El sabor de los viajes

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Esta columna la escribí para la revista Paladares, del periódico El Colombiano, de Medellín. Es una invitación a cruzar los límites de la comodidad cuando viajamos. 

 

Cada vez que viajamos, en nuestra mente vamos guardando imágenes y sonidos; detalles de paisajes y de personas que luego recordaremos, si es que nos han impresionado lo suficiente. Después, cuando hemos regresado a la casa, procuramos traer a la memoria algunas de las experiencias vividas, en un ensayo por revivir aquellas que fueron agradables.

Queremos experimentar de nuevo las sensaciones que los buenos momentos nos produjeron, aunque sólo sea en forma de una película que ponemos a rodar en la cabeza.

Tal vez por eso viajamos, para llenar nuestro cerebro de instantes placenteros. Y existen pocas cosas que causen tanto placer como la buena comida. Los sabores que encontramos al viajar nos acompañan mucho tiempo después de que hemos desempacado la maleta.

¿Cómo olvidar la pizza de Nápoles -la verdadera, según sus orgullosos habitantes-, con su salsa elaborada a base de tomates cultivados en el valle que se extiende a los pies del volcán Vesubio? ¿Es posible borrar de la memoria aquel bife de chorizo en Buenos Aires, tan suave que se podía partir con una cuchara? ¿Por qué todavía tengo grabados a fuego en el paladar el atún que probé en Bahía Solano, las hormigas culonas de Santander o la centolla que me sirvieron en la Patagonia chilena?

Se me ocurre que esto sucede debido a que algunos destinos tienen un sabor especial que genera un vínculo, una relación personal entre nosotros y el plato que tenemos al frente. De esta manera comer trasciende el simple acto de alimentarse con el fin de sobrevivir y pasa a servir un propósito superior: el de acercarnos a la cultura del sitio que estamos visitando.

Esta es la recompensa que espera a quienes logran superar las barreras que muchas veces se erigen a causa de la masificación del turismo, un fenómeno que pretende homogeneizar la manera en que los seres humanos viajamos y nos relacionamos con las demás personas.

La masificación de los viajes ofrece ventajas evidentes, como facilitar el acceso de más gente a países y ciudades que antes parecían inalcanzables. No obstante, con esa estandarización se corre el riesgo de aplanarlo todo, de despojar a los sitios de aquello que los hace únicos, volviéndolos aburridos.

Un ejemplo claro se encuentra en muchos hoteles de estilo todo incluido en donde los huéspedes tienen a su disposición tantos servicios dentro de las instalaciones, que caen en la trampa de no intentar buscar experiencias distintas fuera de ellas.

Es comprensible, pero debatible, la idea de que si un turista pagó por sus vacaciones trate de sacarle el máximo provecho a todo lo que su hotel le ofrece. Esto puede conducir a las personas a desayunar, almorzar y comer siempre en el hotel porque “está incluido”. Todo, para recuperar la inversión.

Es cierto, están en su derecho; pero también lo es el hecho de que al encerrarse en el hotel – por más kilómetros de playa que tenga – los visitantes suelen privarse de momentos únicos que podrían estar disfrutando con los habitantes del lugar.

Traspasar la frontera de la comodidad del hotel es la única manera en que los turistas podrán acercarse a costumbres que les eran desconocidas y compartir con las personas que a diario viven y sienten el lugar.

Con un poco de curiosidad es posible desviarse de la ruta establecida y observar que si en Nápoles la fila de gente frente a un restaurante es muy larga, esto probablemente se deba al hecho de que la pizza de allí es extraordinaria; o averiguar, a punta de pesquisas con los locales, dónde se come una muy buena carne en Buenos Aires.

Por eso en estas líneas los invito a salir de las llamadas ‘zonas de confort’ tan típicas del turismo: las de los cocteles a la orilla de la piscina, las de la hora feliz en el bar de la playa o las de los bailes con recreacionistas.

Vayan afuera, exploren, pregunten. Encontrarán que detrás del conserje, de la dependiente de la recepción y del taxista que los trajo del aeropuerto hay un ser humano que estaría encantado de revelarles los secretos de su lugar de origen, si tan solo se lo preguntaran.

Juan Uribe

www.juanuribeviajes.com

En instagram: @juanuribeviajes

 

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