaje sea inolvidable, como el recorrido gourmet que les organizó a esos mismos clientes por restaurantes de la capital turca.

El gerente de Aves Tours hace énfasis en la importancia de su asesoría, que les permite a los turistas estar informados sobre inconvenientes ineludibles que encontrarán en algunas fronteras, como en Tierra Santa, al pasar de Jordania a Israel.

En ese cruce, que puede durar todo el día en el desierto, es inevitable que los viajeros soporten temperaturas de 40 grados centígrados en oficinas que solo tienen ventiladores para mitigar el calor y que están rodeadas de alambradas, como si fueran campos de concentración.

Espinosa advierte que el guía jordano se despide en la frontera: “Los policías de Jordania casi no hablan inglés, no saben de turismo y ponen un sello para salir del país si se les antoja”. Luego –añade- a los viajeros los recoge un bus de Naciones Unidas que recorre cuatro kilómetros y los lleva a Israel, donde, aunque hay aire acondicionado y los oficiales de inmigración dominan varios idiomas, los extranjeros deben contestar muchas preguntas sobre el equipaje y las razones por las que estuvieron en Jordania.

“Hay que anticiparse a una eventual dificultad que la persona pueda encontrar. Si uno sabe a lo que va puede disfrutar esa aventura, es parte de la experiencia; pero si no sabe lo que le espera puede perder la paciencia y meterse en problemas”, dice.

Ahora, a punto de cumplir 60 años, sus planes incluyen conocer Turquía más profundamente, aunque ya ha estado en Estambul cuatro veces. Sobre todo quiere ir a una isla donde, según se enteró hace poco, se fundieron los cuatro caballos de la Basílica de San Marcos, en Venecia.

Tampoco se cansa de ir una y otra vez a Israel, un país que ha visitado al menos en 20 ocasiones y que le fascina, entre otras cosas, por ser cuna del cristianismo. Allá, al igual que en todos los destinos a los que viaja, su curiosidad nunca deja de funcionar. “Siempre busco algo que me sorprenda, me gusta ver qué hay de nuevo”, afirma.

Así ha coleccionado recuerdos imborrables. Una vez, en Jerusalén, conoció a unos monjes que lo guiaron por una escalera de caracol en madera, al final de la cual descubrió una cisterna antigua debajo del Santo Sepulcro.

Una experiencia inolvidable de Eduardo Espinosa: cuando se arrodilló en la Vía Dolorosa original, en Jerusalén. Foto: Cortesía de Eduardo Espinosa

Una experiencia inolvidable de Eduardo Espinosa: cuando se arrodilló en la Vía Dolorosa original, en Jerusalén. Foto: Cortesía de Eduardo Espinosa

También en esa ciudad, una monja que atendía un albergue lo llevó por otra escalera subterránea hasta un lugar donde unas religiosas oraban de rodillas. Una vez abajo, le enseñó un arco con columnas en una pared, donde había estado la entrada principal de la fortaleza Antonia. Detrás quedaba el patio en el que Jesús fue coronado de espinas, donde los soldados se jugaron sus vestiduras y lo azotaron. “Allí le dieron la cruz”, aseguró la monja.

“¿O sea que luego Jesús salió por esta puerta y cogió este camino?”, preguntó Espinosa. La monja asintió. “¿Y estos ladrillos donde están arrodilladas las monjas los pisó Jesús?”. “Sí”, fue de nuevo la respuesta.

“Me puse a llorar, yo no podía creer que estaba ahí”, recuerda al explicar que el sitio donde se encontraba era la Vía Dolorosa original, situada algunos metros más abajo de la que hoy recorren los turistas. Esa es una experiencia que conserva con cariño. Es una de las muchas que le encanta compartir con sus pasajeros.

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