Mavicure, ¡por fin en la cima!

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El cerro Mavicure, una de las rocas más antiguas de la Tierra, es uno de los tesoros del Guainía, un departamento del oriente de Colombia que está despertando para el turismo.

Arriba, luego de trepar hasta la punta del cerro Mavecure, sobran las palabras. El silencio es el homenaje que los viajeros le hacen a la naturaleza. Foto: Juan Uribe

Arriba, luego de trepar hasta la punta del cerro Mavicure, sobran las palabras. El silencio es el homenaje que los viajeros le hacen a la naturaleza. Foto: Juan Uribe

Decir que no soy amigo de las alturas es un eufemismo. Me causan terror, a pesar de que cuando llego a un destino siento el impulso de subir hasta lo más alto de faros, torres e iglesias con el fin de tener una perspectiva distinta del paisaje. Creo que soy algo masoquista, pues sé que al bajar voy a sentir miedo, sobre todo si se trata de escaleras en espiral que dejan ver el vacío y crujen bajo los pies.

Hasta la semana pasada, cuando gracias a una invitación del Fontur tuve la suerte de visitar por segunda vez el departamento del Guainía, mi mayor aventura – catalogada así en un escalafón muy marcado por la aversión al riesgo – había sido deslizarme en canopy sobre cafetales y guadales del Paisaje Cultural Cafetero en El Bosque del Samán, una hacienda del norte del Valle del Cauca.

La selva y el río Inírida se extienden a los pies del cerro Mavecure, en el Guainía. Foto: Juan Uribe

La selva y el río Inírida se extienden a los pies del cerro Mavecure, en el Guainía. Foto: Juan Uribe

Aquel fue un sobrevuelo tensionante al principio pero que me permitió relajarme con el paso de los minutos luego de haber dado el paso definitivo en dirección al abismo que separaba las dos laderas, unidas por dos gruesos cables de acero que me sostenían mientras flotaba a 30 metros del piso.

El cerro Mavicure era un desafío que me esperaba desde el año pasado, cuando llegué al Guainía en otro viaje para periodistas. Éramos una española, Toya Viudes; y un francés, Sebastien Longhurst, y nos acompañaba Harold González, del área de mercadeo de la aerolínea Satena.

Las pendientes del cerro Mavecure son engañosas. Se ven suaves, pero son muy pronunciadas. Foto: Juan Uribe

Las pendientes del cerro Mavicure son engañosas. Se ven suaves, pero son muy pronunciadas. Foto: Juan Uribe

En esa ocasión pregunté cómo era el ascenso y me dijeron que la parte final era muy empinada. No estaba muy emocionado con la idea de jugar a ser escalador después de haber trepado por las primeras faldas del cerro, que obligan a inclinarse hacia adelante y a veces incluso a gatear para aferrarse a la superficie de esta roca enorme, una de las primeras en formarse en la Tierra.

Así que cuando a Toya la picó un bicho que le provocó una gran hinchazón en su mano y dificultades para respirar, me ofrecí de voluntario para acompañarla mientras los demás conquistaban la cumbre. Tenía miedo y encontré el pretexto perfecto para quedarme donde estaba. Pero esta vez no tenía excusa.

Así es el tramo final que enfrentan quienes quieren conquistar la cumbre del cerro Mavecure, en el Guainía. Foto: Juan Uribe

Así es el tramo final que enfrentan quienes quieren conquistar la cumbre del cerro Mavicure, en el Guainía. Foto: Juan Uribe

A los cerros de Mavicure se llega desde Inírida, la capital del Guainía, tras un viaje de una hora y media hacia el sur en lancha rápida, que en la región llaman voladora. Aquí, en el corregimiento de San Felipe, el río Inírida serpentea entre la selva y abraza los cerros Mavicure, Mono y Pajarito. Se trata de tres elevaciones de rocas graníticas que forman parte del escudo guayanés y surgieron en la era Precámbrica – que abarca desde hace unos 5.000 millones de años hasta 570 millones de años atrás -.

Mavicure se yergue 250 metros sobre la margen oriental del río y forma un triángulo con los otros dos cerros, que se levantan en la orilla opuesta. Es el único de los tres que puede escalarse; aunque es necesario advertir que este plan no es para cualquiera. Y no se trata de posar de valiente. Todo lo contrario.

Este es el mirador del cerro Mavecure, antes de alcanzar la cima, desde donde se aprecia el cerro Pajarito. Foto: Juan Uribe

Este es el mirador del cerro Mavicure, antes de alcanzar la cima, desde donde se aprecia el cerro Pajarito. Foto: Juan Uribe

En este segundo viaje a Mavicure los primeros pasos sobre el cerro comenzamos a darlos a las 12 en punto del mediodía. Adelante va Ismael Durante González, el guía indígena que nos asignó el capitán de la vecina comunidad de Venado. Ismael tiene 40 años y dice que le toma una hora llegar hasta la cima. Va sin medias. Hoy lleva una camiseta de rayas horizontales rosadas y blancas, y pantaloneta azul. Esa es toda su indumentaria, junto con un palo que usa a manera de bastón y unos zapatos blancos de caucho, hechos en China, por los que pagó 7.000 pesos en un almacén de Inírida.

La roca hierve y la lluvia que cayó la víspera se evapora, provocando la sensación de estar encerrado en un sauna mientras se camina hacia arriba por la cuesta. Hay que evitar pisar las zonas húmedas, pues a causa del agua la roca se convierte en un jabón. Un paso en falso puede significar deslizarse por un tobogán de piedra y sufrir un accidente grave.

Camilo Puentes, el guía que nos acompañó desde Inírida hasta el cerro Mavecure, carga un lazo que usará para la parte final del ascenso. Foto: Juan Uribe

Camilo Puentes, el guía que nos acompañó desde Inírida hasta el cerro Mavicure, carga un lazo que usará para la parte final del ascenso. Foto: Juan Uribe

Yo cargo mi morral con agua, maní y uvas pasas. No sé exactamente dónde llevo el miedo a las alturas, pero no me abandona. Para distraerlo converso con Camilo Puentes, un excelente guía de turismo que nos acompaña desde Inírida. Es bogotano y desde hace más de dos décadas hizo de las selvas y los ríos del Guainía su hogar.

Sus historias relacionadas con las más de 100 veces que ha subido al Mavicure me relajan. Se da cuenta de que cada paso que doy se me dificulta a medida que el sendero apunta más hacia el cielo.

Las lanchas que acompañan a los turistas que quieren subir al cerro Mavecure se ven diminutas desde este punto cercano a la cima. Foto: Juan Uribe

Las lanchas que acompañan a los turistas que quieren subir al cerro Mavicure se ven diminutas desde este punto cercano a la cima. Foto: Juan Uribe

Hace 38 minutos iniciamos el ascenso y ahora estamos a punto de internarnos por un camino donde la luz del sol casi no puede penetrar debido a la vegetación espesa. “Miren bien dónde ponen las manos. Aquí hay serpientes y unos gusanos venenosos”, advierte Camilo, quien lleva un lazo enrollado que servirá para el ascenso final a la punta del cerro.

De allí en adelante calculo cada movimiento con mayor cuidado antes de agarrar la raíz de un árbol o el borde de una roca que pueda servir para apoyarme y seguir subiendo.

Este es el paisaje que se contempla justo antes de emprender la parte final del ascenso al cerro Mavecure. Foto: Juan Uribe

Este es el paisaje que se contempla justo antes de emprender la parte final del ascenso al cerro Mavicure. Foto: Juan Uribe

Una recompensa por el esfuerzo hecho hasta ahora consiste en llegar a un punto desde donde se observa el cerro Pajarito, del que cuelgan hilos de agua ya casi secos que son las huellas del aguacero de ayer. Muy abajo se ven el río Inírida y, en la orilla, diminuta, la lancha que nos trajo a Mavicure.

El aliciente para emprender el último tramo del ascenso son un par de sorbos de agua y una mirada al río y a los árboles de pocúa, que con sus copas amarillas crecen en las orillas. Pienso que desde la cumbre el panorama tiene que ser todavía más imponente, y vuelvo al sendero. Algunos tramos son tan pendientes que pego el pecho a la roca y tengo que secarme el sudor con frecuencia para poder ver.

Aquí estamos celebrando haber podido llegar a la cumbre del cerro Mavecure. Foto: Juan Uribe

Aquí estamos celebrando haber podido llegar a la cumbre del cerro Mavicure. Foto: Juan Uribe

Un par de minutos más tarde me encuentro con una etapa de la subida que se ve insalvable: al frente se levantan varias rocas amontonadas unas sobre otras por las que se me ocurre que ni siquiera una cabra podría subir. Detrás de mí se abre un paisaje que contemplo algunos segundos. Respiro profundamente, tomo agua e intento que las piernas y la mandíbula dejen de temblar.

Camilo me pide que le entregue el morral para subir más fácilmente y luego pongo el pie derecho en la primera escalera de madera instalada para los visitantes. Sólo miro al frente y me concentro en cada movimiento. Camilo me alcanza su mano y supero la primera subida. La segunda es parecida y al final de la tercera escalera aparece el lazo de Camilo, al que me aferro luego de pisar el último peldaño.

La playa a los pies del cerro Mavecure es el mejor premio luego de haber llegado hasta la cima de esta roca, una de las más antiguas de la Tierra. Foto: Juan Uribe

La playa a los pies del cerro Mavicure es el mejor premio luego de haber llegado hasta la cima de esta roca, una de las más antiguas de la Tierra. Foto: Juan Uribe

Estoy arriba. Me siento a descansar y a ver la curva del río Inírida en su trayecto final hacia los cerros, pero todavía faltan unos metros más que se cubren sobre la roca desnuda, sin necesidad de escalera ni lazo. En la cima siento ganas de llorar y me tiendo de cara al cielo.

Noventa y tres minutos me ha tomado subir hasta aquí. Arriba no hay nada más que haya que escalar. Desde la punta del cerro Mavicure se ven varias piedras gigantes desperdigadas en medio de la selva, como esta sobre la que estoy parado (aquí les dejo el video que tomé). Media hora se pasa volando antes de tomar el camino de regreso, que exige más cuidado que el ascenso.

Aquí se inicia el descenso desde la cima del cerro Mavecure. Foto: Juan Uribe

Aquí se inicia el descenso desde la cima del cerro Mavicure. Foto: Juan Uribe

Son fundamentales los consejos de Camilo, que va adelante y en las pendientes más fuertes pone sus manos para que las use de peldaños. Paso las escaleras y el pequeño bosque, y el descenso final, empinadísimo, lo hago sentado, sin afán. Un poco más de tres horas después de haber emprendido el ascenso al cerro estamos todos en la lancha.

Luego llegamos a una playa blanca cerca del raudal de Mavicure, donde un baño en el río Inírida es el mejor premio al esfuerzo que acabo de hacer. Flotando boca arriba en las aguas tranquilas veo el cerro casi desprovisto de vegetación y enfoco su cima, que domina el paisaje. Me pregunto cómo logré subir hasta allá.

Todavía me pregunto cómo logré llegar hasta la cima del cerro Mavecure. Foto: Juan Uribe

Todavía me pregunto cómo logré llegar hasta la cima del cerro Mavicure. Foto: Juan Uribe

 

 

Mavicure, consejos para subir

El ascenso al cerro Mavicure no es nada sencillo y no se recomienda para cualquier persona. Es esencial contar con un muy buen guía de turismo que cumpla las normas de seguridad y que esté pendiente de los turistas todo el tiempo. Se necesitan zapatos cómodos que tengan muy buen agarre.

Es aconsejable llevar camiseta de manga larga, pantalones livianos de secado rápido, sombrero y bloqueador solar. Además de agua abundante, los frutos secos y el maní son buenos compañeros de viaje.

Alojamiento en Inírida

La Cabaña Guainiana, en Inírida. Allí es delicioso el jugo de camu camu, un fruto amazónico. Tarifa, desde $ 80.000 por persona, por noche, con desayuno y uso de bicicleta. Calle 16 N° 15-57, vía al aeropuerto. Informes: 3108525177; www.lacabanaguainianayhbc.com.co; joacohotel@hotmail.com

Turismo en Guainía

Colombia Ecológica ofrece planes ecoturísticos a los cerros de Mavicure y a otros atractivos del departamento del Guainía, como la estrella fluvial de Inírida y la reserva natural Moru. Camilo Puentes es un excelente guía. Informes:  3112133275; colombiaecologica@hotmail.com

Por fin. La foto en lo más alto del cerro Mavecure. Foto: Juan Uribe

Por fin. La foto en lo más alto del cerro Mavicure. Atrás se ve el cerro Pajarito. Foto: Juan Uribe

4 Comments on “Mavicure, ¡por fin en la cima!

  1. Es Mavicure, no Mavecure como lo divulgan la de manera erronea la mayoria de los medios.

    Saludos

    • Buenos días, Edwin. Tiene razón. Haré los cambios correspondientes en mis textos. Muchas gracias por su comentario.

      Saludos,

      Juan Uribe

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