Cusco vive con sus tejidos artesanales

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En el departamento de Cusco, en el Valle Sagrado de los Incas, funciona la cooperativa Mink’a Chinchero, donde se preserva la tradición de los tejidos artesanales.

Joaquina Ttito Quispe es una de las maestras que les transmiten sus conocimientos a las tejedoras más jóvenes en la cooperativa Mink’a Chinchero, en Cusco (Perú). Aquí usa un hueso de llama para apretar la lana. Foto: Juan Uribe

 

 

Verdes, azules, ocres, amarillos, rojos, fucsias… La tierra de Cusco les ha regalado a las mujeres de Chinchero, un pueblo del Valle Sagrado de los Incas, un arcoíris para que adornen con él sus vestimentas. Ese caleidoscopio de colores que se obtienen a partir de pigmentos naturales de plantas, frutos, flores e insectos se aprecia en sacos, gorros y otras prendas que turistas de todo el mundo llegan a comprar a la cooperativa Mink’a Chinchero.

 

La cooperativa funciona en una casa de techos altos que se encuentra al final de una loma en la que vendedores de choclo con queso madrugan a atender a los clientes. Casi todos los viajeros vienen a esta región del Perú para conocer Machu Picchu, el famoso sitio arqueológico que es testimonio de los niveles extraordinarios de desarrollo que alcanzaron los incas (aquí está mi post sobre observación de aves en Machu Picchu).

 

Campos sembrados de haba, arveja y papa, entre otras hortalizas, se extienden en los alrededores de Chinchero, y el blanco de algunos picos nevados contrasta con los tonos rojizos y cafés de la tierra. Antonio Arce, el taxista que me acompaña en el recorrido por el Valle Sagrado de los Incas, cuenta que esta aldea ha conservado tanto sus tradiciones que todavía se practica el trueque en el mercado dominical: “Por ejemplo, algunos campesinos vienen con choclo que cambian por mantas de lana de alpaca”.

La lana se lava con saccta, una raíz que es un detergente natural. Este es el primer paso del proceso al que se somete la lana en la cooperativa Mink’a Chinchero, en Cusco (Perú). Foto: Juan Uribe

 

En la tienda de la cooperativa es difícil centrar la atención en una sola cosa. Hay montones de colores distintos que les dan vida a carteras, bolsos, chales, gorros y muchos otros productos elaborados con lanas de oveja y de alpaca, ese camélido familiar de la llama que es tan común en esta zona del Perú como el ceviche en Lima.

 

Todos los tejidos son elaborados a mano e incluso se lleva un registro de quién hizo cada uno. Mink’a Chinchero es un ejemplo vivo de que el turismo bien entendido y llevado a cabo redunda en el bienestar de las comunidades locales. Aquí, a diferencia de otros destinos, no existe el problema de que las tradiciones culturales sucumban ante la modernidad.

 

Yovana Huillca Mejía tiene 22 años y es tejedora en la cooperativa. Ella explica que gracias al turismo se respira optimismo en cuanto al presente y el futuro de los tejidos artesanales en Chinchero. “A veces también nosotros vivimos sólo del turismo. Por esa razón sigue viva la tradición. Es un beneficio para nosotros. Si no fuera por el turismo estaríamos en la chacra y despacharíamos a nuestros hijos a la ciudad a trabajar, a estudiar. Pero ahora ya aquí con el turismo y con nuestros tejidos tenemos a nuestros hijos a nuestro lado, y así nos sustentamos para sobrevivir. Ellos no pierden las costumbres y no hay necesidad de que se vayan”, cuenta.

Las manos de Yovana Huillca Mejía enseñan los distintos colores que se obtienen a partir de plantas naturales en la cooperativa Mink’a Chinchero, en Cusco (Perú). Foto: Juan Uribe

 

Yovana es una de las 15 mujeres que pertenecen a la cooperativa Mink’a Chinchero. Ella y sus compañeras no vienen todos los días a atender a los visitantes, sino que se organizan por turnos. “Hay necesidades en la casa y también tenemos que apoyar en la chacra. Si vamos a venir todos los días aquí, nuestro hogar va a estar abandonado. Por ejemplo, mañana yo ya no vengo ni pasado mañana; al siguiente de dos días”, explica.

 

Hoy, además de Yovana, está Roxana, que no sólo habla su quechua natal y español sino que también se comunica en inglés con los viajeros extranjeros, la mayoría de los cuales llegan de Estados Unidos. A ambas las acompañan otra señora que teje en una esquina de la casa y Joaquina Ttito Quispe, una de las maestras que les transmiten su conocimiento a las más jóvenes.

 

Joaquina domina más de 60 patrones de diseño que embellecen mantas, ponchos, bolsas, chalinas y chalecos. “Hacemos animales: perro, burro, paloma, cóndor, serpiente, cuy. Tenemos en la cabeza todo grabado ya para hacer”, dice esta señora a quien hace 51 años su mamá le enseñó a tejer. Joaquina añade que esta labor está reservada para las mujeres y que los trabajos en la chacra son responsabilidad de los hombres, aunque ellas suelen ayudarles.

El limón se usa en la cooperativa Mink’a Chinchero, en Cusco (Perú), para degradar el color que se produce con un insecto llamado cochinilla. Foto: Juan Uribe

 

Los visitantes de la cooperativa reciben una demostración gratuita sobre el proceso al que es sometida la lana desde que se la cortan al animal hasta que se transforma en los productos que están exhibidos por todas partes en la casa. De este trabajo de comunicación se encarga hoy Yovana. Ella se sienta en el piso de cemento del patio interior al lado de varios recipientes de madera y fibras naturales que contienen ovillos de distintos colores y muestras de las plantas y las flores de las cuales se obtienen todos esos tonos.

 

Yovana cuenta que aquí se usan dos tipos de lana: de alpaca y de oveja. Toma en sus manos una saccta, una raíz parecida a la yuca, y la desmenuza con la ayuda de un rallador en una vasija llena de agua. Luego remoja en ella varias veces una bola de lana sucia hasta que queda limpia. “Este detergente natural también lo utilizamos para lavar el cabello y nuestras ropas, y previene el cabello blanco. No hay canas”, cuenta Yovana.

 

Cuando la fibra está seca se comienza con el hilado, un proceso llamado puska: con una rueca se van formando los hilos. Y cuando se rompe no se hacen nudos, sino que se empalma un hilo con otro. A continuación Yovana habla sobre los colores, todos producidos orgánicamente. “Para el color verde utilizamos un arbusto que se llama chillka; para el color morado utilizamos el maíz morado (con el que se hacen la chicha morada y la mazamorra morada), pero usamos el marlo – la tusa –; no el fruto”, dice.

Joaquina Ttito Quispe señala el diseño que más le gusta hacer, el Loraipo, una planta medicinal para los ojos. Ella es una maestra tejedora en la cooperativa Mink’a Chinchero, en Cusco (Perú). Foto: Juan Uribe

 

Los colores se fijan con orina de niños menores de 10 años. Esto se debe a que la de los más grandes ya está contaminada porque ellos toman refrescos fermentados como la chicha morada y el maíz de jora. Yovana sigue con su explicación: la flor de colle, que se cosecha una vez al año en mayo y en junio, produce el color amarillo; de la planta del tres esquinas, con la que se curan el reumatismo y la inflamación de los riñones, se sacan el azul, el turquesa y el celeste en diferentes matices. Y un insecto, la cochinilla, es el origen de un tono que oscila entre fucsia y vino tinto. El espectro de colores se amplía aún más debido a que estos se degradan al añadírseles limón y sal.

 

La cochinilla, que tiene el aspecto de una bolita cubierta de talco, se alimenta de las hojas del cactus. Se recoge con una pequeña escoba de paja y cuando muere adquiere una dureza similar a la de una piedra. Las ‘piedritas’ se muelen en un mortero y el polvo resultante es la tintura.

 

Yovana se pone de pie junto al horno de leña, donde una olla llena de agua caliente deja escapar vapor no muy lejos de la jaula donde permanecen no más de 10 cuyes, aquellos roedores parecidos a los hámsters que se comen por los Andes hasta el sur de Colombia, en el departamento de Nariño.

Yovana Huillca Mejía posa al lado de muestras de lana que se tiñen con colores naturales en la cooperativa Mink’a Chinchero, en Cusco (Perú). Foto: Juan Uribe

 

Como si se tratara de un truco de magia, Yovana echa en el agua un par de cucharadas de polvo de cochinilla y a continuación sumerge un poco de lana que cuelga de sus manos. Al extraerla, se ha teñido de un color púrpura. Acto seguido añade dos cucharadas de sal de Maras, obtenida de unas salineras cercanas, pero esta vez humedece un poco menos de la superficie de la lana: la sal ha degradado el color y ahora un pedazo es anaranjado.

 

Cuando la lana ya tiene los colores necesarios está lista para convertirse en lo que cada tejedora quiera. En total no son menos de cuatro meses los que se requieren para hacer un saco (chompa le llaman aquí) con lana de alpaca. “En tres meses se hace una manta de bebé; un camino para mesa, en alpaca, en dos meses. Una sola persona no más tiene que tejer; no varias, porque cada una puede jalar el hilo más duro o más suave”, explica Yovana. Por eso cada prenda es única.

 

En Mink’a Chinchero, al igual que en otras cooperativas de esta zona de Cusco, no hay cabida para las máquinas que producen grandes cantidades de objetos destinados al consumo masivo. Aquí cada artesana deja parte de su vida en lo que teje. Más que ganarse la vida, estas mujeres están haciendo historia. Están manteniendo vivas sus tradiciones, preservando los conocimientos que sus ancestros han pasado de generación en generación. Y esto es algo que no ocurre todos los días.

 

 

Cusco y sus tejidos

Estos son los datos de contacto de la cooperativa Mink’a Chinchero, donde se producen tejidos con tintes naturales: Calle Albergue Nº 22, Chinchero (Cusco). Vilma Huamán Quispe y Paulino Quillahuaman Llancay (coordinadores). Teléfono: 306035, 306001; celular: (51) 984948431; paulino_minka@yahoo.com; paulino_minka@hotmail.com

 

Antonio Arce es un taxista muy amable y profesional. Él presta el servicio de transporte entre la ciudad de Cusco y todos los sitios atractivos del Valle Sagrado de los Incas. Su teléfono es: (51) 984650998. Este es el post que escribí sobre él, un taxista políglota que habla quechua, español, inglés, francés y japonés.

Yovana Huillca Mejía (izquierda) y Joaquina Ttito Quispe posan a la entrada de la cooperativa Mink’a Chinchero, en Cusco (Perú), con el autor de este post.

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