Guatavita y su leyenda de El Dorado

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A 60 kilómetros de Bogotá se puede visitar la laguna del Cacique Guatavita, donde tuvo su origen la famosa historia que desde el siglo XVI atrajo a aventureros en busca de oro.

Los turistas se detienen en el último mirador de la laguna del Cacique Guatavita a ver el panorama. Foto: Juan Uribe

Los turistas se detienen en el último mirador de la laguna del Cacique Guatavita a ver el panorama. Foto: Juan Uribe

Desde el cuarto y último mirador de la laguna del Cacique Guatavita, en el punto más alto al que se puede llegar por el sendero de piedra que la abraza, se ve cómo las nubes filtran a su antojo el sol cuando cae la tarde. Los rayos se turnan para iluminar partes de este cuerpo de agua, sagrado para los indígenas muiscas, y también las laderas que se ciñen a su alrededor como si fueran graderías de un estadio de fútbol.

La laguna, ubicada a unos 60 kilómetros hacia el nororiente de Bogotá, es el origen de la leyenda de El Dorado, que se esparció entre los conquistadores europeos y despertó en ellos la codicia. Esto ocurrió debido a que durante la Conquista, en el siglo XVI, circulaban relatos maravillosos que daban cuenta de una ceremonia que tenía lugar con frecuencia en este lugar, antes de que despuntara el alba.

Se trataba de un acto al que asistía todo el pueblo y que tenía como protagonista al cacique. Jenny Chávez, guía del Parque Laguna de Guatavita, explica que este hombre cubría su cuerpo con una densa capa de polvo de oro, miel y resina de frailejón antes de subir a su barcaza real para arrojar al agua esmeraldas y piezas de oro como homenaje a sus dioses. Luego de hacer las ofrendas, el soberano se sumergía en la laguna, en la que se frotaba con hierbas con el fin de quitarse de encima el oro que lo cubría.

A diferencia de la miniatura que se exhibe en el Museo del Oro, en Bogotá, la balsa que transportaba al cacique no estaba hecha de oro sino de chusque, una especie de bambú. El testimonio que dejó en 1636 el cronista Juan Rodríguez Freyle ofrece detalles sobre el acontecimiento: “En aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, adornada todo lo más vistoso que podían… Desnudaban al heredero en carnes vivas, lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo molido, de tal manera que en la balsa iba cubierto todo de ese metal. Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba en medio de la laguna, y los demás que iban con él hacían lo mismo, partiendo la balsa a tierra comenzaban la música, bailes y danzas a su modo, con lo cual quedaba reconocido por señor y príncipe. De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado del Dorado”.

Réplica en el Museo del Oro, en Bogotá, de la balsa que se empleaba en la laguna del Cacique Guatavita. Foto: Juan Uribe

Réplica en el Museo del Oro, en Bogotá, de la balsa que se empleaba en la laguna del Cacique Guatavita. Foto: Juan Uribe

Al recorrer el camino que rodea la laguna es inevitable recrear el suceso en la mente. Estos terrenos inclinados que cercan al cuerpo de agua y hoy están poblados de arbustos nativos los ocuparía la muchedumbre que, como cuenta Jesús Arango Cano en su libro ‘Mitos, leyendas y dioses chibchas’, estaría “vuelta de espaldas a la laguna – o con la frente inclinada – para no ofender con la mirada la divina majestad del cacique, mientras acentúa sus cánticos, plegarias y oraciones”.

En medio de la calma que domina las montañas, los campos verdes y los cultivos de papa y de flores, es inevitable imaginar la avaricia que condujo a muchos a tratar de desocupar la laguna con el fin de apoderarse de las ofrendas que allí habían depositado los indígenas a lo largo de generaciones. Como prueba del afán desmedido por acumular riqueza que muchos exhibieron, aún se observa una cicatriz en el costado oriental de esta especie de mar andino. Se trata de un corte vertical, producto de varios intentos por desaguar a Guatavita, similar al que se produce con un cuchillo en un ponqué.

En el Parque Laguna de Guatavita, en un letrero situado al borde de la vía peatonal que lleva al lugar sagrado, se lee respecto de los esfuerzos que se llevaron a cabo con dicho propósito: “El primero que lo hizo, infructuosamente, fue el capitán Lázaro Forte. Hernán Jiménez de Quesada logró rebajar su nivel y obtuvo de las orillas pocos objetos de oro. Después Antonio Sepúlveda fracasó en su intento, al igual que 12 mineros del ‘Real Mariquita’ en 1625 y los coroneles Hamilton y Campbell en 1823”.

Queda la cicatriz de varios intentos que hubo por desaguar la laguna del Cacique Guatavita. Foto: Juan Uribe

Queda la cicatriz de varios intentos que hubo por desaguar la laguna del Cacique Guatavita. Foto: Juan Uribe

Guatavita y su riqueza natural

Durante la caminata desde la entrada del parque hasta la laguna se aprecia cómo los arbustos nativos que crecen a ambos lados del sendero se inclinan hacia el centro y en algunos tramos forman túneles de hojas en los que a la luz le cuesta trabajo colarse. El recorrido permite explorar parte del ecosistema de bosque altoandino, en el que crecen, entre otras especies vegetales, orquídeas, bromelias, helechos y musgos. Estos últimos -cuenta la guía Jenny Chávez – tardan en recuperarse de cinco a siete años. “Actúan como una esponja en invierno y en verano liberan agua gradualmente. Son la piel de la montaña”, añade.

La guía cuenta que en la zona también se observan frailejones, unas plantas de hojas anchas, gruesas y aterciopeladas que pueden medir dos metros de altura y que crecen un centímetro por año. “Antes del año 2000, cuando al parque se entraba gratis, algunas personas hacían fogatas con el aceite de los frailejones (trementina)”, comenta al referirse a la mayor importancia que en los últimos años ha cobrado la conservación del medio ambiente en el parque.

Los cantos de las aves, las flores amarillas en forma de trompeta y otras de color fucsia se unen en una sinfonía natural a los movimientos nerviosos de las lagartijas, que parecen volar sobre el empedrado por el que transitan los turistas.

Son casi las 6 de la tarde, lo que quiere decir que la visita está a punto de terminar. El sol continúa su viaje en cámara lenta para ocultarse en el horizonte y después de bajar por el camino empinado que conduce hacia la salida se puede hacer una última parada que les permite a los viajeros acercarse aún más a la cultura chibcha (ver este post sobre Chicaque, que tiene que ver con los muiscas).

Lo primero que queda grabado en la mente es un aroma inconfundible que abre el apetito: el de mazorcas de maíz, amarillas como el oro, que se asan al carbón sobre una parrilla alrededor de la cual se amontona la gente.

Hoy, después de casi 500 años, no existen proyectos para drenar la laguna de Guatavita y extraer de sus entrañas las riquezas; pero lo que sí se puede hacer es masticar los granos grandes y suaves de las mazorcas, cubiertos con mantequilla y sal. Así es posible llevarse un tesoro muy apreciado por los indígenas de estas tierras que unos cinco siglos atrás vieron llegar a extraños que querían hacerse ricos.

Al final de la visita a la laguna de Guatavita se puede probar mazorca asada. Foto: Juan Uribe

Al final de la visita a la laguna de Guatavita se puede probar mazorca asada. Foto: Juan Uribe

 

La laguna del Cacique Guatavita en cifras y datos

La laguna del Cacique Guatavita está enmarcada por laderas cuyas pendientes varían entre 32 y 38 grados. Tiene una superficie de 400 metros por 300 metros, un volumen de 2 millones de metros cúbicos y una profundidad promedio de 25 metros. Varias especies de algas le dan un color claro. En la laguna habita un pez conocido como guapucha.

 

Tarifas para ver la laguna del Cacique Guatavita

A la laguna del Cacique Guatavita se puede llegar desde Bogotá por la vía a La Calera. Unos 15 kilómetros más adelante de este municipio se comienzan a ver en la carretera letreros (de color café con letras blancas) que anuncian la cercanía del lugar.

El Parque Laguna de Guatavita es adminsitrado por la CAR (Corporación Autónoma de Cundinamarca).

Precios: oriundos de la zona, gratis; colombianos, $9.500; extranjeros, $14.000.

Horarios de ingreso: De martes a domingo, de 9:00 a.m. a 4:00 p.m. (en semanas normales); de miércoles a lunes, de 9:00 a.m. a 4:00 p.m. (en semanas con puente festivo). Se puede permanecer en el parque hasta las 6:00 p.m.

Informes: CAR, 3209000 (Bogotá).

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