Los frutos del olivo son excelentes compañeros de viaje. Me han ayudado a no descomponerme en lanchas y catamaranes, así como
en carreteras llenas de curvas.

 

Soy un viajero normal. No soy de esos que alardean de su resistencia para soportar todo tipo de condiciones, que gozan con las ‘emociones fuertes’.

Me aterran las alturas -puedo morir tranquilo sin haber hecho bungee jumping ni haber volado en parapente-; no me subo a una montaña rusa que me ponga con la cabeza abajo y en el Amazonas me niego a trepar árboles de 30 metros para ver el paisaje.

Incluso, me mareo con facilidad en un taxi que culebrea por las calles. Me pongo pálido y me descompongo si el chofer tiene uno de esos ambientadores que despiden olores a pipa o a cereza. Abrir la ventana en Bogotá tampoco es la solución porque el humo del trancón, la contaminación, me produce el mismo malestar.

Por eso quiero compartir un secreto que me ha ayudado a hacer más agradables muchos viajes: las aceitunas. Gracias a ellas he podido conocer muchos sitios sin que el estómago se me revuelva.

Las aceitunas absorben el exceso de saliva y evitan el mareo. Foto: Juan Uribe

Las aceitunas absorben el exceso de saliva y evitan el mareo. Foto: Juan Uribe

El descubrimiento lo hice hace algunos años porque conozco mis límites: no puedo viajar con hambre. Un día llevé galletas de sal y aceitunas en algún viaje de prensa, de esos en los que los periodistas sabemos que salimos temprano del hotel pero no tenemos certeza de la hora a la que almorzaremos.

No recuerdo el sitio, pero tengo presente que la carretera parecía un descorchador y que lo que llevaba en la lonchera me salvó. Luego le pregunté al doctor Carlos Francisco Fernández y me confirmó que, efectivamente, “las aceitunas absorben el exceso de saliva (…)”, un factor que ayuda a agravar el problema.

Desde entonces, siempre empacadas en uno de esos recipientes plásticos que se cierran herméticamente (para evitar que se moje todo en el morral), las aceitunas no me han faltado en las curvas de 90 grados del cañón del Chicamocha ni en la lancha a merced de las olas en la que vi saltar las ballenas frente a la costa de Bahía Solano, en Chocó.

Entre otros viajes, los frutos del olivo han estado conmigo en la lancha que me llevó, contra la corriente, desde el Cabo de La Vela hasta Punta Gallinas, en La Guajira; en el catamarán Sensation entre San Andrés y Providencia y en un bote que iba a la isla Saona, en República Dominicana.

Para evitar marearme siempre tengo en cuenta algo importante cuando estoy en el mar: me cercioro de sentarme o de acostarme en la parte de atrás del bote, donde el movimiento producido por las olas es menos fuerte.

A veces no es fácil conseguir las aceitunas, pero me aseguro de tenerlas a mano cuando creo que el recorrido va a ser movido. Afortunadamente esto no quiere decir que no pueda vivir sin ellas, ya que el malestar solo se manifiesta cuando voy de pasajero. De lo contrario sería terrible.

Siempre me siento o me acuesto en la parte de atrás del bote para no marearme. Aquí, en catamarán a la isla Saona, en República Dominicana.

Siempre me siento o me acuesto en la parte de atrás del bote para no marearme. Aquí, en catamarán a la isla Saona, en República Dominicana.

 

 

Las calles adoquinadas de Edimburgo y el plato típico escocés, el haggis, contribuyeron a que Carolina Lancheros se llevara un recuerdo imborrable del norte de Europa. Read More

Recuerdos de esta ciudad, siete horas por tierra al sur de Salvador de Bahía, a propósito de un libro de uno de los escritores brasileños más importantes de la historia. Read More

A propósito del anuncio según el cual a los colombianos no nos exigirán visa Schengen para viajar a Europa dentro de unos meses, dos historias sobre la injusta mala fama que tenemos en el mundo. Read More

Pocas personas aman tanto su trabajo como Orlando Arias, sin duda el mejor guía que puede haber para visitar uno de los sitios más increíbles de Colombia: la Mina de Sal de Nemocón. Read More

0 Flares Twitter 0 Facebook 0 0 Flares ×