Boyacá se queda en el corazón

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Quienes viven en Boyacá hacen con su amabilidad que los paisajes de este departamento del centro de Colombia sean aún más bellos.

La multitud celebra en la casa de los papás de Nairo Quintana, en Cómbita (Boyacá), porque el mejor ciclista colombiano de la historia acaba de asegurar su título de la Vuelta a España. Foto: Juan Uribe

La multitud celebra en la casa de los papás de Nairo Quintana, en Cómbita (Boyacá), porque el mejor ciclista colombiano de la historia acaba de asegurar su título de la Vuelta a España. Foto: Juan Uribe

 

En todas partes hay paisajes hermosos, de esos que en los folletos turísticos suelen describirse como “espectaculares” o “maravillosos”. Abundan ríos y montañas, glaciares, desiertos, nevados, selvas, playas, lagunas que compiten en la mente de los viajeros por ser imborrables.

No obstante, lo que permanece en la memoria indeleblemente cuando viajamos es la gente. Ya sé que suena a cliché, pero a mí me pasa todo el tiempo. Y hay destinos en los que las personas hacen que el entorno sea aún más hermoso. Esto me sucedió hace poco en Boyacá, un departamento del centro de Colombia conocido cariñosamente como ‘la tierrita’.

He ido allí muchas veces desde niño y siempre me asombro ante esos potreros con diferentes tonos de verde en los que los adornos son las vacas, los caminos destapados que abrazan los cerros y las casas con techo de teja de barro.

En esta entrada les presento a varias personas cuyo recuerdo ha ayudado a que Boyacá se haya adueñado de un lugar en mi corazón. Son personas del común que viven de una manera sencilla. Lo suyo es el trato amable con los demás, el respeto. Nacieron en pueblos como Tenza, Firavitoba y Tibasosa y son razones muy poderosas para volver una y otra vez a Boyacá.

 

 

Graciela y Luis, amor y baile en Firavitoba

Graciela Bonilla de Quijano, señora Boyacá, y Luis Quijano Gutiérrez, su edecán, invitan a los turistas a visitar Firavitoba (Boyacá). Foto: Juan Uribe

Graciela Bonilla de Quijano, señora Boyacá, y Luis Quijano Gutiérrez, su edecán, invitan a los turistas a visitar Firavitoba (Boyacá). Foto: Juan Uribe

Suena un torbellino en la Casa de la Cultura de Firavitoba y toda la atención de la concurrencia se centra en los bailarines que ahora se mueven al ritmo de la música sobre el piso de baldosa color ladrillo: Graciela Bonilla de Quijano y Luis Quijano Gutiérrez.

Ambos usan alpargatas. Él, de sombrero negro y con su ruana gris, se apoya en el bastón para seguirle el ritmo a Graciela, que agarra con sus manos los bordes de su falda. Ella da vueltas alrededor de un canasto que está en el suelo, Luis la sigue y acerca su cara a la de ella para pedirle un beso que Graciela le estampa en una mejilla. El público aplaude. La música sigue.

Graciela y Luis no son una pareja cualquiera de bailarines. Ya completaron 64 años de matrimonio y ninguno de los dos se molesta en ocultar su edad. Luis tiene 91 y Graciela, 82. Ella es reina de belleza de la tercera edad. Es la señora Boyacá y Luis, su edecán.

Luis trabajó en su juventud ayudando a subir las campanas en la iglesia del municipio. Hoy, sentado en el parque principal al lado de un puesto en el que se venden cuajada con papayuela y otros postres, sólo tiene miradas de amor para su esposa, que ante las cámaras de los periodistas saluda a los visitantes con amabilidad: “Los invito a este bello pueblo, donde tenemos de todo”. Aquí espero volver de nuevo.

 

La alegría de las señoras de Tibasosa

Bailarinas del Centro de Vida Nuestra Señora del Rosario conversan animadamente en la plaza central de Tibasosa (Boyacá). Foto: Juan Uribe

No quería olvidarlas, así que escribí sus nombres rápidamente en mi libreta apenas se apagó la música de carranga que sonaba a través de los parlantes en la plaza central de Tibasosa y terminé de brincar. Rosalbina Ávila y Guillermina Pulido fueron apenas dos de las 16 señoras con las que bailé en la tarde de un domingo de agosto en este pueblito de Boyacá.

Ellas hacen parte del Centro de Vida Nuestra Señora del Rosario, un grupo de 270 personas de la tercera edad que se dedican a promover el rescate de la cultura y las tradiciones. Por eso esta tarde una comitiva de esta organización ha recibido a los periodistas invitados por COTELCO (Asociación Turística y Hotelera de Colombia) que recorren el departamento.

Lilia Palacios, la directora del Centro de Vida Nuestra Señora del Rosario, explica que las señoras que hoy han llegado a la plaza central para hacer una presentación de bailes típicos colombianos están entre las más jóvenes del grupo. “Ellas reciben clases de música, de baile, de yoga, de gimnasia, de manualidades. Nos reunimos dos veces por semana. Vienen de las veredas y les organizamos fiestas”, explica Lilia.

Para ella, el principal objetivo de las actividades – patrocinadas por la Alcaldía de Tibasosa – es que los miembros del Centro de Vida Nuestra Señora del Rosario escapen de la soledad. “A veces no tienen con quién hablar porque los hijos se van y están solitos. Se trata de reunirlos, de que pasen un día feliz”. Yo a estas señoras las vi muy felices.

 

Anderson Duarte, tras la ruta que abrió Nairo

Anderson Duarte es ciclista profesional y quiere seguir los pasos de su primo Nairo Quintana, ídolo de Boyacá y de Colombia. Foto: Juan Uribe

Anderson Duarte es primo de Nairo Quintana, que en la mañana de este sábado acaba de asegurar su título de campeón en la Vuelta a España. Aquí en la vereda La Concepción de Cómbita, en la casa de los papás de Nairo, Anderson me cuenta por qué los ciclistas boyacenses son tan buenos.

“Ayudan la altura y lo montañoso que es el departamento, pero la humildad ante todo”, asegura. Y explica: “La humildad hace que puedas recibir consejos de otros ciclistas, así tú quedes mejor que ellos; o de personas que quizá nunca han montado en una bicicleta. Humildad no es significado de pobreza sino de escuchar a las personas que te están dando un consejo”.

Anderson tiene 24 años y está dedicado ciento por ciento al ciclismo. Su rutina diaria incluye pedalear de 110 a 170 kilómetros, y en ocasiones cubrir 295 kilómetros de ida y vuelta entre Tunja y Bogotá, dos veces por semana, con el fin de “hacer fondos”. A todo esto le suma los consejos de Nairo. “Él es bien exigente y me ha dicho palabras valiosas, como: ‘no es decir que salí a entrenar con Nairo sino ir a entrenar y llegar con Nairo Quintana. No se me quede en los entrenamientos’”, comenta. Espero algún día verlo triunfar como hoy lo hace su primo.

 

El queso siete cueros de Daira Lesmes

Daira Lesmes enseña el queso siete cueros que prepara en la vereda La Vega del municipio de Macanal, en Boyacá. Foto: Juan Uribe

Esta es la vereda La Vega del municipio de Macanal, un pueblo del oriente de Boyacá que queda en la vía que conduce a los Llanos Orientales. Estamos a una hora de camino de San Luis de Gaceno. Aquí, en el restaurante Los Clavellinos, a la orilla de la carretera, nos recibe Daira Lesmes con una sonrisa.

El nombre del lugar es un homenaje al clavellino, una flor de color entre fucsia y morado que identifica a Macanal y que se ve por todas partes en las montañas que rodean el embalse de La Esmeralda. Este es un cuerpo de agua construido entre 1970 y 1982 que produce el 8 por ciento de la energía del país. En Macanal la temperatura ronda los 20 grados centígrados y está lejos de la idea de ‘tierra fría’ que viene a la mente cuando se piensa en Tunja o en Monguí.

Daira Lesmes se apresura para mostrarles a sus invitados lo que preparó esta mañana y que presenta con orgullo en una bandeja: queso siete cueros. “Mi mamá me enseñó a hacerlo desde pequeña. También preparo bizcochos de sagú (una planta de la familia de las palmas) y arepa de harina de maíz y queso”, dice al invitarme a probar el famoso queso siete cueros. Le hago caso y no tardo en agarrar un pedazo para sentir cómo sus distintas capas delgadas y elásticas se van deshaciendo en la boca. ¡Qué bueno haber venido a Macanal!

 

 

Anita y María, hermanas artesanas de Tenza

María Rodríguez (izquierda) y su hermana Anita son artesanas de Tenza (Boyacá) que elaboran canastos y otros objetos en chín o cañabrava. Foto: Juan Uribe

Anita Rodríguez tiene 49 años de casada, siete hijos, 17 nietos y un bisnieto. Y 60 años haciendo canastos en Tenza, un pueblo de Boyacá que llama la atención de entrada por tener un obelisco en su plaza principal. El monumento se levanta en memoria de cuatro mujeres (María de los Ángeles Ávila, Salomé Buitrago, Juana Ramírez y Jenoveva Sarmiento) que lucharon por la libertad de su gente.

La paciencia es una virtud necesaria para elaborar los canastos y las artesanías en chín o cañabrava (una fibra vegetal) que fabrica Anita, y el tiempo es algo de lo que en el campo parece haber de sobra. Así que me siento a su lado en una butaca y ella me cuenta que no está sola en una batalla por mantener vivas las tradiciones y la cultura de la región.

Por eso esta noche ella y unas 20 personas más de Tenza les demuestran a los turistas cómo cortan las fibras de chín, las alistan y las manipulan hasta transformarlas en sombreros, individuales, canastos de distintos tamaños y otros objetos decorativos.

Unos metros a la derecha de Anita, sentada también en una butaca de espaldas a las escaleras del templo parroquial de San Miguel Arcángel, está su hermana María. Ambas conversan animadamente sobre lo tranquila que es la vida en Tenza y no tienen inconveniente en posar para que les tome una foto. No olvido su alegría.

 

 

Los amigos de la bicicleta

La afición por el ciclismo en Boyacá se siente en las carreteras. Aquí, en en el Pantano de Vargas, en Paipa. Foto: Juan Uribe.

La afición por el ciclismo en Boyacá se siente en las carreteras. Aquí, en en el Pantano de Vargas, en Paipa, aparecen de izquierda a derecha: Rosa María Díaz, José Moreno, Andrés Becerra, Yefer Angarita, Carlos Camargo, Ángela García, Hernán Parada y Diana Albarracín. Foto: Juan Uribe.

En Boyacá “todo el mundo echa cicla”. La frase es de Carlos Camargo, que al día siguiente de la victoria de Nairo Quintana en la Vuelta a España conversa con los amigos con los que ha salido a montar hasta el Pantano de Vargas, en Paipa.

Carlos tiene razón. En las carreteras boyacenses las ruanas y las botas de caucho con que los campesinos recorren cultivos de maíz, fríjol y yuca son parte de la indumentaria de quienes pasan gran parte del día sobre unos pedales.

En esta tierra la bicicleta no es un lujo. Es un vehículo para transportarse de la casa al colegio y de la casa al trabajo; para hacer mandados, hacer mercado, llevarle el almuerzo a alguien… El ciclismo, más que un deporte, en Boyacá es una forma de vida.

En esta tierra generosa en paisajes la gente ama la bicicleta. Este amor se ve en las carreteras del departamento, que son recorridas permanentemente por personas de todas las edades – incluso tarde en la noche y en las madrugadas –. Con razón esta es la tierra de Nairo.

 

Cuando la bandera se convierte en ruana

Nohora Eugenia Granados nació en Tuta (Boyacá) y llegó a Cómbita para ver por televisión a Nairo Quintana consagrarse campeón de la Vuelta a España. Foto: Juan Uribe

Nohora Eugenia Granados nació en Tuta y hoy, al igual que cientos de boyacenses, acudieron a la casa de los padres de Nairo Quintana para ver por televisión cómo el héroe aseguraba su título en la Vuelta a España.

Aficionada al ciclismo desde niña, lleva puesta la camiseta amarilla de la Selección Colombia y se protege del frío con una bandera de Boyacá en la que se envuelve como si fuera una ruana.

“El ciclismo ha sido algo como innato en Boyacá. Nosotros crecimos con esa verraquera del ciclismo, es una tradición de Boyacá”, afirma esta señora, que recuerda haberse emocionado mucho viendo por televisión en 1985 a Lucho Herrera en el Tour de Francia cuando llegó a la meta en Saint Etienne en primer lugar con la cara ensangrentada luego de haber sufrido una caída en el descenso.

Hoy, observando a Nairo resistir los ataques de Froome frente a la pantalla gigante, también sufrió. “Esto que estamos viviendo hoy es lo máximo gracias a Dios. Yo pensé que me iba a morir de la emoción. ¿Sabe qué me tocó hacer? Ponerme a tomar aguardiente Líder para calmarme”, dice.

Lilia Palacios, directora del Centro de Vida Nuestra Señora del Rosario, posa al lado de un mural en el que aparece la figura de su mamá, Raquel Puentes de Palacios, primera alcaldesa de Firavitoba (Boyacá) y de Colombia. Foto: Juan Uribe

Lilia Palacios, directora del Centro de Vida Nuestra Señora del Rosario, posa al lado de un mural en el que aparece la figura de su mamá, Raquel Puentes de Palacios, primera alcaldesa de Tibasosa (Boyacá) y de Colombia. Foto: Juan Uribe

*Invitación de COTELCO y la Secretaría de Cultura y Turismo de Boyacá

2 Comments on “Boyacá se queda en el corazón

  1. Se le olvido hablar de las esmeraldas ya que tenemos las mas valiosas y de mejor calidad en el mundo las de Chivor.

  2. Buen día Juan Uribe, es un honor poder conocer como personajes del turismo como usted, expresan estas palabras de nuestra tierra, palbras que nos enorgullecen cada día.

    Muchas gracias.

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