Cocora, el valle de la palma de cera

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Desde Armenia, la capital del departamento del Quindío, se llega en poco más de una hora a Salento y al valle del Cocora, hogar de la palma de cera, el árbol nacional de Colombia.

 

Las palmas de cera que se ven en el valle del Cocora, en el departamento del Quindío, pueden superar los 60 metros de altura y llegar a vivir 200 años. Foto: Juan Uribe

Las palmas de cera que se ven en el valle del Cocora, en el departamento del Quindío, pueden superar los 60 metros de altura y llegar a vivir 200 años. Foto: Juan Uribe

Los pies reciben del pasto un masaje a cada paso al caminar descalzos sobre la alfombra verde del valle del Cocora. Los zapatos se cargan en una mano mientras a ambos costados del sendero las montañas se resbalan suavemente y forman laderas sembradas de palma de cera, el árbol nacional de Colombia, que llega a medir más de 60 metros y vive hasta 200 años.

Es cerca del mediodía, el viento frío empuja las nubes y abre espacios para que el sol se cuele y pueda alumbrar algunas partes del paisaje que se hacen más visibles gracias a sus rayos. Se destacan parches de césped de un verde claro intenso donde las palmas apuntan al cielo con sus troncos cilíndricos como postes; y faldas de cerros en los que vacas y terneros han labrado con su continuo andar lo que parecen ser hileras de tribunas de un estadio.

En el valle del Cocora es ideal conservar el bosque nativo, que en la montaña del fondo parece tener la forma del mapa de Suramérica. Foto: Juan Uribe

En el valle del Cocora es ideal conservar el bosque nativo, que en la montaña del fondo parece tener la forma del mapa de Suramérica. Foto: Juan Uribe

Las palmas desnudas, desprovistas de ramas laterales, terminan en penachos de hojas y sus troncos son de color blanquecino a causa de la cera que producen. El afán por obtener esa cera ha sido una de las razones por las que ahora – según el Instituto Humboldt – este árbol es una especie en vía de extinción: miles de ellos fueron talados para fabricar velas durante el siglo XIX.

“El polvillo del tronco de la palma de cera se raspaba y se mezclaba con caolín para obtener una emulsión que servía para impermeabilizar casas y barcos. Con él también se hacían cosméticos, cremas y bases para la piel. Incluso, las alas de los primeros aviones, que eran de tela, se impermeabilizaban con esto”, explica Marino Toro Ospina, guía de turismo en el valle del Cocora, uno de los destinos más atractivos del departamento del Quindío. – Aquí está mi post sobre mi vuelo en globo en el Quindío y este otro sobre la importancia de la guadua en este departamento -.

Marino Toro (izquierda) es el guía que acompaña a quienes quieran plantar palmas de cera en el valle del Cocora. Foto: Juan Uribe

Marino Toro (izquierda) es el guía que acompaña a quienes quieran plantar palmas de cera en el valle del Cocora. Foto: Juan Uribe

Marino nació hace 62 años en la finca Monteloro, en Salento, un municipio en el que aún vive y del que viene todos los días hasta el valle del Cocora a trabajar. “Toda la vida me ha gustado estar metido en este cuento, en el área de la conservación y la preservación. Soy amante de la naturaleza y un cuidandero de ella”, dice y explica que el paisaje actual del valle del Cocora, salpicado de potreros en su mayoría sin árboles, no es el hábitat original de las palmas de cera.

El panorama que se aprecia hoy, lleno de campos despejados que se prestan para tumbarse a ver las montañas, no es el mismo que encontró el científico alemán Alexander Von Humboldt en 1801, cuando quedó maravillado por la esbeltez de las palmas de cera que se empinaban por encima de la selva tupida.

La palma de cera crece bajo la sombra de los árboles en el valle del Cocora, cerca de Salento (Quindío). Esta tiene unos dos años. Foto: Juan Uribe

La palma de cera crece bajo la sombra de los árboles en el valle del Cocora, cerca de Salento (Quindío). Esta tiene unos dos años. Foto: Juan Uribe

En la casi desaparición de los bosques de la región, y con ellos de las palmas de cera, tuvo mucho que ver la colonización de los arrieros, que con el fin de conquistar nuevas tierras en las que pudieran establecer casas y cultivos tenían que abrirse paso entre el monte a punta de machete. En nombre del progreso se desmontaron hectáreas enteras.

Por eso un hacha clavada en el tronco de un árbol es símbolo del escudo del departamento del Quindío; y el himno de Antioquia reza: “El hacha que mis mayores me dejaron por herencia, la quiero porque a sus golpes libres acentos resuenan”. Incluso, el popular bambuco ‘La ruana’ se refiere a esta prenda como “fundadora de pueblos con el tiple y con el hacha”.

El hábitat natural de las palmas de cera en el valle del Cocora es el bosque nativo, cuyo territorio se ha reducido. Foto: Juan Uribe

El hábitat natural de las palmas de cera en el valle del Cocora es el bosque nativo, cuyo territorio se ha reducido. Foto: Juan Uribe

Como consecuencia de la colonización antioqueña y de la ocupación de terrenos por parte de la ganadería, en el valle del Cocora la palma de cera vive en dos mundos opuestos.

Uno es su entorno natural, el de la selva espesa altoandina en esta parte de la cordillera Central, donde botones de oso, quiebrabarrigos, chachafrutos, tilos, sietecueros y otros árboles la protegen de la lluvia y de los rayos directos del sol. De esta manera la hacen menos vulnerable que cuando sus retoños se convierten en parte de la dieta del ganado que pasta en los campos abiertos. El otro mundo de la palma de cera es el de los potreros que reflejan la desaparición de su ambiente.

Un plan orientado a la conservación consiste en plantar palmas de cera en el valle del Cocora, cerca de Salento (Quindío). Foto: Juan Uribe

Un plan orientado a la conservación consiste en plantar palmas de cera en el valle del Cocora, cerca de Salento (Quindío). Foto: Juan Uribe

Con el fin de al menos retardar su extinción, hace cinco años se implementó en la zona un programa que pretende unir al turismo con la conservación. La idea la ha puesto en práctica el complejo ecoturístico Restaurante Bosques de Cocora Donde JuanB, que entre sus programas les ofrece a los viajeros la posibilidad de contribuir a preservar al árbol nacional de Colombia a través de la adopción.

Allí, desde 2010, unas 3.000 palmas de cera han sido plantadas por turistas de 70 países. En la ceremonia, en la que el recién llegado empuña una pala con la que hace un hueco para introducir un retoño, participa Marino Toro. “He visto lágrimas de turistas extranjeros que nunca habían cogido una herramienta, nunca se habían untado las uñas de tierra. Los he visto llegar acá y decir ‘qué tierra tan bonita’; se la untan en la cara y me untan a mí también”, asegura el guía.

El ganado no permite que las palmas de cera del valle del Cocora prosperen, ya que se comen los retoños. Foto: Juan Uribe

El ganado no permite que las palmas de cera del valle del Cocora prosperen, ya que se comen los retoños. Foto: Juan Uribe

De esta manera quienes llegan al valle del Cocora ayudan a cuidar la palma de cera y, como consecuencia, a proteger especies de aves como el loro orejiamarillo, que hace sus nidos en la palma y se alimenta de sus frutos. Igualmente, los visitantes pueden participar en la siembra de árboles nativos – entre ellos el sauce, el pino romerón, el arboloco, la acacia y el cedro – cerca de los nacederos de los ríos para conservar las cuencas hídricas.

“Esto lo hacemos con el corazón, y lo que se hace con el corazón queda bien hecho”, dice Marino, que acompaña en el bosque a decenas de personas cada año a hacer caminatas durante las cuales les habla sobre la importancia de cuidar el entorno.

“El planeta está patas arriba. Con el cambio climático no sabemos ya cuándo es verano y cuándo es invierno. Aquí hace más de dos meses no llueve”, declara Marino, que en todo caso no se ha quedado cruzado de brazos. Él, en esta tierra que ama, está haciendo algo al respecto y quienes vienen al valle del Cocora a aprender de él también pueden ayudar.

Marino Toro (segundo de izquierda a derecha) supervisa que el autor de estas líneas haga bien su trabajo al plantar una palma de cera en el valle del Cocora. Foto: Cortesía de Juan Sebastián Jaramillo

Marino Toro (segundo de izquierda a derecha) supervisa que el autor de estas líneas haga bien su trabajo al plantar una palma de cera en el valle del Cocora. Foto: Cortesía de Juan Sebastián Jaramillo

Cocora, santuario para la conservación

Un excelente programa para crear conciencia ambiental entre los turistas es el de la adopción de árboles nativos o de palmas de cera, que incluye ritual y charla ecológica sobre la palma de cera del Quindío y sobre la importancia del Parque Natural Valle del Cocora. Actividad para grupo de al menos 10 personas: $6.000 por persona (se planta una palma o un árbol nativo por cada 10 personas). Valor de la palma: $12.000.

Llevar a cabo caminatas ecológicas y conocer el lugar donde se filmaron partes de la película ‘Colombia Magia Salvaje’ (en las que se resaltan el valle del Cocora y la palma de cera) hace parte de los planes que ofrece el complejo ecoturístico Restaurante Bosques de Cocora Donde JuanB.

Allí también se ofrece alojamiento en distintas modalidades.

Finca hotel San José de Cocora: $55.000 por persona, con desayuno. Camping (con carpa, colchones y demás): $35.000 por persona; $15.000 si el turista trae su carpa y su equipo.

Informes: 321 831 7913; (6) 746 3515; 310 519 8875.

Twitter:

@VALLEDELCOCORA

@BOSQUESDECOCORA

Las caminatas ecológicas están entre los planes que ofrece el complejo ecoturístico Restaurante Bosques de Cocora Donde JuanB, en el valle del Cocora (Quindío). Foto: Juan Uribe

Las caminatas ecológicas están entre los planes que ofrece el complejo ecoturístico Restaurante Bosques de Cocora Donde JuanB, en el valle del Cocora (Quindío). Foto: Juan Uribe

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