Héctor Mora nos abrió el mundo

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Viajar con Héctor Mora significaba hacer muchos viajes a la vez gracias a sus relatos de las travesías que hacía por el mundo. Era imposible aburrirse con su conversación.

Feliz. Así recordaremos a nuestro amigo Héctor Mora. Aquí, en Horizontes, un corregimiento del municipio de Sopetrán, en el occidente de Antioquia. En la foto acompaña a la periodista de viajes Maritza Mantilla y al autor de estas líneas. Foto: Adrián Vahos

Si en la lista de periodistas invitados a un viaje estaba Héctor Mora, era fácil adivinar lo que iba a suceder en los días siguientes en los que recorreríamos un destino: en más de una ocasión se formaría un círculo a su alrededor para que él contara sus experiencias. Todos queríamos oírlo. ¿Cómo desperdiciar la oportunidad de conversar con alguien que ha visitado 107 países y que además ha hecho 1.240 documentales de viajes?

 

No importaba que algunos ya conociéramos parte de su repertorio. A veces, cuando íbamos en bus, le pedíamos que tomara el micrófono del guía. Él accedía con gusto y recordaba algunas de sus entrevistas más memorables, como la que le hizo a un paisa que vendía camellos en el desierto del Sahara para el programa ‘El mundo al vuelo’ o la que consiguió con la madre Teresa de Calcuta.

 

No podía faltar la historia de los sesos de mico, un plato típico de Mongolia que no fue capaz de probar. Primero – explicaba – se sirven los aperitivos, que son verduras. A continuación al mico lo traen vivo y por un agujero ubicado en el centro de una mesa redonda le meten la cabeza, que queda a la vista de los comensales. El siguiente era el relato de Héctor:

 

“Le abren la cabeza con un hacha pequeña. El golpe tiene que ser lateral porque si es de frente eso es una masacre y el animal se desangra. Es como abrir la tapa del baúl de un carro. Pensé que iba a haber un chorro de sangre, pero no: sólo dos o tres goticas en los parietales. Lo que sí me impresionó fue ver palpitar los sesos, a los que les riegan encima una especie de esencia. Luego con unos palillos metálicos se los comen. Fuera de eso me impactaron otras cosas: primero, cuando trajeron el mico me dio la sensación de que sabía que lo iban a matar porque venía con una cara de tristeza… y más grave todavía que eso: el mico se parecía a un camarógrafo que había viajado conmigo. ‘Mataron a Carlos Ángel’, pensé”.

 

La historia continuaba: “Yo dije que mi religión me prohibía comer carne y pasé a ser un señor espiritual, un maestro respetable, y seguí comiendo hojas. Y como a las dos horas trajeron un asado de cordero, que a mí me encanta. ¿Y yo cómo cambiaba de religión?”

 

Con relatos como este trascurrían los viajes con Héctor Mora, alguien con quien era imposible aburrirse y que sorprendía por su sencillez. Trataba a cada persona con respeto y le hacía sentirse digna. No importaba si se trataba del dueño del hotel, del presidente de la aerolínea, del periodista novato o del mesero que servía la comida. Todos para él eran igual de importantes.

 

Por eso, también, muchas veces él era el centro de atención. Héctor terminaba contando anécdotas y quienes lo rodeábamos hacíamos todo a un lado para prestarle atención. A través de su mirada, como había sucedido durante décadas, habíamos estado viajando por el mundo; pero era mucho más emocionante escuchar sus relatos teniéndolo al frente. Te hablaba y sus ojos se iluminaban, era evidente que al contar sus aventuras las estaba reviviendo.

 

Aparte de los sesos de mico, algo más que le fue imposible obligarse a probar fue la sangre de culebra. La oportunidad la tuvo en un restaurante en Taiwán, donde mantenían a las serpientes vivas, colgadas de la cola, a la entrada del local.

 

Así lo recordaba Héctor: “Uno llega y dice ‘yo quiero esta’. Entonces viene una mujer y la corta con un bisturí. La tienen colgada de la cola porque así la sangre baja a la cabeza y la atonta, queda lenta. La abren de arriba abajo con el bisturí y le ponen unas copas grandes de cristal que recogen la sangre. Después le quitan la piel, la jalan, y suena como cuando uno rompe una camisa. La ponen aparte y eso es para consentir a las mujeres: zapatos, carteras, cinturones de piel de culebra. Después cortan la carne y con ella hacen sopas”.

Héctor entretuvo con sus historias a los periodistas durante un trancón entre Ciudad de Panamá y un hotel de playa al que nos dirigíamos en bus. Foto: Juan Uribe

Héctor Mora recorrió el mundo y al contarnos sus travesías nos enseñó que tal vez el principal bien que generan los viajes consiste en que las personas se vuelven más tolerantes con quienes piensan distinto y entienden que no existen verdades absolutas. Porque para adentrarse en otras culturas es necesario despojarse de los prejuicios e intentar comprender aquello que es desconocido.

 

Un ejemplo de cómo viajar es útil para abrir la mente le sucedió en India, cuando estaba con la madre Teresa: “Le dije una vez a un periodista productor de televisión: ‘Oiga, esos dioses suyos sí son feos, ¿no?’ Me contestó que por qué y yo le dije: ‘¿Qué tal la diosa Kali con cuatro brazos? Me dijo: ‘¿Sí, y el de ustedes con el corazón por fuera?’. Todo depende del referente que uno tenga”, solía explicar.

 

Algo similar le ocurrió con la escritura china cuando le comentó a un agregado cultural de ese país que el suyo era un idioma “loco” para escribirlo. El hombre le respondió que no lo era tanto y le sugirió que analizara la palabra ‘hombre’. El agregado cultural añadió: “Se hace una ‘V’ pequeña invertida, que son los brazos; y se hace lo mismo con las piernas y un palo que es el tronco. Uno, dos y tres signos. Ustedes, h-o-m-b-r-e, seis”. Héctor decía que todo dependía del ángulo con el que se miraran las cosas.

 

Siguió aprendiendo, entre otras cosas, mediante la comida. Fue testigo de cómo en Japón los tentáculos de pulpo son cortados en los restaurantes y se los sirve en pedacitos delgados a los clientes: “A veces se corre un peligro. Como el tentáculo es como una chupa y se queda pegado, tienen en esos restaurantes a un especialista en abrirles la boca a los comensales y sacarles el pedacito de tentáculo. Eso sí, vuelven y se lo dan. No lo botan porque ya lo pagaron, entonces tienen derecho a la comida”.

Un merecido homenaje a su trayectoria recibió Héctor Mora a mediados de 2016. Se lo hizo la Asociación Colombiana de Agencias de Viajes y Turismo (Anato). Aquí, con su amigo Alonso Monsalve y con Paula Cortés Calle, presidente de Anato. Foto: Juan Uribe

Otro plato que le pareció exótico fue el banquete manchurio, en China, que se prepara al cocinar por 24 horas la pata de un oso para que se ablande. A continuación la raspan para quitarle la piel, le sacan los cartílagos, la dejan hueca y la rellenan de mariscos y langosta antes de decorarla por encima con cresta de gallo.

 

“Son platos extraños, pero ellos me decían: ‘¿Ustedes no son los que comen hormigas?”; ¿no revuelven el arroz con sangre de cerdo y lo llaman morcilla?; ¿No compran los testículos del toro y hacen una sopa de criadillas?. ‘Entonces no nos eche muchas vainas’”, contaba Héctor.

 

Del Tíbet, que para él era su paraíso espiritual – “sin que yo sea religioso”, aclaraba – le gustaba relatar las veces en que comprobó la fortaleza mental de los monjes budistas que meditaban a las 5 de la mañana. Estaban apenas envueltos en una túnica color azafrán mientras él salía a hacer unas tomas abrigado con chaqueta, calzoncillos largos, pantalón, guantes, bufanda y gorro para protegerse de un frío que, a 4.000 metros de altitud, buscaba colarse entre la ropa. “Explicación de ellos: el cuerpo les genera la energía y el calor que necesiten para estar bien”, decía.

 

Le había impactado también el salto tántrico que efectúan estos monjes. “Ellos están sentados en posición de flor de loto, muy concentrados. Y de un momento a otro tú ves que el tipo, como si tuviera resortes en las nalgas, salta tres o cuatro metros y cae sentado allá. Ellos dicen que eso es posible gracias a su capacidad de concentración. No es fácil ni aceptarlo ni contradecirlo porque uno no tiene argumentos científicos o filosóficos para decirles ‘eso no es cierto’”.

 

Con esa mentalidad amplia trataba de entender situaciones inimaginables, como aquella de la que fue testigo en India cuando acompañaba a la madre Teresa de Calcuta a rescatar a las bebés recién nacidas que eran arrojadas como desperdicio a la basura.

 

“En la India criar a las niñas es un problema para los pobres. Allá, cuando un muchacho se casa, la familia de la novia le da un dinero. Le dicen: ‘usted se la lleva, usted le va a dar de comer de ahora en adelante, la va a vestir, le va a comprar los remedios, todo. Entonces tome, le ayudamos, llévese una plata’. Esa gente que vive con un dólar al día, si no tiene para comer mucho menos para pagar el matrimonio de la hija. Ese gasto lo evitan botando a la basura a las recién nacidas”, recordaba.

 

Sus ojos también vieron muchas cosas hermosas. Algunas de sus ciudades preferidas eran San Petersburgo, Estambul, Praga y Budapest; y de Colombia destacaba la belleza de San Gil, Socorro, Barichara y la sierra nevada de Santa Marta.

 

“Mi paraíso de paisaje está en la Polinesia francesa, en el camino hacia Australia y Fiji, donde quedan islas muy famosas como Bora Bora, Moorea y Rangiroa que son cráteres de volcanes muy antiguos”. Héctor decía que allí el agua era azul y verde, que los peces tenían colores fuertes y que las flores se cultivaban en las jardineras de las ventanas de las casas, de donde las mujeres las tomaban para adornarse la cabeza.

 

Al pensar en ese destino sonreía cuando evocaba las imágenes de “las ancianitas en los telares que hacen la tinta con el color de las flores y están pintando y haciendo los trazos de los pareos. Eso es muy bello, es muy auténtico. Y las mujeres, como en todas partes, lindas”, afirmaba.

 

Aunque sí comió alacranes fritos y camarones aún vivos que “se mueve un poquitico en la boca mientras bajan”, jamás probó la sopa de mariposas, un caldo considerado una exquisitez en Hong Kong y en Vietnam.

 

“La hacen en invierno por la noche en una olla metálica grande que está hirviendo llena de verduras y a la que le ponen una especie de papa. Cuando ya está en borbollones traen las mariposas vivas, las echan en la olla y la tapan con un anjeo grueso para que no se salgan. Y uno ve cómo el animal comienza a aletear porque el calor lo asfixia. Las mariposas caen en el caldo y sueltan grasa. Entonces uno voltea a mirar a un lado y ve la fila de 50 o 60 chinitos o vietnamitas con una taza esperando la sopa”, contaba.

 

Al contrario de Andrew Zimmern, el famoso chef del programa ‘Comidas exóticas’, Héctor no comió carne podrida de tiburón en Islandia o raya fermentada en Corea. Lo que sí hizo fue inspirar a millones de personas que gracias a sus relatos sintieron curiosidad por explorar culturas y lugares distintos. Con sus viajes les enseñó a varias generaciones a intentar comprender formas diferentes de pensar, a albergar ideas nuevas y a vivir experiencias desconocidas; a liberarse de prejuicios a los que muchas veces el ser humano se aferra con miedo. Héctor Mora nos abrió el mundo.

Héctor estuvo en las calles de Miami durante un viaje al que VivaColombia invitó a varios periodistas. Aquí está poniendo atención a las palabras de la guía. Foto: Juan Uribe

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