Aves, otro encanto de Machu Picchu

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El hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo es ideal para observar pájaros. Aquí se han identificado 208 especies de aves, dos de ellas endémicas de Perú.

El relojero andino hace parte de las 208 especies de aves que se pueden apreciar en el hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo, en Perú. Foto: Juan Uribe

 

Algunos nidos colgantes en forma de bolsa, tejidos por oropéndolas, se mecen con el viento a unos 50 metros de altura sobre el río Urubamba. Detrás de los nidos de estas aves se alza una pared rocosa que hace parte del santuario histórico de Machu Picchu, patrimonio mundial de la UNESCO y orgullo del Perú (aquí está mi post sobre otra gran experiencia que se vive en este país: la de los tejidos artesanales de Cusco).

 

Estoy del lado oriental del río, en medio de 5 hectáreas de bosque de nubes dentro de las cuales funciona el hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo. De mi cuello cuelgan unos binoculares y mi cámara de fotos. Conmigo están Carmen Solís y Miguel Ángel Lozano, dos guías expertos en observación de aves que llevan a los huéspedes del hotel en un recorrido para el que es necesario madrugar.

Carmen Solís es guía de observación de aves en el hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo, en Perú. Foto: Juan Uribe

 

A las 6:30 a.m. me reúno con ellos afuera de mi habitación. Les cuento que esta es la primera vez que hago un tour de avistamiento de aves, así que me llevan al sitio donde se inician todos los principiantes: la terraza principal del hotel. Se trata de un espacio rodeado de árboles donde se encuentran el sauna y el spa Unu. “Venimos aquí para que las personas acostumbren la vista porque no todos nuestros viajeros son expertos”, explica Carmen.

 

Ella, por el contrario, está muy familiarizada con las aves de este ecosistema. Ha visto todas las 208 especies de pájaros que se han identificado en el bosque de nubes del hotel e incluso es capaz de saber cuáles son muchas de ellas con solo oírlas cantar. “Hay cantos para marcar el territorio; hay sonidos para cuando alimentan a sus polluelos. Esos sonidos son distintos dependiendo del ave. Por ejemplo, los cucaracheros tienen más de cinco tipos de canto”, asegura.

Las tángaras azules son aves que se acercan a comer bananos en la terraza principal del hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo, en Perú. Foto: Juan Uribe

 

Fijo la mirada en el comedero que se ha dispuesto en las ramas de un árbol, donde algunos bananos atraen a tángaras de cuello azul y a tángaras de corona azafrán, entre otras. Los pájaros vuelan de un árbol a otro con rapidez. Aparecen y desaparecen sin darme tiempo de parpadear. Al cabo de unos minutos mi vista se habitúa a sus movimientos centelleantes y consigo al menos reconocer que algún ave pequeña se camufla detrás de un arbusto.

 

Yo apenas distingo un bulto oscuro, tal vez del tamaño de un mango, pero el ojo agudo de Carmen confirma que se trata de un cucarachero de pecho gris. “Tiene un superciliar gris y el pecho gris. Su parte de atrás es café. Ese es su nicho ecológico: están más entre los arbustos, al nivel de la tierra; claro que pueden ascender hasta cerca del dosel de algunos árboles de 20 metros”, cuenta. Según ella, es fundamental conocer el comportamiento de las aves y, sobre todo, el ambiente donde se pueden encontrar.

El frutero enmascarado es un ave endémica del Perú que se puede observar en el bosque de nubes dentro del que está el hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo. La luz láser verde ayuda a ubicarlo. Foto: Juan Uribe

Carmen agrega que los cucaracheros también buscan alimento en las lámparas elaboradas con fibras vegetales porque en ellas suelen quedar polillas y otros insectos durante las noches. Un cucarachero sube por una palmera, examinándola minuciosamente. Nos quedamos observando a algunos colibríes que hacen alarde de su velocidad y bajamos por unas escaleras de piedra para acercarnos a la orilla desde donde se aprecian el río y las vías del tren que transporta a los turistas entre Ollantaytambo y Machu Picchu Pueblo.

 

Carmen me pide que dirija la mirada en dirección a un árbol en el que – asegura – hay una bromelia rosada. “De ahí, arriba. La siguiente rama donde está la planta muerta inclinándose hacia la izquierda, de ese mismo nivel justo al ladito. Ahí está el zorzal”, dice. No veo el pájaro, así que pido ayuda y ella, con paciencia, apunta una luz láser verde a las hojas donde ha visto a esta ave migratoria que viene de Estados Unidos. La luz, por supuesto, no pega muy cerca del animal para evitar hacerle daño.

Un muy buen desayuno está disponible para los viajeros antes de un recorrido de observación de aves en el hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo, en Perú. Foto: Juan Uribe

 

Por fin lo veo gracias a los binoculares, pero al intentar tomar la foto esta queda desenfocada. Comprendo que hay dos tipos de observadores de aves (birdwatchers, en inglés). “Están los twitchers, que son los listeros que siempre están al tanto de sus listas; y los regulares a los que no les importa mucho hacer las listas pero quieren simplemente apreciar un ave”, dice Carmen.

 

Hay que escoger: o me concentro en ver a través de los binoculares o trato de fotografiar las aves. Escojo relajarme y, si tengo tiempo suficiente, apunto también con mi cámara. Observo brevemente a un colibrí pequeño que parte como un rayo desde una rama. “Es el colibrí verdiblanco, una de las dos aves endémicas del Perú que se ven aquí”, cuenta Carmen.

Esta es una de las suites del hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo, en Perú, donde se llevan a cabo recorridos de observación de aves. Foto: Juan Uribe

 

La otra que se ha identificado en el hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo – me dice – es el frutero enmascarado. “Le vamos a mostrar en el libro para que lo reconozca cuando podamos verlo”, explica. Miguel Ángel me enseña el dibujo del ave en un libro y una foto que ha bajado de internet. De repente Carmen susurra que, justamente, el frutero enmascarado anda cerca.

 

Ella no lo ha visto, pero sí ha reconocido su canto agudo. A continuación saca un teléfono celular de su bolsillo y pone a sonar una pista del canto del pájaro para atraerlo. La grabación es una herramienta útil. “A veces las aves curiosean y como tienden a ser territoriales se acercan. De esa manera también las podemos avistar más fácilmente”, afirma Carmen, quien me indica que dirija la vista por encima del techo de una de las habitaciones del hotel mientras apunta con la luz láser hacia el follaje. Ahí está el ave. Es verde y su pico es amarillo, casi anaranjado.

 

En menos de una hora y media he visto dos aves endémicas del Perú, pero la experiencia aún no termina. Caminamos unos metros en dirección al río porque Carmen acaba de ver una hembra del gallito de las rocas, el ave insignia del país. Pongo los binoculares a la altura de mis ojos y sigo la luz láser que aterriza en un tronco al otro lado del Urubamba. La veo con su color rojizo bajo unas hojas. Entre tanto el viento mece los nidos de las oropéndolas.

*Invitación de Inka Rail y del hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo

La estación de trenes de Machu Picchu Pueblo, en Perú, está a unos 200 metros del hotel Inkaterra Machu Picchu Pueblo. Foto: Juan Uribe

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