Choachí, naturaleza sin químicos

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En la granja integral Derracamandaca, en Choachí, a una hora al oriente de Bogotá, se aprende a cuidar el medio ambiente y la salud y a cultivar la tierra sin químicos.

Los visitantes recorren el sendero de plantas aromáticas de la granja integral Derracamandaca, en Choachí, un municipio de Cundinamarca ubicado algo más de una hora al oriente de Bogotá. Foto: Juan Uribe

Los visitantes recorren el sendero de plantas aromáticas de la granja integral Derracamandaca, en Choachí, un municipio de Cundinamarca ubicado algo más de una hora al oriente de Bogotá. Foto: Juan Uribe

 

Un desayuno con el que se intoxicó le cambió la vida a Ricardo Vanegas. Una mañana de mediados de 2013 le pidió a su niña de 5 años que recogiera del invernadero de su finca en Choachí algunos tomates para cocinarlos con unos huevos revueltos; pero no cayó en la cuenta de que él mismo había fumigado el cultivo con químicos la víspera.

Tras el malestar vio con claridad cuál había sido el veneno responsable de enfermar a su familia. “Los agrónomos dicen: ‘métale esto y métale lo otro’ porque los insectos se vuelven resistentes a un producto. Al volverse resistentes, entonces hay que aumentar la dosis de químicos y luego las plagas se vuelven más resistentes. Por eso día a día salen nuevos productos que son altamente tóxicos”. Así explica Ricardo el círculo vicioso del que miles de campesinos en Colombia y en el mundo no pueden escapar.

Los colores de las flores inundan el paisaje en la granja integral Derracamandaca, en la vereda La Victoria, en Choachí (Cundinamarca). Foto: Juan Uribe

Los colores de las flores inundan el paisaje en la granja integral Derracamandaca, en la vereda La Victoria, en Choachí (Cundinamarca). Foto: Juan Uribe

Debido al enorme poder económico que tienen las grandes empresas fabricantes de agroquímicos, este es un torbellino del

que es muy difícil zafarse. Sin embargo, los Vanegas consiguieron librarse de ese yugo gracias a su esfuerzo y a su ingenio. La transformación se gestó cuando Ricardo comprendió que debía abandonar el camino que había seguido hasta el momento.

“Nos estábamos matando’. Cambiamos de vida y dijimos ‘no más’. De ahí surgió la idea de comenzar a producir para nosotros mismos, pero limpiamente”, explica este campesino mientras guía a un grupo de visitantes por los senderos de la granja integral Derracamandaca. La finca está ubicada en La Victoria, una de las 36 veredas de Choachí, un municipio al que se llega por tierra tras un viaje de algo más de una hora desde Bogotá hacia el oriente.

Ricardo tiene 38 años y solamente estudió hasta décimo grado de bachillerato para dedicarse a trabajar en el campo. Sus manos están acostumbradas a escarbar en la tierra, a abrir surcos con azadones y a extender alambres de púas. Ahora, debido a su curiosidad y a la experiencia que ha adquirido en su afán por no depender de lo que las compañías multinacionales quieran venderle, también ha aprendido a elaborar abonos con base en estiércol.

Las hortalizas que se cultivan en Derracamandaca, en Choachí, crecen naturalmente sin necesidad de productos químicos. Foto: Juan Uribe

Las hortalizas que se cultivan en Derracamandaca, en Choachí, crecen naturalmente sin necesidad de productos químicos. Foto: Juan Uribe

De esta manera ha creado un círculo virtuoso en el que nada se desperdicia. En Derracamandaca las plantas crecen con los nutrientes que les proporcionan los abonos naturales. En este lugar las hojas y los tallos que ‘sobran’ no terminan en un montón para ser quemados, sino que alimentan a los cuyes y a los conejos o van a la picadora para convertirse en materia prima para compostaje luego de mezclarse con estiércol de vacas, cerdos, conejos y cuyes.

“Por eso no tenemos que ir a comprar el concentrado de 40 kilos, que además está hecho con granos a los que se les echan químicos”, cuenta Ricardo. Él también ha reducido el uso de energía eléctrica porque aprendió cómo hacer un biodigestor que, a partir de estiércol, produce gas metano para el restaurante.

Las lombrices se encargan del ‘trabajo sucio’ en la granja integral Derracamandaca, en Choachí. Ellas viven entre el estiércol de vacas y otros animales para producir abonos naturales. Foto: Juan Uribe

Las lombrices se encargan del ‘trabajo sucio’ en la granja integral Derracamandaca, en Choachí. Ellas viven entre el estiércol de vacas y otros animales para producir abonos naturales. Foto: Juan Uribe

El único derroche que se percibe en Derracamandaca es el de creatividad. Del establo que alberga a dos vacas viene leche para elaborar cuajadas y quesos, pero sobre todo sale estiércol con el que se genera el metano que es sustrato para el lombricultivo. En este último se produce el abono orgánico que alimenta a las plantas. Incluso los orines de las vacas, que contienen nitrógeno, se recolectan en tanques para hacer abono.

El ingenio de Ricardo no solo se nota en las cercas vivas de pino y de romero o en los cultivos orgánicos en los que, como bien dice, “hay comida por todos lados”: coliflores, calabacines, ahuyamas, brócolis, cubios, tomates, zanahorias y muchas hortalizas más.

Su inventiva también se manifiesta en la manera en que alimenta a las truchas. Por una quebrada corre el agua que mueve las aspas de un molino pequeño, hechas con botellas plásticas; luego un dínamo convierte esa energía en luz que llega a unos bombillos LED instalados dentro de otra botella plástica.

Este es uno de los cinco estanques con truchas que se visitan en la la granja integral Derracamandaca, en la vereda La Victoria, en Choachí (Cundinamarca). Foto: Juan Uribe

Este es uno de los cinco estanques con truchas que se visitan en la granja integral Derracamandaca, en la vereda La Victoria, en Choachí (Cundinamarca). Foto: Juan Uribe

Por la noche Ricardo cuelga esa botella de la rama de un arbusto, algunos centímetros sobre el estanque; de esta manera la luz atrae a los insectos y lo único que tienen que hacer las truchas es saltar sobre el agua para tomar su comida. De nuevo, cero químicos.

Esto, sin hablar de los muros tendinosos del restaurante, antisísmicos y hechos con costales, arena, cascarilla de arroz, alambre de púas, alambre dulce y una mezcla de agua y cemento. “Esta es una granja integral con énfasis en tecnologías no convencionales. Lo que yo he querido es construir con lo que hay en la finca sin traer cosas de afuera”, dice Ricardo. Sin duda lo ha logrado y, de paso, ha conseguido que muchas personas reflexionen sobre la forma en que están viviendo.

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Arequipe, queso, cuajada y huevos son algunos de los alimentos que se sirven en el restaurante de la granja integral Derracamandaca, en la vereda La Victoria, en Choachí (Cundinamarca). Foto: Juan Uribe

Arequipe, queso, cuajada y huevos son algunos de los alimentos que se sirven en el restaurante de la granja integral Derracamandaca, en la vereda La Victoria, en Choachí (Cundinamarca). Foto: Juan Uribe

Choachí, cerca de Bogotá

El trayecto por tierra entre Bogotá y Choachí se cubre en un poco más de una hora. La carretera es bastante curva, por lo que es recomendable que quienes se mareen fácilmente estén preparados. Viajar en la parte delantera del vehículo ayuda a mitigar el malestar; y comer aceitunas, que inhiben la producción de saliva, evita la sensación de náusea.

 

A Ricardo Vanegas (izquierda) le encanta mostrarles a los viajeros los animales de la granja integral Derracamandaca, en Choachí (Cundinamarca). La finca, en algo más de una hectárea, tiene vacas, conejos, cuyes, cabras y otras especies, y produce decenas de variedades de hortalizas. Foto: Juan Uribe

A Ricardo Vanegas (izquierda) le encanta mostrarles a los viajeros los animales de la granja integral Derracamandaca, en Choachí (Cundinamarca). La finca, en algo más de una hectárea, tiene vacas, conejos, cuyes, cabras y otras especies, y produce decenas de variedades de hortalizas. Foto: Juan Uribe

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