A 60 kilómetros de Bogotá se puede visitar la laguna del Cacique Guatavita, donde tuvo su origen la famosa historia que desde el siglo XVI atrajo a aventureros en busca de oro. Read More

Tal vez estén de vacaciones, pero el afán y el estrés empujan a muchos pasajeros a querer pasar sobre los demás. ¿Por qué hay filas cuando aún no se abre la puerta del avión?

 

El estrés de las ciudades se traslada con frecuencia a los aviones y se manifiesta en pasajeros que ocupan el pasillo sin que se haya abierto la puerta que les permite salir. Foto: Juan Uribe

El estrés de las ciudades se traslada con frecuencia a los aviones y se manifiesta en pasajeros que ocupan el pasillo sin que se haya abierto la puerta que les permite salir. Foto: Juan Uribe

La señal que indica que los pasajeros deben permanecer sentados, con el cinturón de seguridad abrochado, acaba de apagarse. Y, en menos tiempo de lo que tardarían en pitar muchos taxistas al ver que el semáforo cambia de rojo a amarillo en alguna calle de Bogotá, decenas de personas se ponen de pie como impulsadas por un resorte para ocupar el pasillo del avión.

Tal vez algunos de estos viajeros que en cuestión de segundos se paran de la silla, abren el compartimiento superior donde se guarda el equipaje de mano y lo agarran con rapidez saldrían corriendo si pudieran hacerlo. Es posible que el vuelo se haya demorado algunos minutos, que tengan una cita de negocios inaplazable o una conexión que estén a punto de perder, pero esas razones no son lo suficientemente poderosas para que la puerta delantera de la aeronave se abra de inmediato y le dé paso a la estampida en potencia que ya se represa en el corredor.

A pesar de la prisa que domina a muchos, pasan dos, tres, hasta cinco minutos y la puerta todavía está cerrada. Es tal el desespero que algunas personas empujan e impiden que quienes están unos puestos delante de ellas se pongan de pie y a veces terminan casi sentadas sobre aquellos que esperan en los asientos que dan al pasillo.

En este, como en tantos casos, es recomendable tener paciencia para combatir el estrés. “El hecho de que salgan primero del avión no significa que la maleta les va a llegar primero a la banda de recoger el equipaje. Si logran salir en orden, por filas, como embarcaron, van a salir más rapido”, explica la jefa de una aerolínea que opera en el aeropuerto El Dorado, y quien pidió la reserva de su nombre.

La funcionaria agrega que se necesitan alrededor de tres minutos a partir del momento en que está permitido pararse dentro del avión antes de que los viajeros puedan empezar a salir. “Después de que la aeronave se detiene en la terminal, es necesario poner unos conos anaranjados para que nadie se acerque y así proteger los puntos más sensibles del aparato. A continuación, se adosa el puente de abordaje”, señala. Por esta razón resulta inútil, incluso contraproducente, obstruir el pasillo y pretender pasar por encima de los demás.

Calma, por favor

Cecilia Muñoz, sicóloga con una candidatura a doctorado en organización social de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, opina que comportamientos como este tienen que ver con lo que ella llama “estado de urgencia”, reflejado en la incapacidad de esperar. “No consideramos al otro con sus necesidades, sino que queremos satisfacer las urgencias propias, rápidamente”, dice.

“Este estado mental de urgencia – opuesto a un estado de calma y tranquilidad – conduce a incumplir todas las normas, a aprovecharse, a abusar de la posición que se tiene. Está relacionado con la cultura del atajo, con la ‘viveza'”, añade y llama la atención sobre el hecho de que conductas similares también se observan antes de subir al avión. “En Colombia las personas esperan media hora paradas cuando saben que van a llamar a abordar por filas. Nos falta capacidad de reflexión”, añade.

De acuerdo con Alfonso Rodríguez, psiquiatra y director del área psicosocial de la facultad de medicina de la Universidad del Bosque, en Bogotá, es posible solucionar estos problemas con pedagogía para educar a las personas sobre las consecuencias favorables de adoptar una conducta colectiva. Se trata – afirma – de no pensar solo de manera individual para evitar que la salida de un avión parezca “una competencia de 100 metros”. “Si esperamos, todos ahorramos tiempo, nos va mejor. Yo no me pongo de pie de inmediato porque me parece tonto estar parado en el pasillo, sin tener cómo salir del avión. Sé que luego hay que ir a recoger las maletas”, comenta Rodríguez.

Según el director del área psicosocial de la facultad de medicina de la Universidad del Bosque, la masificación del transporte aéreo en el país ha provocado que viajar en avión haya dejado de ser una experiencia tan placentera como antes.

Rodríguez agrega que el crecimiento en el número de viajeros – de 10,8 millones en 2003 a 31 millones al cierre de 2014, según la Asociación del Transporte Aéreo en Colombia (Atac) – ha contribuido a que “no se generan experiencias, a que no haya novedad y a que volar se haya vuelto rutinario. Es algo que, para muchos, debe ser vivido rápidamente”, señala.

Es cierto que, debido a cuestiones como las crecientes incomodidades en los filtros de seguridad en los aeropuertos y a los espacios reducidos en las clases económicas de las aerolíneas, montar en avión ha perdido el encanto de otras épocas. No obstante, vale la pena reflexionar sobre la manera en que nos comportamos como viajeros y pensar que, en gran parte, es nuestra responsabilidad hacer más agradables los viajes en avión para nosotros y para los demás.

Es preciso tener paciencia para hacer más agradables los viajes en avión para nosotros y para los demás. Foto: Juan Uribe

Es preciso tener paciencia para hacer más agradables los viajes en avión para nosotros y para los demás. Foto: Juan Uribe

El Parque Nacional del Arroz, en Alvarado, le rinde homenaje a un cultivo que es símbolo de la gastronomía del Tolima y de Colombia. Recorrido entre campos sembrados de este cereal.

El TransGuaira es un tractor que arrastra dos plataformas metálicas desde las que los viajeros aprecian los arrozales en el Parque Nacional del Arroz. Foto: Juan Uribe

El TransGuaira es un tractor que arrastra dos plataformas metálicas desde las que los viajeros aprecian los arrozales en el Parque Nacional del Arroz, en Alvarado (Tolima). Foto: Juan Uribe

A ambos lados de la carretera que conecta a Ibagué con Mariquita, en el norte del departamento del Tolima, se extienden hectáreas encendidas con tonos intensos de verde. Se desparraman en dirección a las montañas de la cordillera Central y hacia la ribera del Magdalena, la principal arteria fluvial de Colombia, y bajo el sol limpio de la mañana apuntan al cielo azul con sus espigas.

En estos terrenos, que a un ojo poco acostumbrado podrían parecerle simplemente estar repletos de una variedad de pasto alto, crece un grano fundamental para la identidad nacional. Son lotes de arroz, cuya importancia se refleja en platos representativos de la riqueza de los fogones tradicionales colombianos como la bandeja paisa, un clásico muy popular en el centro del país; y el arroz con coco, de cuyo sabor no se puede prescindir en las costas Pacífica y Atlántica.

La vía continúa hacia el norte, atravesando planicies en las que los matices de verde y amarillo se alternan según el grano esté más o menos maduro para recolectarse. En Alvarado, antes de llegar al municipio de Venadillo, los viajeros pueden detenerse en el Parque Nacional del Arroz para conocer sobre el proceso de producción de este cereal, del que estudios científicos recientes han encontrado que se comenzó a cultivar en China hace 9.000 años.

Allí, en la hacienda La Guaira, se ha creado un emprendimiento que busca acercar a los turistas a la esencia del campo en el Tolima de una manera similar a como lo han hecho sitios entre los que están Recuca, Panaca y el Parque Nacional del Café, que han florecido en el departamento del Quindío para establecer lazos entre la vida urbana y la rural.

Ever Rodríguez guía a los turistas durante el recorrido por los lotes de arroz en la hacienda La Guaira. Foto: Juan Uribe

Ever Rodríguez guía a los turistas durante el recorrido por los lotes de arroz en la hacienda La Guaira, en Alvarado (Tolima). Foto: Juan Uribe

La idea de hacer un parque temático alrededor de la cultura y las costumbres tolimenses comenzó a tomar forma en 2009 y se ha convertido en una opción de entretenimiento y aprendizaje para familias que vienen de otros municipios del departamento, y también del extranjero. Ever Rodríguez, uno de los guías que acompañan a los visitantes, asegura haber atendido a viajeros de Estados Unidos, Corea, Paraguay y España, entre otros países.

Sale el TransGuaira

Luego de dejar atrás las instalaciones de la hacienda, que cuenta con cabañas para alojarse y piscina, comienza el recorrido. Los turistas van en el TransGuaira, un tractor que arrastra dos plataformas metálicas techadas que están instaladas sobre ruedas y equipadas con asientos en los que caben cerca de 30 personas.

El plan incluye visitas a la antigua estación Caldas del ferrocarril, donde existe un museo que conserva objetos que se empleaban en las fincas en el siglo XX; y al molino del que salen tres variedades de arroz (La Guaira, Doña Helena y El Rhin). Igualmente, a una especie de parqueadero en el que se observan vehículos antiguos que facilitaban la producción de arroz, como tractores y combinadas (máquinas cosechadoras).

Después de echarle un vistazo a la historia de la hacienda se inicia el trayecto que permite apreciar los sembradíos.

El camino destapado avanza apretado entre ceibas, mamoncillos, tecas, melinas y otros árboles nativos que han hecho parte de un programa de reforestación en el que también se han plantado 800.000 guaduas. El paisaje lo completan cientos de ejemplares cebú Brahman, especiales para ganadería; y una laguna que es hogar de tilapias y babillas.

Quienes visitan el Parque Nacional del Arroz, en Alvarado (Tolima), pueden refrescarse en el charco La Olleta. Foto: Juan Uribe

Quienes visitan el Parque Nacional del Arroz, en Alvarado (Tolima), pueden refrescarse en el charco La Olleta. Foto: Juan Uribe

Un descanso del sol y del polvo que las llantas del tractor levantan se disfruta en el charco La Olleta, un lago enmarcado por rocas de unos 10 metros de altura por las que resbalan tres cascadas. Allí, mariposas negras con bordes rojos en las alas vuelan entre hojas secas que el viento desprende de los árboles mientras el guía reparte salvavidas y está pendiente de ayudar a quienes lo necesiten.

El agua cae con fuerza y masajea la espalda y el cuello; y los juegos de luces y sombras que el follaje proyecta en el agua hacen olvidar por momentos los verdes y amarillos vivos que, fuera de esta suerte de piscina con techo vegetal, colorean los terrenos sembrados de arroz.

La combinada, una máquina cosechadora de arroz, se ve con frecuencia en los campos del norte del Tolima. Foto: Juan Uribe

La combinada, una máquina cosechadora de arroz, se ve con frecuencia en los campos del norte del Tolima. Foto: Juan Uribe

 

Los colores del arroz

José Luis Gaviria, agricultor que cultiva arroz en municipios del sur del Tolima como Espinal, Guamo y Saldaña, explica cómo se diferencia el arroz en sus distintas etapas. “Luego de unos 70 días de haber sido sembrado, al arroz le empieza a salir la espiga, que inicialmente es erecta. Cuando gana peso comienza a cambiar de color y se pone amarillo. Eso significa que ya está maduro”, dice Gaviria al añadir que el proceso dura cerca de 120 días.

 

La clave de un buen arroz

El clima es un factor que hace de la zona donde se encuentra el Parque Nacional del Arroz un sitio ideal para producir este cereal. Según Guillermo Silva, quien lo cultiva desde hace 45 años, la región de la meseta de Ibagué – donde se encuentra la hacienda La Guaira – cuenta con la ventaja de tener una temperatura que ronda los 23 grados centígrados.

“Allí el clima no es tan caliente como en Ambalema, donde se pasa de los 30 grados. Si la temperatura es muy alta, el cultivo no rinde igual”, afirma este agricultor al señalar que en el país hace falta investigación para producir mejores semillas resistentes a las plagas. Por esta razón – explica – en Ecuador se pueden recolectar 12 toneladas por hectárea mientras que en Colombia esa cifra ronda las 5 toneladas.

De acuerdo con José Luis Gaviria, agricultor que cultiva arroz, un problema grave que desde hace tres años afronta este producto es la llegada al país de arroz importado con cero arancel. “Ahora se produce menos arroz nacional a causa de los precios de la tierra, los insumos, los agroquímicos, la maquinaria y el acpm. Todo eso hace casi imposible competir con países como Ecuador, Perú, Uruguay Venezuela”, cuenta.

Esta es la piscina del Parque Nacional del Arroz, en Alvarado (Tolima). Foto: Juan Uribe

Esta es la piscina del Parque Nacional del Arroz, en Alvarado (Tolima). Foto: Juan Uribe

 

Para ir al Parque Nacional del Arroz

El Parque Nacional del Arroz cuenta con 10 cabañas en las que pueden alojarse en total hasta 60 personas. Una de las casas destinada para los turistas está equipada con nueve camas. Vía de Alvarado a Piedras, Km. 2. www.parquenacionaldelarroz.com; (8) 262 1205; 315 391 4777.

 

Tolima es número uno en arroz

Un estudio del Dane publicado en 2013 estableció que los departamentos que más contribuyen a la producción nacional de arroz son: Tolima, con una participación promedio del 28,9 por ciento; Meta (19,7 por ciento), y Casanare (16 por ciento).

Este año, del 14 al 17 de febrero, se llevan a cabo las principales celebraciones del Carnaval de Barranquilla. La ciudad exhibe su cara más alegre.

 

Entrada del hotel El Prado, en Barranquilla, adornada para el Carnaval.

Entrada del hotel El Prado, en Barranquilla, adornada para el Carnaval. Foto: Juan Uribe

Por estos días de febrero los colores de Barranquilla son más brillantes que de costumbre. El cielo es azul, la brisa sopla y ayuda a mitigar temperaturas que superan los 30 grados centígrados y las marimondas cuelgan tanto de terrazas de casas elegantes como de edificios del centro.

Así como en muchas ciudades se ha adoptado la costumbre de poner papás Noel en las fachadas en diciembre o de adornar barrios enteros con calabazas y esqueletos cuando se acerca Halloween, en Barranquilla se ha impuesto la tendencia de llenarlo todo de marimondas en tiempo de Carnaval: se trata de unas figuras coloridas que no están inspiradas en los primates de color negro y cola prensil que viven en los árboles, sino en la indumentaria que en los años 30 creó un hombre del común.

Es la chispa innata que tiene la gente barranquillera para encontrarle gracia a cualquier situación lo que hace posible que un hecho aislado se convierta en una costumbre.

“El disfraz se lo inventó un tipo en el barrio Abajo. Ese es el ingenio del carnavalero típico: se puso una chaqueta al revés, los pantalones con los bolsillos por fuera, se hizo una máscara con una nariz fálica, las orejotas en las que escribía frases ingeniosas de burla a la autoridad y a los curas; y el peapea (un pito en la boca hecho con pedazos de llanta)”, recuerda el maestro Andrés Salcedo, periodista y locutor barranquillero.

“Eso lo hizo un hombre pobre para burlarse de los ricos que salían en Carnaval en sus carrozas con disfraces de seda y de oro. Era un disfraz individual y con el tiempo se convirtió en una comparsa”, agrega Salcedo, cuya voz permanece imborrable en la memoria de miles de colombianos y latinoamericanos que en las décadas de los años 70 y 80 sintonizaban Telematch, un programa televisivo de concurso que transmitía competencias divertidas entre pueblos de Alemania.

Marimonda en una casa del barrio Riomar, en el norte de Barranquilla. Foto: Juan Uribe

Marimonda en una casa del barrio Riomar, en el norte de Barranquilla. Foto: Juan Uribe

La comparsa – agrega Salcedo – nació de la imaginación de César ‘Paraguita’ Morales y hoy cuenta con 900 personas. Son 450 parejas que vienen de Nueva York, de Europa y de otras ciudades de Colombia y del mundo para conformarla durante el Carnaval, cuyas celebraciones principales se llevan a cabo este año del 14 al 17 de febrero.

El cronista, que ha recuperado la memoria urbana de su ciudad en los libros Barrio Abajo y El día en que el fútbol murió, recuerda el origen del apodo del creador de la comparsa de la marimonda. “Le pusieron ‘Paraguita’ porque un día una loca que aseguraba haber tenido un hijo con él le comenzó a gritar: ‘Devuélveme al pelao’ y lo correteó con un paraguas, lo levantó a paraguazos”.

Salcedo da otro ejemplo del talento y el buen humor que son parte de la esencia de la multitud carnavalera. “Es la historia de un humilde policía raso, un policía de bolillo, que se subía en la carroza de la reina del Carnaval. La gente lo bautizó McArthur (como el general estadounidense), y se quedó McArthur. Luego, si ese policía no estaba en la carroza, prácticamnte no había reina. Este es un pueblo muy mamador de gallo, esa es una de las bellas artes. Mamar gallo es algo que en Barranquilla la gente se toma en serio”, anota.

La burla está arraigada en lo profundo del alma barranquillera. “Mientras más te cabrees, peor te va, te joden más. Ese es el sentido, la finalidad; pero no hay violencia. Tú puedes ver a dos tipos discutiendo y crees que se van a matar, pero no pasa de ser un conato de bronca”, añade Salcedo.

En ese sentido, tener la capacidad de reírse de sí mismo es un valor muy apreciado. Esa cualidad la exhibe Dyekman Rangel, administrador de La Cueva, un museo, bar y restaurante del barrio Recreo que mantiene viva la historia del Grupo de Barranquilla, al que pertenecieron intelectuales como Gabriel García Márquez, Alfonso Fuenmayor y Álvaro Cepeda Samudio.

Consciente de lo extraño que resulta su nombre para quienes acaban de conocerlo y le preguntan cómo lo escribe y de dónde proviene, Rangel no duda en responder: “He llegado a pensar que mi papá estaba más bien borracho porque yo era su primer hijo”. Esa espontaneidad y la inclinación a hacer chistes a raíz de cualquier circunstancia son características que Daniella Hernández-Abello, bloguera y periodista barranquillera especializada en gastronomía, resalta sobre el espíritu que dio origen al Carnaval.

Las marimondas están por todas partes durante el Carnaval de Barranquilla en el hotel El Prado, en el norte de la ciudad. Foto: Juan Uribe

Las marimondas están por todas partes durante el Carnaval de Barranquilla en el hotel El Prado, en el norte de la ciudad. Foto: Juan Uribe

“El Carnaval como era, y del que todavía quedan rezagos, es una fiesta preciosa. De esa sí se puede decir que quien la vive es quien la goza”. Hernández ofrece una imagen que retrata la naturaleza de la fiesta más grande de Colombia, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. “Dos perfectos desconocidos, que en otra época del año no se mirarían, bailan, se divierten y se ríen. No hay morbo, no hay suspicacia, es pura alegría desbordada. Cuando estás alegre no mides, se te olvidan el peligro, las amenazas y que el lunes tienes que trabajar”, explica.

No obstante, la bloguera y periodista manifiesta su decepción debido a que siente que el Carnaval “ha perdido un poco el espíritu de fiesta incluyente”. “Cada vez se vuelve más una fiesta de élite, de puertas cerradas, de entradas costosas, un gancho para las grandes marcas. La Batalla de Flores se está convirtiendo en un desfile de las marcas. Es como cuando estás viendo un programa buenísimo en televisión y te lo llenan de propagandas”, opina.

A pesar de esto, y teniendo en cuenta que una buena manera de disfrutar de una celebración como el Carnaval es hacerlo de la mano de un local, esta barranquillera enamorada de su ciudad recomienda algunos eventos (ver recuadro al final) en los que es posible experimentar con mayor autenticidad esta festividad.

Algunos taxis se adornan durante el Carnaval de Barranquilla. Foto: Juan Uribe

Algunos taxis se adornan durante el Carnaval de Barranquilla. Foto: Juan Uribe

Alguien que vive sin imposturas la época más feliz de Barranquilla es Guillermo Rada, un taxista para quien el Carnaval comienza al acabarse el año. “Después del 6 de enero, cuando es la fiesta de Reyes, cambio el árbol de Navidad, el pesebre y el papá Noel por la marimonda”, dice este barranquillero de 55 años que se enorgullece de haber decorado su casa en el barrio Unión, en el nororiente de la ciudad.

“Tengo al rey momo de este año, al Joe Arroyo, al Cacique de La Junta – es el más grande, de aproximadamente un metro de altura -, a la negrita Puloy y a la marimonda”, cuenta Rada para referirse a los dibujos de icopor, cada uno de los cuales compró en la calle por cerca de 5 mil pesos. El precio depende del tamaño del personaje homenajeado.

Aunque tiene que trabajar hasta el lunes de Carnaval para aprovechar la gran afluencia de turistas a la ciudad, el taxista señala que probablemente asistirá a algún baile cerca de su casa durante su día libre (el martes, después del Festival de Orquestas). Tiene la certeza de que es de las pocas personas que no estarán de rumba de sol a sol en Barranquilla, pues afirma que existe casi una norma según la cual a quien habla de trabajo durante el Carnaval no se le pone bolas. “A la gente le dan los cuatro días de Carnaval (este año, sábado 14, domingo 15, lunes 16 y martes 17 de febrero), la ciudad se paraliza”, indica.

Basta caminar un poco por las calles de Barranquilla para darse cuenta de que esta es una ciudad distinta a cualquiera. La proverbial alegría de quienes viven aquí va mucho más allá de los triunfos de la Selección Colombia, que la escogió como su sede, y se propaga para contagiar a cualquiera. Sobre todo, en época de Carnaval.

 

 

 

 

El Carnaval de Barranquilla es para gozarlo

A Daniella Hernández-Abello, bloguera y periodista barranquillera especializada en gastronomía, le encanta mostrales su ciudad a los visitantes. Aquí, ella recomienda algunas actividades y lugares para disfrutar del Carnaval:

Noche de Tambó (viernes de Carnaval). “Tiene lugar en la Plaza de la Paz, frente a la Catedral. En ella participan artistas dedicados a la musica tradicional. Son músicos de altísima calidad, como Petrona Martínez, las cantaoras de Palenque y Pedro Ramayá Beltrán, que interpreta la flauta de millo. En este evento se abre una rueda de cumbia de al menos unas 500 personas. Es una masa de gente que se desplaza bailando y gira interminablemente, es muy bacano. Es gratuito y ves a gente talentosísima”.

La Troja (sábado de Carnaval). “Este sitio especializado en salsa es una institución de la ciudad, como el Museo del Caribe. Es un destino turístico. Se ha masificado tanto que tienen que sentar a la gente en los bordillos (andenes) porque no dan abasto. Hay tres sedes: la de la 44; la VIP, de la calle 79; y la de la 8”.

La Troja es un sitio clásico de Barranquilla para bailar y oír salsa. Foto Juan Uribe

La Troja es un sitio clásico de Barranquilla para bailar y oír salsa. Foto Juan Uribe

La canavalada (domingo de Carnaval). “En la ciudad existe una pequeña escena contracultural que permite la realización de eventicos de bordillo. La carnavalada es una mezcla de teatro con música, es una fiesta que se hace en la calle; no hay que pagar entrada, no hay valla que te separe y la gente se empieza a amontonar para armar la rumba. Se hace en el barrio Bellavista, en el norte, y lo organiza la Asociación Cultural Ay Macondo”. En twitter: @AyMacondo

Festival de Orquestas (lunes de Carnaval). “Se consiguen boletas desde 50 mil pesos para ver a todos los artistas que se van a presentar en Barranquilla durante el Carnaval, como Romeo Santos, Carlos Vives, Rubén Blades, Andy Montañez y Óscar de León”.

Esta es la programación oficial.

La provincia del Guayas, en Ecuador, es un ejemplo de que el turismo, en lugar de ser depredador, puede contribuir al desarrollo de las comunidades. Read More

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