Pan de maracuyá, de café, de chocolate, de yogur… Son más de 35 las variedades que Yolanda Díaz y Antonio Fuentes han convertido en un atractivo turístico de este municipio de Cundinamarca.

Yolanda Díaz y Antonio Fuentes elaboran en Tabio, en Pan de Leña, panes artesanales de más de 35 sabores. Foto: Juan Uribe

Yolanda Díaz y Antonio Fuentes elaboran en Tabio, en Pan de Leña, panes artesanales de más de 35 sabores. Foto: Juan Uribe

Yolanda Díaz y Antonio Fuentes han hecho del pan no solo una receta efectiva contra el desempleo, sino también un atractivo para incentivar el turismo en Tabio, un municipio situado a algo más de una hora al norte de Bogotá.

Ella, contadora, y él, ingeniero de alimentos y asesor técnico de un molino, habían perdido sus puestos. Por eso fue la necesidad la responsable de haber impulsado hace ocho años a esta pareja de esposos a emprender un proyecto nuevo.

Ya antes habían acariciado la idea de establecer su propia panadería, y este era el momento adecuado para dar el paso definitivo. “Había que conseguir plata, tocaba hacer algo porque la liquidación que había recibido de la empresa (donde trabajaba) no iba a durar toda la vida”, recuerda Antonio.

Él y Yolanda pusieron manos a la obra con el pan árabe integral. Lo amasaban y lo horneaban, lo llevaban en canastas de mimbre y lo ofrecían sobre pacas de heno a la orilla de la carretera que conduce a los termales.

Allí, al lado del foro donde se llevan a cabo presentaciones de torbellino durante el festival de este baile, vio la luz Pan de Leña, una compañía que ofrece panes en más de 35 sabores a los habitantes de Tabio y a turistas de Bogotá y de pueblos vecinos que llegan a probar amasijos de cerveza, maracuyá, café o sagú, un tubérculo con el que se hace la harina de las achiras.

El crecimiento no se ha detenido. Incluso, Yolanda y Antonio ya tienen desde hace algunos meses un local en la plazoleta de comidas de la Catedral de Sal de Zipaquirá.

Una clave de la buena aceptación que ha tenido Pan de Leña está, por supuesto, en los dos hornos de leña que se utilizan para cocer el pan. Otras son la imaginación de Yolanda y Antonio para crear panes nuevos (de espinaca, sin gluten y hasta ácimo, para Semana Santa); y el uso de productos orgánicos, como el cacao que se cultiva en San Vicente de Chucurí -el pueblo de Santander donde nació Yolanda- y la mantequilla pura de vaca, que viene de Zipaquirá.

Cuando voy a Tabio siempre pido el pan de ajo y orégano, que me encanta, al igual que el de yogur orgánico y el de chocolate. Pero no solo el sabor me fascina. De Pan de Leña me cautivan la sencillez y la autenticidad de sus propietarios.

El templo de la Inmaculada Concepción de Tabio se levanta en un terreno sobre el que existía un cementerio indígena. Foto: Juan Uribe

El templo de la Inmaculada Concepción de Tabio se levanta en un terreno sobre el que existía un cementerio indígena. Foto: Juan Uribe

También me gusta que el punto de venta está a media cuadra de la iglesia del pueblo y que los visitantes pueden conversar con los dueños y conocer algunos de sus secretos, como la paciencia. “Esto no se puede hacer de afán, es un trabajo de mucha calma”, explica Yolanda al referirse a la elaboración del pan, que es artesanal.

Yolanda y Antonio saben que el turismo es una herramienta poderosa para apoyar el desarrollo. Por eso la semana entrante estarán en la Vitrina Turística de la Asociación Colombiana de Agencias de Viajes y Turismo (Anato). Allí esperan dar a conocer su Pan de Leña y contribuir a que a Tabio sigan llegando visitantes.

Los frutos del olivo son excelentes compañeros de viaje. Me han ayudado a no descomponerme en lanchas y catamaranes, así como
en carreteras llenas de curvas.

 

Soy un viajero normal. No soy de esos que alardean de su resistencia para soportar todo tipo de condiciones, que gozan con las ‘emociones fuertes’.

Me aterran las alturas -puedo morir tranquilo sin haber hecho bungee jumping ni haber volado en parapente-; no me subo a una montaña rusa que me ponga con la cabeza abajo y en el Amazonas me niego a trepar árboles de 30 metros para ver el paisaje.

Incluso, me mareo con facilidad en un taxi que culebrea por las calles. Me pongo pálido y me descompongo si el chofer tiene uno de esos ambientadores que despiden olores a pipa o a cereza. Abrir la ventana en Bogotá tampoco es la solución porque el humo del trancón, la contaminación, me produce el mismo malestar.

Por eso quiero compartir un secreto que me ha ayudado a hacer más agradables muchos viajes: las aceitunas. Gracias a ellas he podido conocer muchos sitios sin que el estómago se me revuelva.

Las aceitunas absorben el exceso de saliva y evitan el mareo. Foto: Juan Uribe

Las aceitunas absorben el exceso de saliva y evitan el mareo. Foto: Juan Uribe

El descubrimiento lo hice hace algunos años porque conozco mis límites: no puedo viajar con hambre. Un día llevé galletas de sal y aceitunas en algún viaje de prensa, de esos en los que los periodistas sabemos que salimos temprano del hotel pero no tenemos certeza de la hora a la que almorzaremos.

No recuerdo el sitio, pero tengo presente que la carretera parecía un descorchador y que lo que llevaba en la lonchera me salvó. Luego le pregunté al doctor Carlos Francisco Fernández y me confirmó que, efectivamente, “las aceitunas absorben el exceso de saliva (…)”, un factor que ayuda a agravar el problema.

Desde entonces, siempre empacadas en uno de esos recipientes plásticos que se cierran herméticamente (para evitar que se moje todo en el morral), las aceitunas no me han faltado en las curvas de 90 grados del cañón del Chicamocha ni en la lancha a merced de las olas en la que vi saltar las ballenas frente a la costa de Bahía Solano, en Chocó.

Entre otros viajes, los frutos del olivo han estado conmigo en la lancha que me llevó, contra la corriente, desde el Cabo de La Vela hasta Punta Gallinas, en La Guajira; en el catamarán Sensation entre San Andrés y Providencia y en un bote que iba a la isla Saona, en República Dominicana.

Para evitar marearme siempre tengo en cuenta algo importante cuando estoy en el mar: me cercioro de sentarme o de acostarme en la parte de atrás del bote, donde el movimiento producido por las olas es menos fuerte.

A veces no es fácil conseguir las aceitunas, pero me aseguro de tenerlas a mano cuando creo que el recorrido va a ser movido. Afortunadamente esto no quiere decir que no pueda vivir sin ellas, ya que el malestar solo se manifiesta cuando voy de pasajero. De lo contrario sería terrible.

Siempre me siento o me acuesto en la parte de atrás del bote para no marearme. Aquí, en catamarán a la isla Saona, en República Dominicana.

Siempre me siento o me acuesto en la parte de atrás del bote para no marearme. Aquí, en catamarán a la isla Saona, en República Dominicana.

 

 

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