La estrella fluvial de oriente, donde se unen los ríos Guaviare, Atabapo y Orinoco, está 45 minutos al norte de Inírida. Allí es posible zambullirse en las aguas del tercer río más caudaloso del mundo. Read More

Cerca del cerro Mavecure se encuentra el caño San Joaquín, un sitio tranquilo donde el agua es negra y transparente. Hasta aquí vienen los turistas a nadar y asolearse.

El caño San Joaquín, cerca del cerro Mavecure, es un sitio tranquilo donde los turistas pueden nadar y asolearse. Foto: Juan Uribe

El caño San Joaquín, cerca del cerro Mavecure, es un sitio tranquilo donde los turistas pueden nadar y asolearse. Foto: Juan Uribe

 

El caño San Joaquín está al sur del cerro Mavecure, luego de un viaje de cinco minutos en el que la lancha rápida se ciñe a las curvas cerradas del cauce del río Inírida. En este sitio, en la selva del Guainía, es posible tomar el sol como en una playa, aunque con algunas diferencias respecto del mar.

Las únicas olas las producen las canoas que van de pueblo en pueblo y el horizonte lo reducen filas de arbustos ubicados a unos doscientos metros del punto donde los turistas se tienden a broncearse: una laja blanca que viene de un cerro y se zambulle en el agua negra.

A pesar de este color, que se lo da su origen amazónico, el caño es transparente. Al entrar en él se produce un fenómeno extraño que hace que la piel de una persona se vea amarilla unos centímetros bajo la superficie; y que luego parezca anaranjada y roja a medida que se sumerge más.

“La base del caño es pura roca y el color, como el del té, se debe a la vegetación que se descompone”, explica Mauricio Bernal, guía que organiza planes turísticos desde Inírida por diferentes sitios del Guainía.

El color de la piel cambia bajo el agua del caño San Joaquín. Foto: Juan Uribe

El color de la piel cambia bajo el agua del caño San Joaquín. Foto: Juan Uribe

A San Joaquín se viene en busca de calma y silencio, que solamente interrumpen los remos al entrar y salir del agua para impulsar el pequeño bote de madera en el que una pareja de indígenas y su hijo navegan con su perro.

Luego de pasar la tarde en el agua los viajeros pueden ir a Venado, una comunidad donde viven cerca de 240 personas. El capitán de este grupo es Carlos Julio Rodríguez Caldas, de la etnia wuanano, quien habla sobre la diversidad de este pueblito en miniatura, en el que existen dos calles paralelas sembradas de pasto y donde el bahareque se usa para construir casas.

“Aquí hay gente de varias etnias (puinabes, wuananos, cubeos, guahibos, curripacos…) y todos se llevan bien”, cuenta el capitán. Él y su esposa, Rita, tienen dos hijos. “Cada niño que va naciendo aprende español; luego les enseño el wuanano. Rita es puinabe y de pronto después los hijos aprenderán también el curripaco y el cubeo con sus amigos”, afirma.

La vida en la comunidad de Venado gira en torno al río Inírida. Foto: Juan Uribe

La vida en la comunidad de Venado gira en torno al río Inírida. Foto: Juan Uribe

En Venado la vida es sencilla y, al igual que en las comunidades de la zona, gira en torno al río. Por las tardes las mujeres bajan a la orilla con baldes llenos de ropa sucia para lavarla. Allí se bañan varias personas por la noche antes de irse a dormir en casas con techos de chiqui chiqui, una fibra que también se usa para elaborar artesanías.

Por el caño San Joaquín pasan familias indígenas en sus canoas. Foto: Juan Uribe

Por el caño San Joaquín pasan familias indígenas en sus canoas. Foto: Juan Uribe

Carlos Julio Rodríguez Caldas, de la etnia wuanano, es capitán de la comunidad de Venado, en Guainía. Foto: Juan Uribe

Carlos Julio Rodríguez Caldas, de la etnia wuanano, es capitán de la comunidad de Venado, en Guainía. Foto: Juan Uribe

La comida tampoco es sofisticada. Se cultivan la yuca brava, que sirve para preparar el casabe (una especie de arepa); el mañoco (una bebida refrescante hecha con casabe) y la yuca dulce. Para comer se cazan lapas, dantas y, por supuesto, venados.

Desde Venado se aprecia cerro Mono, la roca con forma de domo que en noches de tormenta se cubre por completo de nubes. Cuando sale el sol la neblina se disipa poco a poco y deja a la vista hebras plateadas de agua que corren desde la cumbre cerro abajo, a la orilla del río, donde la lancha con los turistas ya va de regreso hacia Inírida.

*Invitación de Satena (www.satena.com)

Este cerro del Guainía es junto con los vecinos Mono y Pajarito una de las primeras rocas que se formaron en la Tierra. Subir por sus cuestas junto al río Inírida es una aventura inolvidable.

A los cerros Mono (izquierda) y Mavecure (derecha) se llega luego de un viaje de una hora y media en lancha rápida. Foto: Juan Uribe

A los cerros Mono (izquierda) y Mavicure (derecha) se llega luego de un viaje de una hora y media en lancha rápida. Foto: Juan Uribe

Juan Uribe

Especial para Satena

Al mirar atrás desde la lancha que viaja hacia el sur por el río Inírida, los cerros Mono y Pajarito que se levantan sobre la margen occidental parecen unirse y formar una imagen extraña. Con un poco de imaginación se descubre lo que cada uno quiera ver en esas siluetas de roca que son símbolo del departamento del Guainía: puede ser un sombrero gigante; un tobogán sobre la selva tupida de árboles de 30 y más metros; una anaconda que ha engullido una vaca…

Este punto de la Orinoquia está cerca de la frontera con Venezuela, no muy lejos de donde el mapa de Colombia se alarga hacia abajo como si fuera la trompa de un oso hormiguero para internarse en Brasil. Hasta aquí, en los cerros de Mavicure, se llega desde Inírida, la capital del departamento, después de un viaje de una hora y media en lancha rápida, que en la región llaman voladora.

En esta zona del oriente del país los ríos son las vías que comunican a los pueblos. Por eso por el Guaviare, el Atabapo y el Orinoco navegan bongos, unas canoas angostas de cerca de 10 metros fabricadas con troncos de árboles en las que algunas personas sostienen sombrillas para protegerse del sol. También circulan falcas, unas embarcaciones más grandes que transportan pasajeros y mercancías.

Aquí, en el corregimiento de San Felipe, el río Inírida serpentea entre la selva y abraza los cerros Mavicure, Mono y Pajarito, tres elevaciones de rocas graníticas que fascinan a viajeros de todo el mundo. La más alta es Mavicure: mide 250 metros, según el Diccionario Geográfico del Instituto Agustín Codazzi, y puede subirse hasta la cima.

El cerro Mavecure, al fondo, mide 250 metros de altura y hace parte del escudo guayanés. Foto: Juan Uribe

El cerro Mavicure, al fondo, mide 250 metros de altura y hace parte del escudo guayanés. Foto: Juan Uribe

El Lucho Herrera de Mavicure

Trepar por las pendientes abruptas y redondeadas de Mavicure es mucho más que una simple caminata. De cierto modo significa viajar en el tiempo hasta la época geológica inicial de la Tierra, cuando la actividad volcánica en el planeta era intensa y aparecieron las primeras formas de vida. Esta, al igual que Mono y Pajarito, al otro lado del río, no es cualquier roca. Las tres hacen parte del escudo guayanés y surgieron en la era Precámbrica, que abarca desde hace unos 5.000 millones de años hasta 570 millones de años atrás.

Guillermo Rodríguez camina sobre ese montón de tiempo acumulado bajo los pies para guiar a los turistas durante la excursión. Equipado solamente con una camiseta amarilla de la Selección Colombia, pantaloneta azul y unas chanclas de las que tienen una tira de caucho que se acomoda entre el dedo gordo del pie y el siguiente, este hombre es el Lucho Herrera del Guainía en las lomas. Casi ni toma agua mientras los turistas se derriten bajo el sol y tienen que desgastar las suelas de sus zapatos de goma y aferrarse con las manos a la ladera, empinada como un rodadero.

Guillermo vive a unos minutos en lancha, en la comunidad de Venado, donde habitan unos 240 indígenas de las etnias curripaco, guahibo y puinave, entre otras. Él sube con frecuencia al cerro y no siente el esfuerzo como quienes vienen de otras partes a admirar el paisaje.

Al guía Guillermo Rodríguez le bastan unas chanclas para subir el cerro Mavecure, en Guainía. Foto: Juan Uribe

Al guía Guillermo Rodríguez le bastan unas chanclas para subir el cerro Mavicure, en Guainía. Foto: Juan Uribe

“Hay que tener muy buena condición física porque la cuesta es muy empinada. Es recomendable tomar muchísima agua porque aquí sudas como si te estuvieras bañando en el río”, cuenta la bloguera de viajes Toya Viudes, una española que hace tres años se enamoró de Colombia y a quien le encanta viajar a destinos que se salen de las rutas turísticas tradicionales. Guainía, claramente, es uno de ellos.

Luego de ascender durante una media hora se llega a una de las pocas partes más o menos llanas de Mavicure, desde donde se observa el río Inírida como una autopista enorme que se abre paso entre la selva. Se divisa también cerro Diablo, un domo completamente cubierto de vegetación que se erige sobre los árboles.

Hacia el occidente el sol ya comienza a esconderse detrás de Mono y Pajarito, otras dos rocas que han sido testigos silenciosos de la historia temprana de la Tierra: Mono tiene el aspecto de un ponqué redondo y a la derecha está Pajarito, con una especie de cresta que sobresale del resto de la mole. En ambos se resbalan unos hilos blancos por sus pendientes. Son rastros que han dejado los aguaceros de los últimos días.

Así se ve el río Inírida desde el cerro Mavecure, en Guainía. Foto: Juan Uribe

Así se ve el río Inírida desde el cerro Mavicure, en Guainía. Foto: Juan Uribe

Hoy no ha llovido, lo que haría casi imposible mantenerse de pie sobre las faldas de Mavicure; pero ya son casi las 5 de la tarde y Guillermo dice que faltan 20 minutos más de camino por una cuesta aún más pronunciada para llegar a la cima. La subida es lo de menos; el problema es que luego hay que bajar y no soy particularmente aficionado a las alturas. Quiero descender del cerro con suficiente luz para saber dónde piso.

Guillermo y otros dos turistas continúan el camino, que mira hacia el cielo. Yo emprendo el regreso lentamente, caminando en zigzag por cuestas que parecen un deslizadero. De vez en cuando miro hacia arriba. Allá está Guillermo con su camiseta amarilla. Una vez más ha conquistado el Mavicure. Yo me quedo contemplando el paisaje. Respiro hondo y pienso en que estoy parado sobre una de las primeras rocas del planeta. También, en que es una virtud saber cuándo devolverse.

*Invitación de Satena (www.satena.com)

 

 

Dónde alojarse

Toninas Hotel. Inírida (Guainía). Calle 16 N° 5-112. (8) 565 6027, 310 303 5130.

Las fotografías que este alemán ha tomado por toda Colombia son el eje de la decoración del EK Hotel, una nueva propuesta de alojamiento de lujo en Bogotá. Historia de un enamorado del país.

Stephan Riedel asegura que el mejor programa que le pueden proponer es salir a tomar fotos. Aquí, en el buque Gloria, durante una travesía por Suramérica en 2010. Foto: Cortesía de Stephan Riedel.

Stephan Riedel asegura que el mejor programa que le pueden proponer es salir a tomar fotos. Aquí, en el buque Gloria, durante una travesía por Suramérica en 2010. Foto: Cortesía de Stephan Riedel.

El alemán Stephan Riedel posa frente a la ampliación de una foto que tomó en el Salto del Tequendama y que adorna el tercer piso del EK Hotel, en Bogotá. Foto: Cortesía de Stephan Riedel.

El alemán Stephan Riedel posa frente a la ampliación de una foto que tomó en el Salto del Tequendama y que adorna el tercer piso del EK Hotel, en Bogotá. Foto: Cortesía de Stephan Riedel.

 

La atracción que Stephan Riedel siente por Colombia ha sido irresistible desde el comienzo. Supo que este país sería el suyo en enero de 1957, cuando tenía 10 años y junto con su mamá acababa de cruzar el Atlántico desde Alemania en un barco bananero que penetraba en la bahía de Santa Marta. La vista de la Sierra Nevada que se levantaba detrás de las montañas lo cautivó.

A que esa primera impresión del país fuera imborrable contribuyeron las paletas de colores que un hombre sacó de su carrito de helados y le ofreció apenas desembarcó: verde limón, uva, naranja, rojo Kola Román… “Fue amor a primera vista”, afirma este fotógrafo al recordar su encuentro con el trópico, que para él fue “alucinante”.

Hasta antes de ese viaje Stephan no conocía el mar, pero casi un mes después de haber zarpado de un puerto cerca de Hamburgo pisaba la arena de la playa en Santa Marta y llenaba sus pulmones con la brisa cálida del Caribe. El cambio había sido brusco, pues en el invierno europeo el solo hecho de respirar le producía dolor en la garganta. Además, donde había nacido, en el sur de la entonces Alemania Oriental, en Brunndöbra, cerca de Chemnitz, los helados eran de chocolate y tenían colores poco vistosos. El Viejo Continente no podía competir con las novedades que América le ponía frente a sus ojos de niño.

Esas imágenes y sensaciones se le grabaron en la memoria y la fascinación que experimentó al estrenar su primera cámara de fotos -una que le había regalado su papá antes de que partiera hacia Colombia- es la misma con la que se ha dedicado a vivir su pasión: “Salir a tomar fotos es el mejor programa que me pueden proponer”, afirma.

No importa si se trata de las rocas de Suesca o de un morichal en el Vichada, pues todas las fotografías las hace “con el alma, con el corazón” y cuando sus ojos azules están al acecho detrás del lente de una cámara no siente hambre ni frío. En esos momentos la concentración de Stephan es total y le permite pasar horas inmerso en su mundo de imágenes.

Una parte importante del trabajo de Stephan se puede apreciar en el EK Hotel (www.ekhoteles.com), donde 360 ampliaciones en blanco y negro de 298 fotos que ha tomado en diferentes sitios de Colombia adornan paredes del piso al techo en los pasillos y en las habitaciones. Las impresiones también están en los vidrios de los baños.

Las fotografías que Stephan Riedel ha tomado en varios sitios de Colombia son el eje de la decoración del EK Hotel, en el norte de Bogotá. Foto: Juan Uribe

Las fotografías que Stephan Riedel ha tomado en varios sitios de Colombia son el eje de la decoración del EK Hotel, en el norte de Bogotá. Foto: Juan Uribe

El hotel, que desde octubre de 2013 se abrió en el norte de Bogotá, en la esquina de la calle 90 con la carrera 11, es una galería permanente donde se pueden descubrir ángulos diferentes de destinos que Stephan conoce casi de memoria. “Creo que lo que más he hecho en Colombia es viajar y tomar fotos”, asegura.

Al salir del ascensor del EK Hotel, que en el tercer piso tiene la recepción, los huéspedes se encuentran con una imagen del Salto del Tequendama. También hay fotografías de Barichara, de Cartagena, de calles de Bogotá y de muchos otros destinos en los que la mirada de Stephan destaca detalles como fachadas, faroles, techos, plazas, calles empedradas y cúpulas.

Le encanta viajar por tierra. En carro ha ido a Ipiales (Nariño), a los Llanos y a la Costa Caribe (en un mismo año hizo este recorrido cuatro veces desde Bogotá) y cuando sale a tomar fotos lo hace con la curiosidad de quien quiere dejarse sorprender. “Cuando viajo siempre estoy con los ojos abiertos, como un niño”, afirma. Agrega que así como sabe qué le gusta, tiene claro que no le agrada tomar fotos de cosas feas. “Eso no es lo mío”, dice.

“Desde hace 10 años estoy dedicado de lleno a la fotografía en Colombia, mi amada patria adoptiva, y aquí pienso quedarme hasta el fin, mostrando lo hermoso de esta maravillosa tierra”, señala en su página de internet, www.photostephan.com.

Stephan, como varios extranjeros que gozan explorando destinos colombianos que están fuera de las rutas turísticas tradicionales, opina que este país tiene sitios ‘prohibidos’ solamente para aquellos que no se atreven a conocer cosas nuevas, que no salen del círculo de los mismos planes de vacaciones: “para los colombianos que creen que Orlando es la última maravilla”, sentencia.

 

EK Hotel, un sitio especial

Al entrar al EK Hotel llama la atención la recepción, ubicada en el tercer piso. Allí, al lado, se encuentra el bar-lounge, donde los huéspedes pueden relajarse mientras los empleados les asignan sus habitaciones.
Los cuartos están dotados con ventanas antirruido, televisores con pantallas de 42 pulgadas, internet inalámbrico gratuito y amenities de la marca Loto, cuya fragancia para los jabones, las cremas y el champú fue creada especialmente para el hotel. Los espacios comunes también tienen un olor particular.
Inf: www.ekhoteles.com; reservas@ekhoteles.com; 745 5757.

Gracias al jardín de la terraza del EK Hotel, los extractores succionan el aire fresco y limpio  y lo ponen a circular por los pasillos. Así se reduce el uso de aire acondicionado en el hotel. Foto: Juan Uribe

Gracias al jardín de la terraza del EK Hotel, los extractores succionan el aire fresco y limpio y lo ponen a circular por los pasillos. Así se reduce el uso de aire acondicionado en el hotel. Foto: Juan Uribe

La terraza tiene más que buena vista
Un espacio único en el EK Hotel es la terraza del noveno piso, desde donde se aprecian buenas panorámicas del norte de Bogotá.
Este sitio cuenta con un jardín que además de embellecer el edificio sirve para crear microclimas que permiten reducir el uso de energía.
El jardín se riega por un sistema de goteo y se vigila constantemente para asegurar el buen estado de las plantas que crecen sobre una membrana térmica de fieltro con microceldas. La membrana ayuda a conservar el frío con el fin de que la temperatura se mantenga a 18 grados centígrados en la estructura del hotel.
“La idea es que el aire acondicionado no se necesite”, explica Edwin Miranda, coordinador de mantenimiento del hotel, quien añade que los extractores succionan el aire fresco y limpio de la terraza y lo ponen a circular por los pasillos.

El diseño y las fotos
El diseño interior del EK Hotel estuvo a cargo de Rodrigo Samper (rodrigosamper.com), quien define el ambiente logrado como la expresión de lo “contemporáneo que nunca perderá vigencia” gracias a la mezcla de todos los elementos que conforman la decoración.
Samper cuenta que desde cuando conoció el proyecto del EK dentro del centro Urban Plaza pensó en emplear las fotografías de Colombia tomadas por Stephan Riedel como eje central de la decoración en varias zonas de las habitaciones, como las cabeceras de las camas, los separadores de ambientes y algunos muebles. El vidrio impreso con fotos también es un recurso en los baños.
*Invitación del EK Hotel

 

El cuy, un roedor cuyo aspecto es similar al del hámster y al del conejo, es protagonista de la gastronomía de Nariño, en el sur de Colombia. En esta entrada el cocinero mayor del asadero de cuyes Pinzón, en Pasto, habla sobre esta delicia local.

 

Un plato de cuy con crispetas, hígado de cuy, papas y ají cuesta 32.000 pesos en el asadero de cuyes Pinzon, en Pasto. Foto: Juan Uribe

Un plato de cuy con crispetas, hígado de cuy, papas y ají cuesta 32.000 pesos en el asadero de cuyes Pinzon, en Pasto. Foto: Juan Uribe

Uno de los cuyólogos más famosos de Pasto nació en Manizales. Luego de haber vivido 19 años en Nariño, 17 de ellos como propietario del asadero de cuyes Pinzón, a Óscar Herrera ya no le fluye fácilmente el acento de eses arrastradas por el que son reconocidas las personas que nacen en las montañas de Caldas.

Este hombre de 47 años estudió zootecnia en la Universidad de Manizales, pero admite que su carrera no le sirvió para aprender lo que le gusta hacer en la vida: preparar cuyes, esos roedores que se ven tan tiernos como un hámster y cuyo cuero crocante y carne suave y jugosa son el resultado delicioso de un proceso artesanal de asado.

Para Herrera, esa es la clave de un buen cuy: saberlo poner al fuego, ensartado en un palo, y darle vueltas sin parar durante 40 minutos. Antes el animal se ha salado luego de haber sido escogido por el mismo dueño del asadero, que se precia de saber qué tan viejo es un cuy con solo tocarlo.

Óscar Herrera aprendió en las fincas de Nariño a identificar cuando un cuy está a punto para ir al asadero. Foto: Juan Uribe

Óscar Herrera aprendió en las fincas de Nariño a identificar cuando un cuy está a punto para ir al asadero. Foto: Juan Uribe

“Eso lo aprendí en las fincas, hablando con las señoras mientras los cuyes corrían por las cocinas. Ellas me enseñaron a coger los cuyes, a ver en ellos cómo es el pelo; a saber si estaban muy flacos o muy gordos y cuáles estaban perfectos para llevarlos al asadero”, explica Herrera.

Él hace énfasis en que estos animalitos son muy delicados, por lo que es preciso saber manipularlos. “Un cuy se puede morir del susto si lo agarran bruscamente. Incluso, hay una expresión para referirse a alguien que es muy nervioso: ‘tiene corazón de cuy’”, explica.

Su único local del barrio Palermo permanece lleno. Allí cada día se asan entre 70 y 80 cuyes, pero los fines de semana esa cifra puede subir hasta los 140. “Si el pastuso tuviera plata, comería cuy todos los días”, dice el dueño del asadero de cuyes Pinzón al referirse a una tradición muy arraigada en Nariño, según la cual una ocasión especial, desde un grado hasta un matrimonio, se celebra con cuy asado.

Un cuy se asa durante 40 minutos en el asadero de cuyes Pinzón, en Pasto. Foto: Juan Uribe

Un cuy se asa durante 40 minutos en el asadero de cuyes Pinzón, en Pasto. Foto: Juan Uribe

De acuerdo con Herrera, es importante que el cuy tenga tres meses y que pese 1.500 gramos. El resto hay que dejárselo a él, que se encarga de que el animal esté en su punto cuando lo sirvan a la mesa recién asado, con crispetas, hígado de cuy, papas pastusas al vapor, ají de maní y huevo cocido mezclado con ají rojo. Esta es una delicia que hay que probar en Pasto.

*Invitación de Satena (www.satena.com)

Datos de contacto: Asadero de cuyes Pinzón. Carrera 40 N° 19B-76. Barrio Palermo. Tel: (2) 731 3228.

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