Estrés, hasta en el avión

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Tal vez estén de vacaciones, pero el afán y el estrés empujan a muchos pasajeros a querer pasar sobre los demás. ¿Por qué hay filas cuando aún no se abre la puerta del avión?

 

El estrés de las ciudades se traslada con frecuencia a los aviones y se manifiesta en pasajeros que ocupan el pasillo sin que se haya abierto la puerta que les permite salir. Foto: Juan Uribe

El estrés de las ciudades se traslada con frecuencia a los aviones y se manifiesta en pasajeros que ocupan el pasillo sin que se haya abierto la puerta que les permite salir. Foto: Juan Uribe

La señal que indica que los pasajeros deben permanecer sentados, con el cinturón de seguridad abrochado, acaba de apagarse. Y, en menos tiempo de lo que tardarían en pitar muchos taxistas al ver que el semáforo cambia de rojo a amarillo en alguna calle de Bogotá, decenas de personas se ponen de pie como impulsadas por un resorte para ocupar el pasillo del avión.

Tal vez algunos de estos viajeros que en cuestión de segundos se paran de la silla, abren el compartimiento superior donde se guarda el equipaje de mano y lo agarran con rapidez saldrían corriendo si pudieran hacerlo. Es posible que el vuelo se haya demorado algunos minutos, que tengan una cita de negocios inaplazable o una conexión que estén a punto de perder, pero esas razones no son lo suficientemente poderosas para que la puerta delantera de la aeronave se abra de inmediato y le dé paso a la estampida en potencia que ya se represa en el corredor.

A pesar de la prisa que domina a muchos, pasan dos, tres, hasta cinco minutos y la puerta todavía está cerrada. Es tal el desespero que algunas personas empujan e impiden que quienes están unos puestos delante de ellas se pongan de pie y a veces terminan casi sentadas sobre aquellos que esperan en los asientos que dan al pasillo.

En este, como en tantos casos, es recomendable tener paciencia para combatir el estrés. “El hecho de que salgan primero del avión no significa que la maleta les va a llegar primero a la banda de recoger el equipaje. Si logran salir en orden, por filas, como embarcaron, van a salir más rapido”, explica la jefa de una aerolínea que opera en el aeropuerto El Dorado, y quien pidió la reserva de su nombre.

La funcionaria agrega que se necesitan alrededor de tres minutos a partir del momento en que está permitido pararse dentro del avión antes de que los viajeros puedan empezar a salir. “Después de que la aeronave se detiene en la terminal, es necesario poner unos conos anaranjados para que nadie se acerque y así proteger los puntos más sensibles del aparato. A continuación, se adosa el puente de abordaje”, señala. Por esta razón resulta inútil, incluso contraproducente, obstruir el pasillo y pretender pasar por encima de los demás.

Calma, por favor

Cecilia Muñoz, sicóloga con una candidatura a doctorado en organización social de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, opina que comportamientos como este tienen que ver con lo que ella llama “estado de urgencia”, reflejado en la incapacidad de esperar. “No consideramos al otro con sus necesidades, sino que queremos satisfacer las urgencias propias, rápidamente”, dice.

“Este estado mental de urgencia – opuesto a un estado de calma y tranquilidad – conduce a incumplir todas las normas, a aprovecharse, a abusar de la posición que se tiene. Está relacionado con la cultura del atajo, con la ‘viveza'”, añade y llama la atención sobre el hecho de que conductas similares también se observan antes de subir al avión. “En Colombia las personas esperan media hora paradas cuando saben que van a llamar a abordar por filas. Nos falta capacidad de reflexión”, añade.

De acuerdo con Alfonso Rodríguez, psiquiatra y director del área psicosocial de la facultad de medicina de la Universidad del Bosque, en Bogotá, es posible solucionar estos problemas con pedagogía para educar a las personas sobre las consecuencias favorables de adoptar una conducta colectiva. Se trata – afirma – de no pensar solo de manera individual para evitar que la salida de un avión parezca “una competencia de 100 metros”. “Si esperamos, todos ahorramos tiempo, nos va mejor. Yo no me pongo de pie de inmediato porque me parece tonto estar parado en el pasillo, sin tener cómo salir del avión. Sé que luego hay que ir a recoger las maletas”, comenta Rodríguez.

Según el director del área psicosocial de la facultad de medicina de la Universidad del Bosque, la masificación del transporte aéreo en el país ha provocado que viajar en avión haya dejado de ser una experiencia tan placentera como antes.

Rodríguez agrega que el crecimiento en el número de viajeros – de 10,8 millones en 2003 a 31 millones al cierre de 2014, según la Asociación del Transporte Aéreo en Colombia (Atac) – ha contribuido a que “no se generan experiencias, a que no haya novedad y a que volar se haya vuelto rutinario. Es algo que, para muchos, debe ser vivido rápidamente”, señala.

Es cierto que, debido a cuestiones como las crecientes incomodidades en los filtros de seguridad en los aeropuertos y a los espacios reducidos en las clases económicas de las aerolíneas, montar en avión ha perdido el encanto de otras épocas. No obstante, vale la pena reflexionar sobre la manera en que nos comportamos como viajeros y pensar que, en gran parte, es nuestra responsabilidad hacer más agradables los viajes en avión para nosotros y para los demás.

Es preciso tener paciencia para hacer más agradables los viajes en avión para nosotros y para los demás. Foto: Juan Uribe

Es preciso tener paciencia para hacer más agradables los viajes en avión para nosotros y para los demás. Foto: Juan Uribe

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