Washington, Lincoln y Martin Luther King

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El discurso ‘I Have a Dream’, que Martin Luther King dio en Washington en 1963, se recuerda más de medio siglo después en el National Mall de Washington.

Varios niños hacen fila en las escaleras del Monumento a Lincoln, en Washington, para leer entre todos el discurso ‘I Have a Dream’ que Martin Luther King dio en este mismo sitio el 28 de agosto de 1963. Foto: Juan Uribe

 

“Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter. Yo tengo un sueño hoy”.

 

Las palabras que Martin Luther King (MLK) pronunció el 28 de agosto de 1963 ante 250.000 personas en las escalinatas del Monumento a Abraham Lincoln, en Washington, todavía resuenan. No las reproduce una grabación, pero hoy las repiten colegiales de alrededor de 10 años que llegan de todas partes de Estados Unidos para aprender sobre la historia de su país.

 

Ellos y sus profesores también se reúnen allí con la intención de rendirles un homenaje a dos héroes que murieron por la igualdad y la libertad de todos los seres humanos: Lincoln, quien en 1863 firmó la Proclamación de la Emancipación de los esclavos; y el reverendo King, que en los turbulentos años 60 del siglo XX no se cansó de luchar por los derechos civiles de la oprimida población negra.

Muchas personas se toman fotos en Washington frente a la estatua de mármol en homenaje a Abraham Lincoln, el decimosexto presidente de Estados Unidos. Foto: Juan Uribe

Es un jueves de comienzos de junio y en esta mañana la brisa refresca a quienes desafían el inicio del verano en el National Mall, la explanada que está situada a pocas cuadras de la Casa Blanca. En el Mall se levantan tres de los íconos más importantes de Estados Unidos: en un extremo está el Capitolio y unos tres kilómetros al occidente se encuentra el Monumento a Lincoln. En medio de ambos se erige el obelisco construido en homenaje a George Washington.

 

Los turistas se ven minúsculos al pie de la estatua de mármol de 5,8 metros de altura que inmortaliza a Lincoln sentado, con la vista fija en el horizonte. Cerca de allí, desde la parte alta de las escaleras, se aprecian el estanque en el que nadan algunos patos y, en línea recta, el obelisco y el Capitolio.

 

Este mirador es el sitio escogido por los estudiantes para recrear aquel 28 de agosto que sacudió a Washington hace algo más de medio siglo. Se ponen en fila y uno a uno se detienen ante un micrófono conectado a un parlante que deja oír cómo entre todos recrean el discurso de MLK: comenzando por “Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy en la que quedará como la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestra nación” hasta “¡Por fin somos libres! ¡Por fin somos libres! Gracias a Dios todopoderoso ¡Por fin somos libres!”. En este video del Washington Post se aprecia una de estas actividades.

En este mismo lugar, alrededor del estanque del National Mall de Washington, el 28 de agosto de 1963 se reunieron 250.000 personas para oír el discurso ‘I Have a Dream’ de Martin Luther King. Foto: Juan Uribe

En boca de estos niños, las palabras de MLK obligan a reflexionar sobre el drama que Estados Unidos ha padecido a causa de un sistema económico que nació con el siglo XVI. Entonces, los españoles y los portugueses habían empezado a transportar a personas esclavizadas entre África y América para deshumanizarlas y convertirlas en elementos de producción que resultarían útiles en cultivos de caña de azúcar y algodón.

 

En Estados Unidos la esclavitud tomó tanto arraigo que en 1662 se hizo hereditaria en el estado de Virginia: si la madre era esclava, sus hijos también lo serían. En la década de los años 60 del siglo pasado era parte de la vida diaria que siguieran ocurriendo situaciones aberrantes en el país.

 

Había cafeterías y restaurantes en los que a los negros no se les servía comida; y el desespero causado por la segregación hizo que, en 1963, los niños marcharan en señal de protesta a pesar de que la Policía los atacaba con mangueras de agua y con perros furiosos. Incluso hasta 1967 dos personas no podían casarse si una de ellas tenía piel blanca y la otra, de un color diferente.

A los habitantes de Washington les encanta caminar por el National Mall. Foto: Juan Uribe

Contra estas y otras injusticias se enfrentó Martin Luther King. “No podemos estar satisfechos mientras un negro en Mississipi no pueda votar y un negro en Nueva York crea que no tiene nada por qué votar”. MLK soñaba, entre otras cosas, con que en Alabama, uno de los estados más racistas del país, en el sur, niños negros y niñas negras podrían “unir sus manos con niños blancos y niñas blancas como hermanas y hermanos”.

 

“Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza”, dijo MLK aquel 28 de agosto ante los aplausos y los vivas de un cuarto de millón de personas. Hoy, a diferencia de lo que muestran los videos que ese día se hicieron, el National Mall no está a reventar pero tiene un flujo constante de gente.

 

Familias con niños pequeños caminan de la mano junto al estanque; viajeros de diferentes países se sientan en las escaleras a contemplar el obelisco a Washington y muchas personas de piel negra se toman fotos al frente de la estatua de Lincoln, el decimosexto presidente de Estados Unidos.

 

Él, de mirada imperturbable, parece escudriñar en el horizonte un futuro mejor para su país. Cien años después Martin Luther King, bajo su sombra, daría el famoso discurso I Have a Dream (‘Yo tengo un sueño’) que todavía hoy causa emoción y que para muchos no ha perdido vigencia.

“Esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza”. Ese era el mensaje de Martin Luther King a sus seguidores. Cerca del Monumento a Lincoln, en Washington, queda el que se hizo en honor de MLK. Foto: Juan Uribe

 

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