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Cerca del cerro Mavecure se encuentra el caño San Joaquín, un sitio tranquilo donde el agua es negra y transparente. Hasta aquí vienen los turistas a nadar y asolearse.

El caño San Joaquín, cerca del cerro Mavecure, es un sitio tranquilo donde los turistas pueden nadar y asolearse. Foto: Juan Uribe

El caño San Joaquín, cerca del cerro Mavecure, es un sitio tranquilo donde los turistas pueden nadar y asolearse. Foto: Juan Uribe

 

El caño San Joaquín está al sur del cerro Mavecure, luego de un viaje de cinco minutos en el que la lancha rápida se ciñe a las curvas cerradas del cauce del río Inírida. En este sitio, en la selva del Guainía, es posible tomar el sol como en una playa, aunque con algunas diferencias respecto del mar.

Las únicas olas las producen las canoas que van de pueblo en pueblo y el horizonte lo reducen filas de arbustos ubicados a unos doscientos metros del punto donde los turistas se tienden a broncearse: una laja blanca que viene de un cerro y se zambulle en el agua negra.

A pesar de este color, que se lo da su origen amazónico, el caño es transparente. Al entrar en él se produce un fenómeno extraño que hace que la piel de una persona se vea amarilla unos centímetros bajo la superficie; y que luego parezca anaranjada y roja a medida que se sumerge más.

“La base del caño es pura roca y el color, como el del té, se debe a la vegetación que se descompone”, explica Mauricio Bernal, guía que organiza planes turísticos desde Inírida por diferentes sitios del Guainía.

El color de la piel cambia bajo el agua del caño San Joaquín. Foto: Juan Uribe

El color de la piel cambia bajo el agua del caño San Joaquín. Foto: Juan Uribe

A San Joaquín se viene en busca de calma y silencio, que solamente interrumpen los remos al entrar y salir del agua para impulsar el pequeño bote de madera en el que una pareja de indígenas y su hijo navegan con su perro.

Luego de pasar la tarde en el agua los viajeros pueden ir a Venado, una comunidad donde viven cerca de 240 personas. El capitán de este grupo es Carlos Julio Rodríguez Caldas, de la etnia wuanano, quien habla sobre la diversidad de este pueblito en miniatura, en el que existen dos calles paralelas sembradas de pasto y donde el bahareque se usa para construir casas.

“Aquí hay gente de varias etnias (puinabes, wuananos, cubeos, guahibos, curripacos…) y todos se llevan bien”, cuenta el capitán. Él y su esposa, Rita, tienen dos hijos. “Cada niño que va naciendo aprende español; luego les enseño el wuanano. Rita es puinabe y de pronto después los hijos aprenderán también el curripaco y el cubeo con sus amigos”, afirma.

La vida en la comunidad de Venado gira en torno al río Inírida. Foto: Juan Uribe

La vida en la comunidad de Venado gira en torno al río Inírida. Foto: Juan Uribe

En Venado la vida es sencilla y, al igual que en las comunidades de la zona, gira en torno al río. Por las tardes las mujeres bajan a la orilla con baldes llenos de ropa sucia para lavarla. Allí se bañan varias personas por la noche antes de irse a dormir en casas con techos de chiqui chiqui, una fibra que también se usa para elaborar artesanías.

Por el caño San Joaquín pasan familias indígenas en sus canoas. Foto: Juan Uribe

Por el caño San Joaquín pasan familias indígenas en sus canoas. Foto: Juan Uribe

Carlos Julio Rodríguez Caldas, de la etnia wuanano, es capitán de la comunidad de Venado, en Guainía. Foto: Juan Uribe

Carlos Julio Rodríguez Caldas, de la etnia wuanano, es capitán de la comunidad de Venado, en Guainía. Foto: Juan Uribe

La comida tampoco es sofisticada. Se cultivan la yuca brava, que sirve para preparar el casabe (una especie de arepa); el mañoco (una bebida refrescante hecha con casabe) y la yuca dulce. Para comer se cazan lapas, dantas y, por supuesto, venados.

Desde Venado se aprecia cerro Mono, la roca con forma de domo que en noches de tormenta se cubre por completo de nubes. Cuando sale el sol la neblina se disipa poco a poco y deja a la vista hebras plateadas de agua que corren desde la cumbre cerro abajo, a la orilla del río, donde la lancha con los turistas ya va de regreso hacia Inírida.

*Invitación de Satena (www.satena.com)

Este cerro del Guainía es junto con los vecinos Mono y Pajarito una de las primeras rocas que se formaron en la Tierra. Subir por sus cuestas junto al río Inírida es una aventura inolvidable.

A los cerros Mono (izquierda) y Mavecure (derecha) se llega luego de un viaje de una hora y media en lancha rápida. Foto: Juan Uribe

A los cerros Mono (izquierda) y Mavicure (derecha) se llega luego de un viaje de una hora y media en lancha rápida. Foto: Juan Uribe

Juan Uribe

Especial para Satena

Al mirar atrás desde la lancha que viaja hacia el sur por el río Inírida, los cerros Mono y Pajarito que se levantan sobre la margen occidental parecen unirse y formar una imagen extraña. Con un poco de imaginación se descubre lo que cada uno quiera ver en esas siluetas de roca que son símbolo del departamento del Guainía: puede ser un sombrero gigante; un tobogán sobre la selva tupida de árboles de 30 y más metros; una anaconda que ha engullido una vaca…

Este punto de la Orinoquia está cerca de la frontera con Venezuela, no muy lejos de donde el mapa de Colombia se alarga hacia abajo como si fuera la trompa de un oso hormiguero para internarse en Brasil. Hasta aquí, en los cerros de Mavicure, se llega desde Inírida, la capital del departamento, después de un viaje de una hora y media en lancha rápida, que en la región llaman voladora.

En esta zona del oriente del país los ríos son las vías que comunican a los pueblos. Por eso por el Guaviare, el Atabapo y el Orinoco navegan bongos, unas canoas angostas de cerca de 10 metros fabricadas con troncos de árboles en las que algunas personas sostienen sombrillas para protegerse del sol. También circulan falcas, unas embarcaciones más grandes que transportan pasajeros y mercancías.

Aquí, en el corregimiento de San Felipe, el río Inírida serpentea entre la selva y abraza los cerros Mavicure, Mono y Pajarito, tres elevaciones de rocas graníticas que fascinan a viajeros de todo el mundo. La más alta es Mavicure: mide 250 metros, según el Diccionario Geográfico del Instituto Agustín Codazzi, y puede subirse hasta la cima.

El cerro Mavecure, al fondo, mide 250 metros de altura y hace parte del escudo guayanés. Foto: Juan Uribe

El cerro Mavicure, al fondo, mide 250 metros de altura y hace parte del escudo guayanés. Foto: Juan Uribe

El Lucho Herrera de Mavicure

Trepar por las pendientes abruptas y redondeadas de Mavicure es mucho más que una simple caminata. De cierto modo significa viajar en el tiempo hasta la época geológica inicial de la Tierra, cuando la actividad volcánica en el planeta era intensa y aparecieron las primeras formas de vida. Esta, al igual que Mono y Pajarito, al otro lado del río, no es cualquier roca. Las tres hacen parte del escudo guayanés y surgieron en la era Precámbrica, que abarca desde hace unos 5.000 millones de años hasta 570 millones de años atrás.

Guillermo Rodríguez camina sobre ese montón de tiempo acumulado bajo los pies para guiar a los turistas durante la excursión. Equipado solamente con una camiseta amarilla de la Selección Colombia, pantaloneta azul y unas chanclas de las que tienen una tira de caucho que se acomoda entre el dedo gordo del pie y el siguiente, este hombre es el Lucho Herrera del Guainía en las lomas. Casi ni toma agua mientras los turistas se derriten bajo el sol y tienen que desgastar las suelas de sus zapatos de goma y aferrarse con las manos a la ladera, empinada como un rodadero.

Guillermo vive a unos minutos en lancha, en la comunidad de Venado, donde habitan unos 240 indígenas de las etnias curripaco, guahibo y puinave, entre otras. Él sube con frecuencia al cerro y no siente el esfuerzo como quienes vienen de otras partes a admirar el paisaje.

Al guía Guillermo Rodríguez le bastan unas chanclas para subir el cerro Mavecure, en Guainía. Foto: Juan Uribe

Al guía Guillermo Rodríguez le bastan unas chanclas para subir el cerro Mavicure, en Guainía. Foto: Juan Uribe

“Hay que tener muy buena condición física porque la cuesta es muy empinada. Es recomendable tomar muchísima agua porque aquí sudas como si te estuvieras bañando en el río”, cuenta la bloguera de viajes Toya Viudes, una española que hace tres años se enamoró de Colombia y a quien le encanta viajar a destinos que se salen de las rutas turísticas tradicionales. Guainía, claramente, es uno de ellos.

Luego de ascender durante una media hora se llega a una de las pocas partes más o menos llanas de Mavicure, desde donde se observa el río Inírida como una autopista enorme que se abre paso entre la selva. Se divisa también cerro Diablo, un domo completamente cubierto de vegetación que se erige sobre los árboles.

Hacia el occidente el sol ya comienza a esconderse detrás de Mono y Pajarito, otras dos rocas que han sido testigos silenciosos de la historia temprana de la Tierra: Mono tiene el aspecto de un ponqué redondo y a la derecha está Pajarito, con una especie de cresta que sobresale del resto de la mole. En ambos se resbalan unos hilos blancos por sus pendientes. Son rastros que han dejado los aguaceros de los últimos días.

Así se ve el río Inírida desde el cerro Mavecure, en Guainía. Foto: Juan Uribe

Así se ve el río Inírida desde el cerro Mavicure, en Guainía. Foto: Juan Uribe

Hoy no ha llovido, lo que haría casi imposible mantenerse de pie sobre las faldas de Mavicure; pero ya son casi las 5 de la tarde y Guillermo dice que faltan 20 minutos más de camino por una cuesta aún más pronunciada para llegar a la cima. La subida es lo de menos; el problema es que luego hay que bajar y no soy particularmente aficionado a las alturas. Quiero descender del cerro con suficiente luz para saber dónde piso.

Guillermo y otros dos turistas continúan el camino, que mira hacia el cielo. Yo emprendo el regreso lentamente, caminando en zigzag por cuestas que parecen un deslizadero. De vez en cuando miro hacia arriba. Allá está Guillermo con su camiseta amarilla. Una vez más ha conquistado el Mavicure. Yo me quedo contemplando el paisaje. Respiro hondo y pienso en que estoy parado sobre una de las primeras rocas del planeta. También, en que es una virtud saber cuándo devolverse.

*Invitación de Satena (www.satena.com)

 

 

Dónde alojarse

Toninas Hotel. Inírida (Guainía). Calle 16 N° 5-112. (8) 565 6027, 310 303 5130.

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