Floridablanca, la dulce

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Floridablanca, en Santander, es un municipio famoso por las obleas con arequipe y ahora también por el Ecoparque Cerro del Santísimo, al que se llega en teleférico.

Lo que tengo al frente para comer es intimidante. Parece una hamburguesa gigante cuando la empleada que me atiende detrás del mostrador extiende su mano y me alcanza lo que he pedido. ‘Capricho’ es el nombre que tiene la oblea de arequipe, queso y guayaba que debo tomar con ambas manos para que no se caiga al piso.

Las dos galletas redondas y delgadas no son más grandes que las que he probado en otros sitios, pero la diferencia está en el relleno que hay entre ellas, que hace que esta oblea sea pesada y compacta. Mis dedos ya estarían untados por completo de no ser por el envoltorio, que no es de plástico sino, según dice allí mismo en letras rojas, hecho con “materiales oxo-biodegradables que se descomponen totalmente y de forma segura, sin liberar gases nocivos ni sustancias corrosivas”.

Estoy en Floridablanca. Este municipio de Santander, ubicado a unos 20 minutos al sur de Bucaramanga, es tan reconocido por sus obleas como lo es todo este departamento del nororiente de Colombia por la carne oreada o las hormigas culonas. Hasta aquí llegan cada día cientos de personas en busca de un dulce típico que en casi todas partes evidencia escasez en cuanto a la cantidad de arequipe -en otros países de América Latina lo llaman dulce de leche, manjar o cajeta- que quien vende esparce entre las galletas. Esto no ocurre aquí.

Al menos, no en Obleas Floridablanca, uno de los locales más concurridos del municipio -el hecho de que lo sea es una señal importante cuando se trata de averiguar qué tan bueno es un sitio de comidas-. Al frente del lugar, que funciona en una casa sobre la carrera séptima, se ven con frecuencia carros parqueados y filas de visitantes.

Muchos de ellos son viajeros que vienen a Santander a practicar deportes de aventura en San Gil; a recorrer las calles empedradas de Barichara, uno de los pueblos más encantadores de Colombia; o a ver el recién inaugurado Ecoparque Cerro del Santísimo (aquí mismo en Floridablanca), que se destaca por su teleférico y por una estatua de casi 40 metros de altura, similar al Cristo del Corcovado, en Río de Janeiro.

Antes o después de ver la nueva atracción turística, un plan imperdible es entrar a pedir una oblea. En este local la variedad es amplia, desde la tradicional que solamente lleva arequipe hasta otras 26 con nombres tan llamativos como ‘Amor platónico’ (de arequipe, feijoa y crema); ‘Matrimonio’ (tiene arequipe, queso, crema y durazno); ‘Rompecorazón’ (con arequipe, tamarindo, queso y crema) o ‘Divorcio’ (arequipe, queso y limón).

Con tal cantidad de dulce a disposición de quienes entran a este sitio, es comprensible que haya una fuente de agua instalada en un costado de la tienda. En la vitrina, justo al lado de la fuente, también se vende leche fría en cajas, que casa perfectamente con el arequipe.

Lo mejor de este lugar es la generosidad con que se arman las obleas. Aquí, las personas que verifican y despachan los pedidos de los clientes no escatiman el arequipe como si estuviera a punto de acabárseles, sino que más bien ahogan las delicadas galletas en esta sustancia espesa y dulce.

“La diferencia está en el arequipe. En una paila mezclamos la leche, el azúcar y la glucosa; hacemos entre 10 y 15 platones al día, y cada platón es de 30 libras”, explica Laura Peña, una bogotana de 21 años que desde 2010 trabaja en Obleas Floridablanca. Ya adoptó el acento golpeado característico de Santander y su sonrisa se adivina detrás del tapabocas que, como sus demás compañeras de trabajo, usa permanentemente.

Ella ha probado todos los tipos de oblea del lugar; pero asegura que la que más le gusta es ‘Amor eterno’: tiene arequipe, queso y mora. Gran elección, sin duda.

La preferida de Jackeline Rangel, una bumanguesa que viene a Obleas Floridablanca cada ocho días son su esposo y con su hija, es similar. Ella se inclina por ‘Amor apasionado’, una oblea rellena con una combinación de mora, queso y crema. “Me encanta que el arequipe sabe a leche de verdad”, explica.

No se sabe con certeza quién fue el genio al que se le ocurrió unir la oblea con el arequipe. Tampoco, cuál fue la mente brillante que inventó el arequipe; pero lo que sí se puede rastrear es el origen de la oblea.

El Nouveau Dictionnaire des Origines, Inventions et Découvertes (Nuevo Diccionario de los Orígenes, las Invenciones y los Descubrimientos), de Francois Nöel y L. J. Carpentier, publicado en 1834, ofrece una explicación: “Muchos escritores sostienen que el origen de las obleas es sagrado, que proviene del uso de los panes que se consagraban en la iglesia para hacer hostias. Se les servían en ciertos días del año y en ciertas iglesias a los clérigos y a los canónigos. Esto hizo que se se les llamara oblati (término latino usado para referirse a las personas ofrecidas a Dios), de donde surgió el término oblea”.

Otra fuente, la fábrica holandesa de obleas Primus Ouwel, asegura en su página de internet que la historia de la oblea comenzó hace varios siglos: “Su origen no resulta fácil de determinar, si bien se sabe a ciencia cierta que en el Renacimiento la oblea se servía como postre. Se trataba de un alimento de lujo que sólo estaba al alcance de la aristocracia y la alta burguesía. A continuación la oblea cobró un valor sacro como símbolo de la celebración eucarística: la hostia”.

Estas versiones parecen indicar que las obleas, al igual que tantas obras maestras de la música y la pintura a lo largo de la Historia, han sido inspiradas por la fe del ser humano en la existencia de un ser superior.

En Europa pueden haber popularizado la oblea como postre, pero en América no nos quedamos atrás. A mediados del siglo pasado, en Bogotá, algunas de las casas dedicadas a Dios ya eran reconocidas como sitios donde se le daba gusto al paladar. “En la calle 73 con carrera novena, donde hoy queda una tienda de Juan Valdez, había un convento en el que las monjas hacían hostias. Ellas vendían los recortes de las hostias y los niños íbamos a comprarles”. Eso cuenta mi papá, que aún hoy no pierde ocasión de comerse una buena oblea. Yo tampoco.

*Invitación de la Gobernación de Santander

 

Turismo en Santander

Aquí está el enlace sobre mi ‘post’ sobre Barichara, otro municipio de Santander.

Obleas Floridablanca. Allí, además de obleas con arequipe, se venden cortados, cocadas, duldes de apio, de arroz y de café; brevas, bocadillo veleño y panelitas, entre otros productos. Carrera 7 N° 5-54. (7) 648 5819; (7) 675 1190; www.obleasfloridablanca.com.

Parque Nacional del Chicamocha. En el kilómetro 54 de la vía que conduce de Bucaramanga a San Gil. Entrada: $ 19.000, adultos; $ 13.000, niños de hasta 1,40 metros de estatura y mayores de 60 años; viaje en teleférico – con entrada al parque -, $ 44.000, adultos; $ 27.000, niños de hasta 1,40 metros de estatura y mayores de 60 años. www.parquenacionaldelchicamocha.com

Allí también funciona el Acuaparque Nacional del Chicamocha. Entrada: $ 32.000, adultos; $ 27.000, niños de hasta 1,40 metros de estatura y mayores de 60 años. Combo Panachi (Parque, Teleférico y Acuaparque – no se vende en temporada alta -): $ 52.000, adultos; $ 37.000, niños de hasta 1,40 metros de estatura y mayores de 60 años. Informes: www.parquenacionaldelchicamocha.com. (7) 656 9511.

Ecoparque Cerro del Santísimo. Hacienda la Esperanza, en la antigua Cervecería Clausen, en Floridablanca. Entrada: $ 20.000, adultos; $ 10.000, niños de hasta 1,40 metros de estatura y mayores de 60 años. (7) 639 4444; www.facebook.com/cerrodelsantisimo?fref=ts; www.cerrodelsantisimo.com

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