Nuestras historias colombianas

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No deja de sorprenderme Orlando, el destino más visitado de Estados Unidos, adonde al año llegan más de 50 millones de turistas. Me llama la atención el hecho de que esa ciudad del centro de Florida, famosa por sus parques temáticos, atraiga a tantas personas con base en cuentos inventados.

Admito que me gusta ir a Disney, pues allá gozo como un niño chiquito y me emociono al ver al Pato Donald. Tampoco digo que no me monto en una montaña rusa (eso sí, que no vaya muy rápido ni me ponga boca abajo porque me mareo).

Orlando, como tantas cosas que venden los estadounidenses –entre ellas el cine de Hollywood y la comida chatarra-, es un buen ejemplo de cómo aprovechar el mercadeo, además de una tecnología sofisticada en simuladores y efectos visuales para lograr que los visitantes sientan que viven aventuras dentro de películas como Transformers o Harry Potter. Pero no es mucho más que eso.

Por eso cuando vuelvo a mi país me encanta recorrerlo y encontrar historias reales que nadie ha tenido que inventar como parte de una campaña de publicidad. Y para hacerlo no es necesario ir muy lejos.

Hace poco viajé en el Tren de la Sabana entre Bogotá y Zipaquirá para visitar la impresionante Catedral de Sal (ni la iglesia ni la sal son de plástico) y durante el recorrido puse atención a la explicación que la guía turística Esther Pachón dio sobre un par de palabra usadas por los muiscas, pero que en Colombia hemos estado acostumbrados a usar como insulto: guaricha y guache. La primera -indicó Pachón- quiere decir ‘niña casamentera’ y la segunda, ‘hombre amable’.

Por supuesto, el significado peyorativo de estos términos fue aporte de los colonizadores. Eso nos pasa con frecuencia a los colombianos: creemos lo malo que dicen de nosotros afuera y despreciamos lo que somos porque desde niños nos enseñaron a mirar hacia Europa y Estados Unidos.

Ahora, cuando este 2014 apenas comienza, los invito a conocer nuestro país. No necesitamos ratones Mickey ni Cenicientas. Basta descubrir las historias que tenemos, pero para lograrlo primero tenemos que sentirnos orgullosos de ellas y de nuestras raíces.

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