Jericó, alma del guarniel antioqueño

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Jericó, en el suroeste de Antioquia, es famoso por ser cuna del guarniel (carriel). Allí Rubén Darío Agudelo es un artesano que mantiene viva la tradición de fabricarlo.

Las fachadas de las casas y sus balcones cautivan a los viajeros en Jericó. Foto: Juan Uribe

Una visita al taller del maestro Rubén Darío Agudelo, en Jericó, significa mucho más que conocer la historia de uno de los símbolos más importantes del departamento de Antioquia: el guarniel, aquella bolsa típica de cuero que se usa terciada y que gracias a personajes como Juan Valdez, promotor del café de Colombia, le ha dado la vuelta al mundo.

 

La palabra guarniel– explica el artesano – tiene su origen en la máquina guarnecedora que desde hace 105 años se usa para coser los guarnieles. Él prefiere emplear ese término que el de ‘carriel’, popularizado con base en la adaptación al español de la expresión inglesa carry all.

Rubén Darío Agudelo ha dedicado 35 años a elaborar guarnieles a mano en Jericó, en el suroeste de Antioquia. Foto: Juan Uribe

“Quien usaba el guarniel originalmente era el arriero, que recorría caminos de herradura durante la colonización antioqueña. Allí guardaba todas sus cosas: las agujas, el hilo, una tenaza pequeña, el martillito, los clavos de herrar, las herraduras, la vela, los fósforos, el tabaco, su brochita para la hora de la afeitada, la barbera, el espejito, la peinilla, la oración a algún santo o alguna virgen, los dados, las cartas”, cuenta el maestro.

 

El título no es gratuito. Rubén Darío siguió los pasos de su padre, Darío Agudelo, quien en 1987 recibió de Artesanías de Colombia el premio nacional a la maestría artesanal. “Ese premio me lo conseguí yo el año pasado: medalla a la maestría artesanal tradicional, otorgada también por Artesanías de Colombia. Esa era mi meta: ganarme lo que mi papá una vez fue capaz de hacer”, dice sin falsa modestia.

Un montón de cosas le pueden caber a un guarniel, como lo enseña el maestro Rubén Darío Agudelo. Foto: Juan Uribe

 

El orgullo por el oficio que escogió se percibe en su voz fuerte, con la que cautiva a los turistas que lo visitan para que les muestre cómo se elabora un guarniel. Al taller de Rubén Darío es recomendable entrar sin afán con el fin de aprovechar la oportunidad de conversar con alguien que en cierto modo es un anacronismo.

 

Llama la atención que aún existan negocios prósperos basados en la elaboración de objetos a mano en pleno siglo XXI, cuando la producción en masa es la norma en la fabricación de toda clase de cosas y en tiempos en que las personas cada vez se parecen más a autómatas que consumen sus vidas con la mirada perdida en la pantalla de un teléfono celular.

Rubén Darío Agudelo goza contándoles a quienes lo visitan cómo se fabrican los guarnieles. Foto: Juan Uribe

Los dos empresarios chinos que a comienzos de este año viajaron hasta Jericó para proponerle un negocio a Rubén Darío estaban equivocados cuando pensaron que los guarnieles podían fabricarse tan impersonalmente como las hamburguesas de las cadenas de comida rápida. La línea de ensamblado – afortunadamente – no existe en la mente del maestro.

 

Con la ayuda de un traductor le comunicaron su sorpresa a Rubén Darío al notar que él y sus dos hijas, que también son guarnieleras, hacen la talla a mano en cuero, sin un troquel. Emocionados, encargaron 32 guarnieles, cada uno con un dibujo distinto. Cuando los recibieron en China, los empresarios le expresaron a Rubén Darío su absoluta satisfacción y por correo electrónico le pidieron que fabricara mil unidades por diseño. La respuesta de Rubén Darío fue negativa. “Esto no es algo en serie. Nos ofrecieron que les trabajáramos dos años únicamente a ellos, pero no estamos para tener un patrón”, explica.

Luis Felipe García le ayuda al maestro Rubén Darío Agudelo a hacer guarnieles en Jericó. Aquí, el alumno esparce solución de caucho en una pieza. Foto: Juan Uribe

Ofertas similares no le han faltado. Rubén Darío refiere la que le extendió un señor muy amable que quería comprar de contado el negocio y toda la mercancía. Le pidió que escogiera el sitio donde quisiera abrir un local, sin importar si era en Sabaneta, en Envigado o en Medellín.

 

“Él iba a ser el jefe y yo un ayudante. Yo le dije: “Le agradezco mucho, pero no me interesa. Nunca he tenido patrón. El único patrón mío ha sido mi papá, que fue el que me enseñó esto”, cuenta el artesano.

 

Rubén Darío heredó temprano en la vida el amor por el trabajo. Su padre, Darío Agudelo, era analfabeta y con un par de meses de escuela encima se dedicaba a “tirar azadón” en fincas cercanas a Pueblo Rico, en el suroeste del departamento de Antioquia. Allí, al ver a los campesinos recorrer las montañas con sus guarnieles, sintió curiosidad por aprender a elaborarlos.

El sello en cuero de la guarnielería es el orgullo de Rubén Darío Agudelo. Foto: Juan Uribe

Así que llegó a Jericó, donde estas bolsas de cuero se usan desde hace unos 120 años. Rubén Darío explica: “Preguntó en la guarnielería de don Rafael Velásquez, más conocido como ‘Lito’, cuánto valía aprender a hacer un guarniel. Don ‘Lito’ le dijo que costaba 100 pesos. Eso era plata hace 66 años y dijo ‘yo me voy a bregar a conseguir los 100 pesitos’”.

 

Entonces Darío Agudelo trabajó en una panadería como ayudante, prendiendo los hornos de leña, con el fin de ganar más dinero. Al cabo de un tiempo regresó donde don ‘Lito’ y los primeros seis meses trabajó sin recibir un centavo. El primer guarniel que hizo se lo regaló a su papá, “que era campesino y fumaba mucho tabaco y en el guarniel echaba los tabaquitos”. Luego de ocho años en los que se ganó la confianza de su patrón se independizó. Con los años vendrían la maestría y los reconocimientos.

Esta es la máquina guarnecedora de la que se deriva el nombre de la palabra guarniel. Foto: Juan Uribe

A su hijo Rubén Darío lo llevó a los 12 años a Medellín para que se familiarizara con el mundo de la guarnielería. Le explicó dónde comprar los materiales y, por supuesto, con su ejemplo en el taller le mostró cómo fabricar los guarnieles.

 

De él aprendió el arte de elaborar guarnieles de tan alta calidad que 350 de ellos fueron lucidos en la reciente Feria de las Flores de Medellín por los silleteros durante el evento más colorido de esta fiesta tradicional. La fama de los guarnieles que crea con sus manos lo llevó a fabricar uno para que le fuera obsequiado al papa Francisco durante su visita a Colombia, en septiembre pasado.

Los balcones de Jericó ofrecen escenas que no se olvidan. Foto: Juan Uribe

“Ese guarniel no lleva todos los cinco fuelles, sino cuatro. No tiene tantos compartimientos secretos porque eso fue lo primero que nos dijo el obispo de Jericó, monseñor Noé Londoño: que no fuera muy pesado”, dice el maestro.

 

Hoy, en su taller ubicado una cuadra arriba del parque principal de Jericó, Rubén Darío Agudelo intenta todos los días hacer realidad su sueño de mantener viva la tradición que su padre le heredó. “Estamos procurando que esto no muera”, afirma mientras a su lado, detrás del mostrador del local de Carrielarte, su yerno, Luis Felipe García, ensambla las piezas de un guarniel.

Rubén Darío Agudelo le ha enseñado a su yerno, Luis Felipe García, el arte de fabricar guarnieles. Foto: Juan Uribe

El oficio que el papá de Rubén Darío les enseñó a él y a sus otros seis hermanos (cinco son hombres) es una herencia que la familia Agudelo atesora. “Uno de ellos no quiso; el resto sí nos metimos en esto y trabajamos en Jericó. Cada uno es independiente y tiene su taller”, comenta.

 

No obstante, añade que no es fácil conseguir jóvenes que quieran trabajar en la guarnielería y que de los 22 talleres que existían en el pueblo quedan cinco de su familia y otros dos más. “Estos oficios están desapareciendo. Por ejemplo, no hay quién haga un guarniel en San Pedro de los Milagros. Aquí en Jericó estamos procurando salir adelante con esta cuestión para que no se nos acabe esta tradición”, afirma.

En Jericó se difunde un mensaje claro a favor de la vida porque los ciudadanos quieren conservar sus montañas intactas. Foto: Juan Uribe

 

Justamente por eso, por ver en peligro de extinción la tradición que le legó su padre, lo más importante para él es transmitir sus enseñanzas: todo lo que ha aprendido de su papá y lo que la vida le ha mostrado. Por el mismo camino que ya ha andado vienen su yerno, sus dos hijas y varios alumnos.

 

Lo que lo mantiene con ganas de hacer su trabajo cada día mejor es una idea sencilla: “¿Qué tal que al cabo de unos años uno se encuentre por ahí a un señor con el guarniel puesto con el sello de uno? ¿Para qué más alegría que eso? La satisfacción es esa, ver que el producto de uno es bueno, que está gustando, que se exhibe. Eso es lo que a mí me gusta”.

 

Los ojos claros de Rubén Darío sonríen detrás de las gafas. Eso sucede cuando este hombre de 59 años – 35 de los cuales los ha dedicado a la guarnielería – se refiere a su oficio como quien habla de un ser querido. Es evidente que él deja parte de su alma en cada guarniel que hace.

El logo de Carrielarte es sinónimo de altísima calidad en las calles de Jericó, en el suroeste de Antioquia. Foto: Juan Uribe

Carrielarte, el sitio para visitar

La experiencia de ver en Jericó cómo se fabrica un guarniel es inolvidable al oír la voz del maestro Rubén Darío Agudelo. Teléfono: (4)8524063. Carrera 3 No 7-03; www.carrielarte.com 

Jericó hace parte de la Red de Pueblos Patrimonio de Colombia, a la que también pertenecen otros dos municipios de Antioquia: Santa Fe de Antioquia (aquí está mi post sobre el Puente de Occidente, símbolo de ese municipio) y Jardín.

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